Opinión

Gobernar sin oxígeno

Salvador Illa se ha lanzado a una piscina sin agua. Hoy, el Govern que preside prevé aprobar el proyecto de presupuestos de la Generalitat para el 2026, y lo hará sabiendo que las cuentas llegarán al Parlament sin los apoyos necesarios para salir adelante. Se trata de una maniobra arriesgada, quizás inevitable, pero que deja al descubierto la fragilidad política sobre la que se sustenta su ejecutivo. Es una decisión política calculada que activa la cuenta atrás del procedimiento, confiando en que la presión del calendario fuerce movimientos en el tablero. Pero la política catalana ya ha demostrado sobradamente que los relojes no siempre marcan la hora que le conviene al Govern.

Durante años se ha repetido el tópico de que los presupuestos eran la ley más importante del año. Pero la realidad ha superado con creces este mantra. Los últimos presupuestos aprobados en Catalunya fueron los del 2023, bajo la presidencia de Pere Aragonès, y lo mismo ha ocurrido con los presupuestos generales del Estado. Por tres veces, la prórroga se ha convertido en normalidad. Donde no hay mayorías estables, no hay presupuestos.

  
  Àlex Garcia

La ley de presupuestos, que es de gran importancia desde el punto de vista técnico para facilitar el funcionamiento ordinario de la administración, ha adquirido una dimensión más política que la convierte en el verdadero termómetro de la estabilidad gubernamental. La falta de presupuestos certifica la debilidad de un gobierno. Sin presupuestos no solo se prorrogan partidas, también se prorroga la provisionalidad.

Consciente de este escenario, Salvador Illa ha optado por mover ficha con la intención de proyectar iniciativa y liderazgo. Esta jugada, en teoría, debería empujar al resto de los grupos políticos a definirse y, con ello, desbloquear la mayoría necesaria para aprobar las cuentas, pero si esta estrategia de presión no da resultados, puede conseguir el efecto contrario y el Govern se verá reflejado en el espejo de su debilidad.

Sin presupuestos no solo se prorrogan partidas, también se prorroga la provisionalidad

El PSC solo tiene 42 diputados, además de los seis de los comunes con los que siempre puede contar, pero la aritmética del Parlament es implacable: sin el apoyo de ERC o de Junts, los números no salen. Los de Carles Puigdemont se han borrado de la partida porque su estrategia pasa por acelerar el desgaste del Govern desde la oposición, confiando en que el fracaso presupuestario suponga el final de la legislatura. En cambio, Oriol Junqueras expresa claramente que la voluntad de Esquerra Republicana es que haya presupuestos aprobados cuanto antes, porque eso conviene al país, pero subraya que los pactos no son cheques en blanco y recuerda que es quien presenta los presupuestos el que debe construir la mayoría. Y eso implica cumplir compromisos previos.

Forma parte de la lógica política y de la normalidad parlamentaria que ERC utilice su capacidad de influencia como palanca para garantizar que se cumplan los pactos. Socialistas y republicanos tienen acordado que sea la Agència Tributària de Catalunya quien recaude el IRPF, y Salvador Illa ha expresado solemnemente su compromiso público para que esto se materialice, pero la decisión última no depende de él. La llave está en Madrid, en manos del PSOE, y allí la urgencia no es salvar las cuentas de Salvador Illa sino salvar los muebles de la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, que es la candidata socialista a la Junta de Andalucía. En la agenda socialista, el foco político está en Sevilla, no en Barcelona.

El Gobierno de Salvador Illa necesita aprobar los presupuestos como el aire que respira. Necesita oxígeno político porque, después de un año y medio de mandato, empieza a mostrar síntomas de anemia. No basta con recetar sosiego y moderación. La buena gestión no se proclama sino que se demuestra, y de momento la hoja de servicios del Ejecutivo socialista es más bien discreta. La debacle de Rodalies, las protestas y huelgas recurrentes en sectores esenciales y la sensación de parálisis administrativa erosionan la narrativa de solvencia que se quiere transmitir. Y sin presupuestos nuevos, y pendientes de las elecciones andaluzas, la sensación de parálisis se acentúa.