Opinión

Como una colilla

España es carne de meme, y el miércoles, cuando la defunción de Tejero coincidió con la desclasificación de los documentos del 23-F, las redes ardieron: “No ha podido encajar el golpe”, decía uno. “Hay que reconocer que tenía puntería”, remataba otro. Un tercero: “Acaba de palmar Tejero. Por favor, un Goya para el guionista de nuestro país inimitable”.

  
  EFE

Pero, más allá del humor –que en España es un derecho constitucional imposible de abolir–, lo que revelan los documentos tiene menos de Berlanga y más de sainete. Porque lo que emerge de las llamadas interceptadas aquella noche no es la épica sombría de un golpe de Estado, sino su patético reverso doméstico. Carmen Díez Pereira, esposa de Tejero, supo desde el principio que aquello había fracasado y lo expresó con una elocuencia que ningún historiador habría inventado: “Me lo han dejado tirao como una colilla”. La metáfora, en su vulgaridad precisa, condensa la miseria del 23-F. Tejero no era un héroe trágico ni un villano de opereta: era una colilla.

Tejero fue hasta el final un hombre que no entendió que el mundo había cambiado

Lo sabía ella, lo sabían los hijos, lo sabía el comandante Caro, que ya se lo había advertido en Navidad. Pero Tejero habitaba esa zona impermeable a la realidad donde la fe sustituye a toda inteligencia. Una amiga de la mujer lo resumió así: “Como él es así de honrao y recto, cree que los demás van a seguirle igual”. A lo que la esposa del golpista añadió un epitafio perfecto: “¡Es tonto!”.

Un detalle revelador: cuando Armada le ofreció a Tejero un avión para huir al extranjero con su familia, el teniente coronel lo rechazó. ¿Por honor militar? No. Porque se mareaba en los aviones. El hombre que había secuestrado el Congreso entero no soportaba las turbulencias. España, de nuevo, escribiéndose sola.

Es tentador leer todo esto como comedia. Pero en ese hemiciclo había casi 350 diputados en el suelo, un gobierno cautivo y órdenes de “tirar a matar” en la toma de TVE.

Tejero murió a los 93 años sin haber renegado de nada. Fue, hasta el final, lo que siempre había sido: un hombre que no entendió que el mundo había cambiado. Su esposa lo vio con más claridad: “El tonto desgraciado, lo han dejado solo, para no variar”.