Opinión

Cuatro años después

Se cumplen casi cuatro años del inicio de la invasión rusa de Ucrania y conviene no olvidar que esta guerra no empezó con tanques, sino con relatos. La anexión del territorio vino precedida por la anexión de la historia. Desde el Kremlin y los medios estatales se levantó un marco sistemático para negar la legitimidad de Ucrania, vista como una anomalía alimentada por Occidente y una traición a la unidad eslava.

 
 Valentyn Ogirenko / Reuters

La memoria de la II Guerra Mundial fue el combustible simbólico de esta operación. Tras el derrumbe de la URSS y el trauma de los noventa, la victoria de 1945 se convirtió en el único asidero moral incuestionable de la identidad rusa. Putin la erigió en columna vertebral del relato postsoviético: el 9 de mayo dejó de ser una fecha de duelo para convertirse en un ritual de poder. El eslogan “Podemos repetirlo” transformó aquella victoria en una reiterada amenaza.

La guerra de Ucrania no empezó con tanques, sino con relatos

Dos meses antes de la invasión, se liquidó Memorial, la oenegé que documentaba los crímenes del estalinismo y sostenía una mínima higiene moral contra el olvido. Fue un preludio lógico: representaba un obstáculo estructural para la narrativa neosoviética. Que la desnazificación sirviera de pretexto para invadir un país gobernado por un presidente judío revela hasta qué punto la memoria puede desligarse de los hechos para funcionar como arma bélica.

Ucrania arrastra una memoria compleja: Holodomor, Shoah por balas, ocupación nazi, con millones de combatientes contra Hitler y una minoría colaboracionista. La agresión rusa aceleró la reconfiguración de ese legado. Los bombardeos rusos sobre el memorial de Babi Yar –un lugar sagrado del Holocausto– invirtieron los papeles en el imaginario. Y en el monumento a la Madre Patria de Kyiv, la sustitución de la hoz y el martillo por el tridente ucraniano selló la ruptura con el relato soviético.

Queda otra dimensión: Europa. Su memoria colectiva se edificó sobre el Holocausto y la reconciliación franco-alemana, pero dejó fuera la experiencia del frente oriental, esas tierras de sangre –término de Timothy Snyder– donde el exterminio nazi y el terror estalinista se solaparon. Para los países que entraron en la UE en la ampliación al Este, 1945 no fue la liberación, fue un cambio de ocupante. Esta guerra empezó con relatos. Podrá detenerse cuando la ficción de los imperios no halle cómplices.