
La confianza como pegamento
FUTUROS IMPERFECTOS
Graham Greene escribió que resulta imposible ir por la vida sin confiar en nadie, pues es como estar confinado en la peor de las celdas: uno mismo. Sabía de qué hablaba, pues había sido espía, un oficio que está basado en la desconfianza, la duda y la sospecha. Las nuevas generaciones han pasado en pocos años de la indignación a la desesperanza, así se entiende su desconcierto y que les tiente la ultraderecha: ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos. Otra cosa es que les vayan a arreglar nada, por más que sepan cómo atraerles ante tanta desconfianza.

Como decía en estas páginas el editor Jordi Nadal, hemos destruido la confianza en la familia, en los vecinos, en los maestros, en los sanitarios, en las relaciones amorosas y, por supuesto, en la política. Es como si nos hubiéramos quedado sin certezas, como si hubiéramos perdido la fe, como si no tuviéramos futuro.
Las nuevas generaciones han pasado de la indignación a la desconfianza
La politóloga Cristina Monje acaba de recibir el premio Paidós por su ensayo Contra el descontento y ha declarado que vivimos una crisis de desconfianza, pues nos hemos cargado la idea de futuro: “Sin confianza, la sociedad se disuelve, es el pegamento que nos une”. La tecnología no nos ha ayudado en esta labor. No funciona como Loctite social: incrementa nuestro individualismo y nos encierra en nuestros juguetes.
Las pantallas no sirven para socializar. Monje asegura que la desconfianza en las instituciones y en los agentes sociales es cada vez mayor, agravada por los tres desafíos de nuestro tiempo: el cambio climático, la revolución digital y las grandes migraciones.
Los tres pilares de la confianza son la credibilidad, la integridad y la empatía. Para conseguirla, hay que mirar a los ojos a la gente, no a través de una pantalla. Se trata de ser honesto, preocuparse de los demás y construir solidas relaciones. Para ello hay que dejar a Twitter (X) o Instagram de lado y dialogar y debatir con la familia, los maestros, los amigos. Pero también hay que exigir a los políticos que cumplan sus compromisos escrupulosamente. No es cierto aquello que decía William Faulkner de que solo se puede confiar en las malas personas, porque son las que no cambian nunca. Eso es lo que quieren que pensemos los que llevar las motosierras o los aranceles bajo el brazo.
