Estamos en Perú y, como amante de la literatura, en Arequipa era obligada la visita a la casa museo de Mario Vargas Llosa, hijo ilustre de la ciudad. El museo parece casi fantasma, incluso da la sensación de que nuestra presencia sorprende al personal. Sin embargo, merece la pena. El recorrido atraviesa las etapas vitales del escritor y cobra vida gracias a la voz del propio Vargas Llosa.
Al terminar la visita, resulta difícil no sentir cierta lástima por el escritor, quien, por culpa de un noviazgo, ha sido bajado del olimpo literario por la opinión pública. Y eso a pesar de que en el 2023 Francia lo distinguió como miembro de la Academia Francesa.
Fiel a su elegancia intelectual, agradeció ese reconocimiento evocando a Flaubert y cumpliendo con el ritual de gratitud. Quizá en algún momento se sintió un poco como Emma Bovary: atrapado entre el ansia de los salones, la vida social y la necesidad de una pasión que lo desbordara.
Marta Blasco Calvo
Santa Margarida de Montbui