El tren que no llega

El deterioro del ferrocarril no es solo un problema de trenes. Es un síntoma de algo más profundo en la estructura social que hemos construido. Durante años se ha priorizado lo visible sobre lo que funciona, el relato sobre el sistema y el anuncio sobre el mantenimiento. Se ha perdido respeto por lo impersonal, lo técnico y lo aburrido, confiando en que la complejidad se resuelve con dinero o comunicación. No es así. Cuando una sociedad convierte sus sistemas –infraestructuras, instituciones, reglas– en escaparates simbólicos, estos acaban fallando. La reacción suele ser pedir más dinero y a alguien que mande, aunque mande mal, en vez de corregir el marco. El tren que no llega a tiempo no es solo una avería: es la señal de una cultura que ha debilitado la gestión y la responsabilidad en favor de la escenificación permanente.

Jordi Ginjaume

Suscriptor Barcelona

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