* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Muchos pueblos y alguna ciudad gozan del privilegio de tener dos fiestas mayores, la de verano y la de invierno. Son en estos días, debido al santoral que coincide con el mes de enero: San Antonio Abad, San Sebastián, San Pablo, San Vicente, la Candelera… que las fiestas mayores de invierno se suceden.
Tenemos la suerte que, en los pueblos del Mediterráneo, el carácter de sus gentes, quizás por ser más abierto, somos más dados a la diversión, no confundamos, que esto no quiere decir que estamos de jolgorio a cada momento. Pero sí que cuando hay celebraciones por en medio, como una fiesta mayor, dónde la tradición se abraza a determinados costumbres, toca celebrarlo de la mejor manera.
También cabe decir que estas celebraciones no son iguales en los pueblos que en las grandes ciudades. Porque en estas, al disponer de un amplio espectro de distracciones durante todo el año, la esencia de determinadas fiestas pasa más desapercibidas, o no tan secundadas. Y no digamos si además es motivo de fiesta laboral, porque entonces se produce el éxodo de una parte de sus habitantes hacia otras destinaciones.
Por el contrario, en los pueblos, se esperaba este día para hacer una celebración que rompía la monotonía de la rutina de los otros días. Un ejemplo, bien simple, eran los bailes amenizados con orquestas de un cierto renombre. Sucedía cuando los músicos acostumbraban a viajar en tren y eran recibidos, en las estaciones, con mucho alboroto de seguidores. Sobre todo, de niños.
Si el pueblo disponía de local el tema estaba solucionado, en cambio si no tenía se desplegaba “l’envelat”, que quedaba como un teatro de quita y pon. Con sus correspondientes palcos, escenario, pista para bailar, con mesas y sillas dispuestas a su alrededor y con una decoración muy ochocentista que se remataba con unas ostentosas lámparas en el techo. Un lugar perfecto dónde los bailes lucían con mucho esplendor.
Los señores maestros de las orquestas eran tratados a cuerpo de rey, hasta el punto que, a la hora de comer, eran repartidos por las casas, uno en cada una. La que se permitía el lujo de sentar a la mesa a dos, se sobrentendía que la familia gozaba de buena posición. Con todo esto y como los músicos ya habían entrado en contacto con los vecinos, las jovencitas intentaban escoger al joven músico que les atraía y así se lo hacían saber a sus padres para que, en el momento de ir a buscar al músico, para sentarlo a la mesa, siguieran sus recomendaciones.
Castellers en la plaza Sant Jaume con motivo de las fiestas de invierno de Santa Eulàlia en Barcelona.
Y el destino a veces es oportuno, pues alguna vez de aquella comida de fiesta mayor que, dicho sea de paso, no era una cualquiera, ya que en ella se ponían manjares que no se servían los demás días del año. De aquella comida, repito, han salido noviazgos que han terminado en boda.
Como acostumbraba también a pasar en aquellos bailes, asistían todas las familias del pueblo. Y aquí se producía uno de los actos que un servidor considera de gran valentía. Me refiero a cuando un joven se decidía a sacar a bailar a una joven de su agrado. Se plantaba delante de ella, que estaba acompañada de los padres, abuelos tías y otras jerarquías familiares y, sin titubear, le pedía poder bailar con ella.
En los pueblos que había tradición de hacer baile todos los días de fiesta por la tarde, dicen que existía una confabulación entre madre e hija que consistía, en el momento de que el galán iba a pedir para bailar, la madre propiciaba una señal a la hija para que esta aceptara, o no.
En la comida de fiesta mayor se ponían manjares que no se servían los demás días del año. Y de allí han salido noviazgos que han terminado en boda
Pero no vayamos a ser tan mal pensados, todo y que esto que acabo de decir sucedía. Nada más el simple hecho de presentarse delante de tan familiar sanedrín ya suponía, lo que he dicho, un gran atrevimiento. Que se veía compensado si la chica aceptaba bailar.
Porque si esta decía que no, al sufrido galán el color rojo le encendía las mejillas, si ya no lo estaban antes, mientras se quería fundir, pero que no le quedaba otra que darse la vuelta y, cuando estuviera restablecido del choque emocional, seguir probando suerte. Pero es que no solamente la familia eran testigos de esta petición, si no que también lo eran los que se sentaban alrededor, que estaban pendientes del asunto. Y mientras el mozo se alejaba repetían, en voz baja: “Le ha dado calabaza”.
Ríanse ustedes de las grades heroicidades, pues sacar a bailar a una chica, con tanto quorum a su alrededor y a sabiendas que te puede dar calabaza, ojo, tiene mucho mérito. Con un menor fracaso uno puede quedar traumatizado. Los tiempos cambiaron y las discotecas propiciaron y liberaron la costumbre de bailar agarrado. Demostrando que uno se puede conocer y llegar a intimidar, aunque cierta distancia se interponga por el medio.
Esto era, a grandes rasgos, las celebraciones de las fiestas mayores de los pueblos, dónde los respectivos conciertos y el baile conseguían el mayor protagonismo. A altas horas de la madrugada, el cantante de la formación anunciaba: “Y con estas melodías, nos despedimos …”.
A partir de aquí el regreso de los músicos a la estación no estaba acompañada de la misma algarabía que se había producido a su llegada. La fiesta mayor de invierno se había acabado y a diferencia de la de verano, aquellos músicos habían de soportar las bajas temperaturas, de la noche, mientras esperaban, en la sala de espera, la llegada del primer tren.
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