Bad Bunny y la noche latina de la Super Bowl

La Mirada del Lector

Una canción puede hacer lo que ningún discurso consigue: unir a desconocidos bajo el mismo latido

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Bad Bunny actuando en la Super Bowl.

Santiago Mejia / Ap-LaPresse

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian

Por un momento, el estadio dejó de ser un estadio. Las luces bajaron, el murmullo de más de setenta mil personas se volvió un pulso grave, casi un corazón colectivo, y entonces apareció Bad Bunny. No como un invitado de lujo ni como una estrella exótica en el mayor escaparate deportivo de Estados Unidos, sino como algo más simple y más difícil: como un narrador de su tiempo.

La Super Bowl suele ser sinónimo de espectáculo medido al milímetro: fuegos artificiales, coreografías impecables, canciones convertidas en jingles universales, pero lo del domingo no fue solo entretenimiento, sino que fue una declaración emocional; y tenía un lema como brújula: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.

Desde el primer golpe de percusión, la música no buscó complacer; buscó contar. Los ritmos caribeños entraron al estadio como entra el mar por una ventana abierta: sin pedir permiso. El reguetón, la bomba, la plena, el dembow, sonidos tantas veces relegados a la etiqueta de “moda” o “música urbana”, ocuparon el centro del mundo deportivo con una naturalidad casi desafiante. 

Era una escena improbable: millones de hogares estadounidenses escuchando español sin subtítulos, sin traducciones, sin disculpas, y, sin embargo, todo se entendía porque la música, cuando es honesta, no necesita diccionario.

Era una escena improbable: millones de hogares estadounidenses escuchando español sin subtítulo

Bad Bunny no cantaba para explicar quién era, cantaba como si ya lo supiéramos, como si la identidad no se negociara, como si la cultura no tuviera que adaptarse para ser bienvenida.

En tiempos de fronteras endurecidas, discursos crispados y pantallas llenas de furia, alguien decidió usar el escenario más caro del año para decir: el amor sigue siendo más fuerte.

Cuando el show terminó, el estadio volvió a ser estadio. El partido continuó. Las estadísticas regresaron a las pantallas. Pero quedó una sensación extraña, como cuando termina un concierto que no sabías que necesitabas. 

Durante quince minutos, el ruido del mundo se calló un poco. Durante quince minutos, el idioma del amor, ese que no distingue banderas, fue más fuerte que el del odio. 

Y quizá esa sea la verdadera victoria de la noche. No la que se mide en puntos, sino la que se mide en piel erizada; la que nos recuerda que, a veces, una canción puede hacer lo que ningún discurso consigue: unir a desconocidos bajo el mismo latido.

Bad Bunny no solo actuó en la Super Bowl, la transformó en algo más humano.

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