Política

La Policía no levanta cabeza

Mar de fondo

La Policía Nacional atraviesa una racha interminable de dificultades. Se suceden las polémicas una tras otra. Con el rastro aún fresco en el recuerdo de la policía patriótica de los populares —empleo de medios estatales y agentes para acosar ideologías fuera de la legalidad—, se revela hoy que la institución ha sido comandada en su área de operaciones desde el 2018 por un supuesto agresor sexual que habría aprovechado su rango, vehículo y residencia institucional para satisfacer sus impulsos patológicos. Evitamos emplear las abreviaturas del puesto del anterior director adjunto operativo (DAO), José Ángel González —quien renunció en lugar de ser destituido—, debido a que tales siglas restan importancia a la seriedad de lo ocurrido. No obstante, su mano derecha, el comisario Óscar San Juan, sí ha sido relevado de sus funciones por aparentes presiones ejercidas sobre la afectada para evitar la denuncia, ofreciéndole a cambio el traslado a cualquier plaza de su elección. Agentes protegiendo a otros agentes. Una situación pantanosa. Se requerirá una limpieza profunda para eliminar semejante deshonor de la vestimenta oficial.

Como el ministro de Justicia ha respaldado la versión de que el gobierno no tenía conocimiento, pero dada la naturaleza de los hechos, la presión se centra en que, dada la naturaleza de los hechos, la responsabilidad recae en quien corresponda.

Se necesitará mucha más limpiadora para sacar la mancha.

Los que así argumentan exponen que el marlaskismo ha propiciado un régimen de control absoluto de todo cuanto sucede en la Policía Nacional a través de la purga y el reparto de cargos operativos bajo criterio de obediencia política. Las mismas fuentes atribuyen al mismo pecado la dejadez y escasa actividad en los últimos años de la unidad de delincuencia económica y fiscal (UDEF), encargada de investigar el fraude, blanqueo de capitales y delitos contra Hacienda en dependencia de la Comisaria General de Policía Judicial. Los argumentos de la oposición para disparar a matar contra Grande-Marlaska se sustentan en esta narrativa del “control absoluto”. Apuntan a la confortabilidad del ministro y del director general, Francisco Pardo, el guardián político del cuerpo forjado políticamente en las ubres de José Bono, con el dimisionario. De ahí el mover cielo y tierra para mantenerlo en el cargo a pesar de que le había llegado ya la edad de su jubilación forzosa. Aun así, la acusación a Grande-Marlaska o a Pardo de silenciar los hechos sin aportar pruebas no se sostiene de momento. Veremos qué depara el futuro.

Esto no evita que el escepticismo sea la nota dominante entre bastantes mandos policiales frente a la explicación oficial. Resaltan la proximidad física y personal que existe entre el ministro y el director general, así como entre este y el dimisionario. De igual forma, lamentan que la denunciante no lograra confiar en las vías internas y que los protocolos de prevención, igualdad y apoyo a la presunta víctima se hayan desmoronado por completo al llegar el momento de la verdad.

El ministro Grande-Marlaska
El ministro Grande-MarlaskaVictor Lerena / EFE

Lo que sí permite este caso es, por elevación, poner de relieve cuestiones estructurales, aunque no guarden relación directa con la supuesta violación. Nos referimos a la pérdida de credibilidad que desde hace años se ciñe sobre la policía por la obsesión manifiesta del gobierno de turno por controlar con mano de hierro su estructura de mando, primando la obediencia política. Es este, por decirlo con suavidad, un país de cesantes policiales, en el sentido galdosiano de la palabra que retrató la época del turnismo durante la Restauración. Un país de comisarios esperando turno para que lleguen los suyos, los unos o los otros, no hace ningún bien. Crea sensación de impunidad entre los elegidos para los puestos claves y el peligro de que algunos acaben más pendientes de la política que de los delitos.

Esta transformación continúa siendo una asignatura pendiente en España. Se trata de un cambio más ético y moral que normativo. Por ello, su ejecución es más complicada. Podría pensarse que no se vincula con los sucesos. O quizás sí, debido a la libertad total que supuestamente pensaba poseer el referido José Ángel González. Es bien sabido que en el cosmos todo está entrelazado. En definitiva, han sido demasiados ejecutivos con las mismas costumbres. Manías que elevan a personas que se imaginan situadas más allá del bien y del mal.