Política

Coloma Gallegos, ex capitán general de Catalunya, estuvo dispuesto a sumarse al golpe

Los documentos del golpe de Estado

Aunque no estuvo en el 23-F, formaba parte del magma favorable a la asonada

Imagen del golpe de Estado del 23-F 

Imagen del golpe de Estado del 23-F 

Manuel Hernández de León / EFE

Noche del 23-F. El exministro franquista del ejército (1973-1975) y ex capitán general de la IV región militar, Catalunya, (1976-1978), Francisco Coloma Gallegos, con dolor de vesícula, guarda cama en su domicilio madrileño. De madrugada, su esposa en segundas nupcias, Mercedes Picón, marquesa de Seoane, telefonea a Carmen Pereira, esposa de Antonio Tejero, en una suerte de corporativismo entre familias afines al golpe. Ambas desconocen que se ha intervenido la línea tras el asalto al Congreso.

La primera le facilita un teléfono de la Cámara, el único que le ha sabido dar su cuñado, ex capitán general franquista de Sevilla. A esas horas, el general Alfonso Armada ya ha acudido al Congreso y ha ofrecido un avión a Tejero para que huya del país con su familia. La marquesa aconseja a la amiga que convenza a su marido de que acepte.

Hasta aquí, el relato conocido. Sin embargo, la documentación desclasificada sobre el episodio permite ir más allá sobre lo acontecido en el hogar de Coloma Gallegos el día 24, con la asonada ya fracasada. Mercedes se lo contó a Carmen en una llamada posterior. El militar seguía encamado, y la marquesa y su hijo, Tomás Prieto de la Cal, cenaron solos. El joven no comprendía cómo otros golpistas habían abandonado a Tejero. Incluso dudaba de lo que hubiese hecho su padrastro de 69 años: “¿Mamá, tú crees que Paco, si un Tejero le dice esto y le dice que los demás también están dispuestos, tú crees que los hubiese dejado?” Ella responde molesta. “Pregúntaselo a él, imbécil”. Pero el hoy destacado ganadero taurino no lo hizo, sino ella. “Parece mentira Mercedes que tú me preguntes esto –responde Coloma–, tú sabes lo que yo he hecho cuando el Partido Comunista, tú sabes que al Rey le puse el bastón encima de la mesa (...), tú sabes que he zarandeado al Guti [dirigente del PSUC], tú sabes todas esas cosas y ¿todavía dudas de mí? Si yo me embarco en una cosa, yo me embarco para siempre”. Confirmaba así que, de haber tenido mando, se habría sumado al golpe. No estuvo en el 23-F, pero formaba parte del magma.

Su respuesta no sorprende. Tras su designación como presidente, Adolfo Suárez reunió en setiembre de 1976 a un amplio grupo de mandos militares, la mayoría franquistas, para obtener su aprobación para desmontar el régimen. Solo dos tenientes generales se opusieron en voz alta. Uno, Coloma Gallegos, que leyó una nota de defensa del franquismo. Suárez comentó que el Partido Comunista no sería legalizado si mantenía una actitud revolucionaria. El militar asturiano aceptaba partidos, pero no al PCE. Cuando se legalizó, su enojo fue a mayores. En setiembre de 1977 en Xàtiva debatió con otros mandos castrenses sobre un golpe, entre ellos Jaime Milans del Bosch. Acordaron pedir al Rey un gobierno con militares, pero el encuentro sentó las bases para los intentos golpistas futuros. Mantuvo una relación cordial con Josep Tarradellas, el único político antifranquista que se ganó su respeto y le supo tratar. Y al que incluso veía para integrarse en el gobierno de concentración de Armada. En mayo de 1978, Coloma Gallegos fue relevado de Capitanía. Y en diciembre de 1981 pasó a la reserva.