Arranquemos con un zoom in cinematográfico, es decir, un plano abierto que se va cerrando progresivamente. Visto desde la plaza Espanya, el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) se recorta en el horizonte de la montaña de Montjuïc como un palacio de cuento o un castillo de ensueño. Si se enfila desde las Torres Venecianas, cruzando la avenida de la Reina Maria Cristina, y dejando atrás la Fuente Mágica, las Cuatro Columnas, el pabellón Mies van der Rohe y el palacio de Victoria Eugenia, la magnificencia del entorno encoge nuestra figura y más que pasear se diría que nos encaminamos a una ceremonia en la que se nos investirá caballero o cuanto menos gozaremos de un banquete donde abundarán los candelabros y sonará el laúd. Es tal la riqueza de los fondos del museo que quizá no se remarca lo suficiente que el proceso previo al acceso a los mismos, el trayecto que conduce a la guarida del tesoro, es una experiencia en sí misma (la larga escalinata y las cascadas magnifican el efecto dramático). ¿Cuántos de sus homólogos pueden decir que al traspasar sus puertas el visitante ya llega sobrecogido?
Si se desea prolongar la sensación de asombro que traemos del exterior, o apostar por una descompresión progresiva, lo mejor es encaminarse directamente al mirador que circunda por completo el Palau Nacional, emplazamiento del museo que se acabó de construir en 1928 y que un año después acogió una colección de arte español para laExposición Internacional, lo que significa que pronto hará cien años que sus 50.000 metros cuadrados coronan uno de los flancos de la urbe. Desde el mirador se despliega un diorama de la capital catalana en 360 grados y obtenemos la perspectiva inversa de nuestro trayecto hasta ahí (más “oohs” y “ahhhs”). La presencia de unas estatuas angelicales invita a preguntarse si velan porque la robustez de la fachada no ceda y la de nueve enormes proyectores marca el origen de esos haces de luz que de tanto en cuanto perforan el cielo barcelonés. En el 2019 fueron el canal de comunicación de las autoridades con Batman al proyectar la batseñal en la cúpula principal. Resulta tan sencillo imaginarse al superhéroe de Gotham posado sobre ella o cualquiera de las torres laterales, que de hecho llegó a ubicar en las catacumbas del museo su célebre batcueva, por lo menos en el cómic Batman en Barcelona: El caballero del dragón de Mark Waid y Diego Olmos.
El recorrido hasta el museo, su arquitectura o las vistas desde el mirador ya son de por sí motivos de asombro
Procediendo ya al interior del edificio, si no se han colmado las ansias de deslumbramiento espacial, la solución pasa por situarse en el centro de la sala oval, el ágora del museo, y levantar la vista al tiempo que se va rotando el cuerpo. No es de extrañar que Rosalía escogiera el lugar para la listening party de su último y muy espiritual disco Lux , pues el alma parece elevarse y el corazón encogerse. Solo cabe imaginarse el efecto que tendrá sobre ambos el día que vuelva a sonar su monumental órgano de dos mil quinientos tubos. Sin embargo, tan polivalente y gigante es este espacio, que acoge a menudo eventos menos pensados para el recogimiento, caso de acontecimientos deportivos, conciertos, desfiles de moda, talleres o festivales infantiles.
La colección de arte románico del MNAC es la más importante de Europa, y abarca de los siglos XI al XIII
Algunos sospecharán que hay algo de provocación en no haber entrado aún en las colecciones permanentes, pero cabe recordar que vamos estrechando círculos, o visto de otro modo, yendo de fuera a dentro, y encogiendo a su vez los adentros. Pero no desesperen que ya está aquí la joya de la corona, el principal motivo de orgullo, el máximo polo de atracción del MNAC, mil años de historia nos contemplan, su fondo de arte románico de los siglos XI al XIII, único en el mundo, consistente en pinturas murales, pinturas sobre tabla, esculturas en piedra y en madera, y orfebrería. La salvación de las pinturas murales de las garras de los estadounidenses en los años veinte, su traslado desde las iglesias de los Pirineos, su dispersión con motivo de la Guerra Civil y la reunión final refuerzan el valor de su concentración en la mejor casa posible. Y me creerán más apasionado por los continentes que por los contenidos, o atravesando una fase de introspección profunda tras haber acudido al cine a ver Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025), pero basta pasear por sus salas en penumbra y de un silencio respetado con la reverencia y el temor mostrados por el público original del arte expuesto para que a uno le inunde la paz y el sosiego (además la mente fantasiosa podrá transformar los sugerentes cascarones curvos que conforman los ábsides vistos por detrás en naves alienígenas, criaturas extrañas o utensilios de un gigante). Mejor, claro, si nos detenemos a apreciar sus maravillas, como al ábside de Sant Climent de Taüll, la pintura del Cuadrúpedo con flor de lis de Sant Joan de Boí o la escultura de San José, de Santa María de las Omedes, por citar tres ejemplos entre cientos posibles.
En la sala oval se llevan a cabo muestras, conciertos o eventos como la ‘listening party’ de Rosalía
Si bien el románico es la posesión más publicitada del MNAC, la oferta artística es inconmensurable por lo que hará bien en abandonar las prisas en la puerta, acudir con calzado cómodo, tomarse descansos en el extenso surtido de sofás y sillas, hidratarse en la cafetería o alargar la pausa en alguno de los dos restaurantes (formal y de batalla). Piense que la divisa de los responsables para los fines de semana es que la gente venga a pasar el día, que haga suyo el espacio, se ruega consulte en línea el programa de actividades. Del arte gótico catalán –si va con niños a buen seguro les impresionarán piezas como Fragmento de gárgola con cabeza de dragón o Escudo de la cofradía de los Carniceros – pasamos a la escala internacional del arte del Renacimiento y el barroco, con obras de Tiziano, El Greco, Velázquez, Rubens y una amplia muestra del Siglo de Oro español. Ver el modo en que en el óleo Naturaleza muerta con plato de membrillos de Zurbarán el borde del metal del plato refleja el fruto, merece de por sí el pago de la entrada. Actualmente en préstamo, en breve volverá a brillar con luz propia la tabla con pan de oro Virgen de la Humanidad de fra Angelico, que pertenece al fondo de préstamos de la Colección Thyssen-Bornemisza (la generosidad de la baronesa late en las salas). De nuevo dos botones de muestra en una fábrica de botones.
La colección de arte moderno comprende los siglos XIX y XX, estructurada en cuatro ámbitos y un epílogo
Más. La Colección de Arte Moderno, que comprende los siglos XIX y XX, se estructura en cuatro ámbitos y un epílogo –El artista moderno; Modernismo(s); Novecentismo(s); Arte y Guerra Civil; y De la vanguardia a la posguerra– y atiende a la escultura y la pintura, la fotografía, el cartelismo, el cine, la arquitectura y las artes decorativas. Ofrecer contexto y establecer vínculos entre cada disciplina para que el visitante teja una historia y no deje de formularse preguntas se manifiesta con especial voluntad en esta parte del museo. Un consejo: no se pierda los muebles que decoraban las viviendas de la burguesía en el paseo de Gràcia –personalmente me conformaría para mi humilde morada con el Biombo de los nenúfares de Frederic Vidal Puig, el cuadro El Vallès optimista de Ramon Calsina y el cartel publicitario que Cassandre le dedicó al vino Dubonnet.
¿Creía haber tenido suficiente? ¿Se veía regresando al Mirador para deleitarse con el skyline en modo nocturno o cerrando con una visita a la tienda? Jamás sin antes visitar el fondo fotográfico del siglo XIX y XX, consistente de 40.000 ejemplares de nada que abarcan el inicio de la disciplina, el pictorialismo, la Nueva Visión, el fotoperiodismo y producciones contemporáneas, y que cuenta con Agustí Centelles, Pere Casas y Oriol Maspons entre sus nombres de cabecera.
Se expone una selección de muebles y diseños en representación del movimiento modernista
Algunas consideraciones antes de que abandone un museo del que, por cierto, apenas ha vislumbrado la punta del iceberg, pues si contemplara lo que almacenan sus depósitos se quedaría sin habla. Primero, de visitarlo antes del 31 de diciembre de este año, se sumará a los 900.000 que tuvieron la misma idea (26% de público local y Estados Unidos encabezando el magma foráneo) y ya podrá contar estas Navidades que tiene algo en común con los Rolling Stones, Leonardo DiCaprio y Susan Sarandon. Segundo, si lleva una pegatina de colores identificativa, no deje escapar la oportunidad de contribuir a la obra colectiva en el plafón de la salida donde se remeda en modo psicodélico el dibujo Il contino de Marià Fortuny. Y tercero, si ya se encuentra en el exterior, sepa que entre los motivos más poderosos para regresar en breve podría estar su incapacidad de reconocer el santo grial que se esconde en un ábside. Probablemente nunca vuelva a tenerlo tan cerca.
