El Enrique Vives de cinco años poco imaginaba que a sus veintitantos poseería un templo dedicado al dulce. Ni que sería más grande que la tienda de golosinas que regentaba su abuela en el desaparecido Bulevard Rosa de paseo de Gràcia. Mucho más grande.
La pasada semana, este joven emprendedor abrió con el apoyo de su familia House of Candy (Gran Via, 620), un espacio de 2.000 m² para aquellos que nunca dicen que no a un caramelo, una gominola, un algodón de azúcar o un helado, y que se propone sacar el niño interior, aquel que prioriza pasarlo bien y que no entiende de vergüenzas, de quienes lo visiten.
En la primera sala, una gran máquina de chicle permite al visitante acceder a su interior
Tras cruzar la puerta de entrada y acostumbrar la mirada a los colores brillantes y golosos que bañan las paredes del establecimiento, lo primero que uno se encuentra es una cafetería-heladería (allí se ofrecen algunos de los helados de Paral·lelo), a la que siguen una estantería a rebosar de caramelos y una máquina de algodón de azúcar. Solo es el comienzo de un azucarado recorrido que quizás recuerda ligeramente a la fábrica de chocolate de Willy Wonka.
La primera sala ya invita a jugar, a dejar las preocupaciones a un lado: una gran máquina de chicle se alza frente al visitante, que puede acceder a sus entrañas si lo desea. Poco después, se tropieza con una piscina de bolas en la que es posible zambullirse, no antes de haberse tirado por un tobogán; o puede votar su sabor favorito de osito de gominola pulsando unos luminosos interruptores. Al parecer, el de fresa es el que cuenta con más seguidores…
La chicletera gigante
La ruta, que tiene una duración aproximada de una hora y media, incluye muchos otros espacios en los que niños y adultos pueden pasarlo bien por igual. “Se trata de una experiencia inmersiva única en Europa. Es una oda a la vida”, asegura Vives, que también es cofundador del museo barcelonés White Rabbit. Ambas propuestas abren en agosto.
