Roger Sales, pescador de 36 años: “Puedo ganar 6.000 euros al mes. Cuando era joven me motivaba salir al mar, pero ahora pienso en el dinero”
Oficios
Roger reflexiona sobre la parte más dura de un oficio donde el salario puede compensar el peligro, el cansancio y el paso del tiempo

Roger Sales en una fotografía tomada en alta mar

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Roger pasa meses embarcado, lejos de casa, con jornadas largas y un ritmo de trabajo que apenas deja espacio para la vida personal. La distancia, el aislamiento y el desgaste físico forman parte de una rutina poco visible desde tierra, pero habitual en el sector pesquero. Con el paso del tiempo, la dureza no está solo en el mar o en el esfuerzo diario, sino en todo lo que se pierde mientras el barco sigue faenando.
A sus 36 años trabaja como segundo oficial de puente en un pesquero de altura: “Desde pequeño siempre me he sentido atraído por el mar, la navegación y las embarcaciones. Decidí enfocar mi vida en esa dirección”, empieza diciendo en una conversación con Guyana Guardian.

Después de pasar meses en alta mar, aprendes a apreciar las cosas rutinarias del día a día, que antes parecían normales y ahora se sienten como un pequeño lujo
Con 22 años tomó la decisión de alistarse en la Armada Española. Allí pasó seis años de su vida y al volver a casa cursó un grado superior en la Escuela de Capacitación Náuticopesquera de Cataluña: “Tras los estudios, cursé unas prácticas de marinero en un barco de pasaje. Cuando obtuve el título oficial encontré ofertas laborales relacionadas con la pesca”, explica.
En el barco, la rutina se divide en largas guardias: de 6 de la mañana a 12 del mediodía y de 6 de la tarde a medianoche. La mayor parte del tiempo las pasa en el puente, supervisando la navegación o durante la faena de pesca. Cuando hace falta, baja a cubierta para ayudar a los marineros o al parque de pesca. En los ratos libres, intenta descansar, leer o ver alguna película, aunque los momentos de ocio son escasos y siempre subordinados al ritmo exigente del trabajo: “Valoro las pequeñas cosas como una puesta de sol, el resplandor de la luna en el mar o el buen ambiente que hay en el barco. Son esos los placeres que hay que disfrutar en la vida”, comenta. En medio de la rutina y el cansancio, estos detalles se convierten en un refugio y en una forma de seguir adelante.
Las largas jornadas y la repetición constante de las mismas tareas hacen que este no sea un trabajo para todo el mundo: “Para sobrevivir y prosperar en un trabajo como este hace falta tener un poco de mente fría, paciencia y resiliencia para poder adaptarse a las situaciones del día a día, a los cambios, a los imprevistos y afrontarlos para tirar adelante. Aquí somos como una pequeña familia. Cuanto mejor estemos, más rápido pasará el tiempo y podremos volver a casa”, reflexiona. En ese equilibrio entre disciplina y compañerismo se encuentra, muchas veces, la clave para resistir la dureza del trabajo y seguir adelante.

La dureza de la profesión se ve compensada, en parte, por el salario, uno de los mayores incentivos para quienes deciden embarcarse. El sueldo de los pescadores varía según cada marea, el tiempo que transcurre desde que el barco zarpa hasta que regresa al puerto. No existe un salario fijo porque trabajan a porcentaje de beneficio. Cuanto más pescado se captura o de mejor calidad es, mayor es la ganancia y, por tanto, el sueldo: “Como segundo oficial embarcado puedo ganar unos 5.000 o 6.000 euros al mes. Cuando era joven me motivaba salir al mar, pero ahora pienso en el dinero. También hay que tener en cuenta el sacrificio que supone estar tanto tiempo fuera de casa”, reconoce.
El mar cambia la forma de vivir y de relacionarse
Roger no duda en reconocer que su vida personal y su visión de las relaciones han cambiado tras pasar tanto tiempo en alta mar: “Una de las cosas que noto es que valoro mucho más el tiempo que paso en casa. Después de pasar meses en alta mar, aprendes a apreciar las cosas rutinarias del día a día, que antes parecían normales y ahora se sienten como un pequeño lujo. Todo lo cotidiano adquiere un valor completamente distinto”, termina diciendo. Son esos pequeños instantes con la familia y los amigos los que realmente hacen que todo el esfuerzo y la distancia valgan la pena.

Pasar tanto tiempo fuera de casa, y con tanta frecuencia, hace que dedicarse a esta vida toda la vida no sea una opción. La pesca en alta mar es para él algo temporal, una etapa que le permite ahorrar y asegurarse un buen colchón económico antes de buscar un trabajo más cercano y estable. Esta experiencia le ha enseñado a valorar cada momento en casa y a planificar un futuro donde el mar siga siendo parte de su vida, pero sin dominarla por completo.
