Sheila Manzanares rememora sus inicios
Interinos
La precariedad laboral daña la salud mental

Sheila Manzanares, docente de educación infantil y primaria, relata su experiencia en calidad de sustituta dentro de un CRA (Centro Rural Agrupado en San Benito)

Esperar una llamada para sustituir una baja laboral es la realidad de muchos de los profesores y maestros interinos. La mayoría cambian constantemente de centro escolar, de horario e incluso de ciudad para poder tener un trabajo. Sheila Manzanares (29 años) es una de ellas: “Me llamaron para cubrir una plaza de urgencia que no podía rechazar porque si no me echaban de la bolsa de docentes. Me avisaron por la mañana para incorporarme al día siguiente a las nueve. Tenía menos de 24 horas para mudarme a San Benito, la pedanía más importante del municipio castellano-manchego de Almodóvar del Campo, en la provincia de Ciudad Real, con 227 habitantes y a 200 km de mi casa”, explica en una conversación con La Vanguardia. La llamada le cambió la vida, al menos temporalmente, a la joven. “Ahora no soy Sheila, soy 'la maestra' del pueblo”, anuncia.
Sheila Manzanares, natural de Herencia, un pueblo de Ciudad Real, siempre ha querido ser maestra. “Desde pequeña he sido buena estudiante y me gustaba enseñar. Era la típica amiga a la que llamaban para que les ayudara a estudiar. Aunque en cuarto de la ESO y en bachillerato tuve alguna duda porque algunos profesores me decían que me dedicara a otras cosas porque se me daban bien las matemáticas. Al final, opté por lo que siempre había querido: magisterio”, cuenta Manzanares.
Era consciente del escaso mercado laboral en
Es maestra de primaria con mención en inglés desde hace varios años. Sin embargo, su trayectoria laboral no ha sido tan sencilla. “Sabía que al acabar el grado universitario no iba a tener muchas opciones laborales en España”, declara la maestra. Los tres años siguientes a graduarse vivió en Irlanda. “Vi que era relativamente fácil acceder a un trabajo en educación infantil en Dublín, porque los españoles teníamos más formación que la que exigían allí”, asegura. En 2021 volvió y desde entonces no ha dejado de trabajar como profesora interina, cubriendo bajas.
En 2022 aprobó las oposiciones de maestros, pero con una nota baja, lo que provocó que no la llamaran para trabajar en ninguna escuela. En 2024 volvió a opositar. “Fue el año que más estudié de toda mi vida, pero suspendí. Fue un golpe fuerte”, confiesa. Resume esos años con la palabra inestabilidad. “No sabes cuándo vas a trabajar, cuánto tiempo y dónde vas a estar. Es inestabilidad laboral, pero también mental”, explica. Fue entonces cuando el sistema de adjudicación de plazas de Castilla-La Mancha dio un giro a su rutina de la noche a la mañana.

Manzanares aceptó una plaza en una escuela a cientos de kilómetros de su casa. No podía rechazarla, dice, para mantener su puesto en la bolsa de interinos. “Tuve que buscar alojamiento en cuestión de horas. Solo había dos opciones en todo San Benito, así que fui a verlas con mi familia (padres, pareja y hermano). Vi que ambas casas eran muy viejas. Una de ellas no tenía ni calefacción, ni agua caliente ni electrodomésticos”, asegura. La joven maestra se decidió por la que veía mejor; su familia se marchó y ella se quedó. Al día siguiente dio su primera clase en la escuela de la aldea (se considera aldea por su escaso vecindario y por no tener jurisdicción propia).
La maestra se había independizado recientemente con su pareja. “Se cambió de pueblo para poder vivir juntos, nos compramos un piso y estamos pagando una hipoteca”, declara. Ahora la joven tiene que pagar el alquiler de una segunda vivienda y mantener una relación a distancia.
“Una realidad muy distinta”
Docencia en un Colegio Rural Agrupado
“Nunca había trabajado en un CRA (Colegio Rural Agrupado). Era uno de mis miedos porque es una realidad muy distinta”, explica la joven.
Un CRA es una estructura educativa pública fundamental para la escolarización en el medio rural, ya que agrupa varias escuelas pequeñas de pueblos cercanos en los que no hay suficiente alumnado para tener un colegio completo. En España hay unos 800 centros y están presentes en la mayoría de comunidades autónomas, aunque se concentran principalmente en aquellas con amplias zonas rurales o baja densidad de población (la llamada España vaciada). Solo en Castilla y León hay más de 170 CRA, mientras que Castilla-La Mancha cuenta con al menos 78. Comparten profesorado, recursos y administración, y otro de sus rasgos característicos es que en una misma aula conviven alumnos de diferentes edades y cursos. El caso de Manzanares es excepcional, ya que, según asegura, en Castilla-La Mancha el mínimo legal es de cuatro alumnos y ella tiene tres.
Relata que la fecha de inicio supuso una fuerte impresión: “Me encontraba lejos de casa, sola, en un pueblo diminuto y en una clase con tres niños”. Hoy, habiendo pasado una semana de la mudanza, sostiene que se siente muy afortunada. Dicha escuela le posibilita organizar actividades participativas para que sus estudiantes cooperen mutuamente, siempre considerando su grado escolar (primero, cuarto y sexto de primaria). Observa el movimiento de las ovejas por la ventana y en los tiempos libres pueden recorrer los prados.
“Yo abro y cierro el colegio todos los días (es la única maestra) y los lunes conduzco a otro centro para reunirme con compañeros y socializar un poco”, explica. “No sé cuánto tiempo voy a estar aquí. Puede que mañana la persona a la que sustituyo reciba el alta o que me quede hasta final de curso. Esa incertidumbre también pesa”, confiesa.
Sin pan del día y rodeado de jubilados
La vida de Manzanares fuera de las clases también se ha visto afectada. “En mi pueblo hacía deporte, iba al gimnasio o a correr. Aquí no hay gimnasio ni apenas servicios. Si el tiempo me lo permite, salgo a correr. Solo hay una tienda y abre por las mañanas. Si quiero pan, tengo que encargarlo el día de antes. La vida social es prácticamente cero. La gente joven está fuera. Me cruzo con vecinos jubilados y poco más”, cuenta. Cuando llega el fin de semana, la joven no siempre se reencuentra con su pareja y familiares. Explica que, con las carreteras de montaña y la oscuridad que las caracteriza, evita tener que hacer los trayectos. Dedica sus tardes y fines de semana a estudiar, de nuevo, la oposición de maestros.

La opositora decidió darle una oportunidad a esta experiencia. “Te obliga a conocerte más, a pasar tiempo contigo, a enfrentarte a miedos (como conducir por carreteras que no conoces) y a vivir una realidad muy distinta”. Y continúa diciendo: “Aquí la gente es muy buena. Me siento acogida y creo que me va a aportar mucho a nivel personal”.
Asegura que, pese a la incertidumbre, las variaciones y el contexto, escogería otra vez dedicarse a la enseñanza. “Llego al aula y soy feliz. Puedo estar agobiada o triste, pero ahí dentro se me pasa”. Y concluye manifestando: “Disfruto cada día lo que hago”
