No será una serie 'buena-buena' pero sí muy disfrutona
Crítica
Las claves de ‘The Morning Show’ son las estrellas, tramas siempre en movimiento y más presupuesto del que necesita la historia

No puede haber más star-power en The Morning Show.

Una de las series más desconcertantes para la crítica americana es The Morning Show. No saben muy bien qué hacer con ella o en qué términos. No encaja exactamente en la definición de Quality TV de las series de cable de la vieja escuela a pesar de hablar de periodismo, poder y ambición con un reparto de perfil altísimo: les descoloca su interés genuino por el drama (por el drama). Su estratosférico presupuesto, la dirección de Mimi Leder, el brillo de estrellas como Jennifer Aniston y Reese Witherspoon y la grandilocuencia de algunos diálogos impiden verla como un drama sencillo con el entretenimiento como único propósito.
La primera temporada, que tuvo la valentía de abordar cómo las dinámicas de poder diluyen la idea del consentimiento y pueden llevar a los abusos sexuales, no tenía precisamente una trama ligera. Pero, a pesar de la tentación de endosarle la etiqueta de mala, tampoco acaban de atreverse: nadie duda de la inteligencia en la sala de guionistas, ni de la calidad de las interpretaciones, y en la industria audiovisual fascina. Solo hay que ver que la tercera temporada obtuvo 16 nominaciones en los premios Emmy con hasta 10 actores nominados, colándose en mejor serie dramática y con Crudup llevándose su segunda estatuilla.

La cuarta temporada, que Apple TV+ ha empezado a emitir este miércoles, posiblemente no ayudará a disipar este desconcierto. Alex (Jennifer Aniston) está más centrada en su faceta de directiva de UBN, el conglomerado resultante tras la fusión de UBA y NBN, cuando una deportista iraní y su padre le piden ayuda para conseguir asilo durante una entrevista. Stella (Greta Lee), que tiene el mandato de implementar la inteligencia artificial en el día a día de la empresa, descubre que ser presidenta no significa tener el poder, sobre todo cuando en la junta tiene una francesa llamada Celine (Marion Cotillard) que cuestiona cada una de sus decisiones.
Bradley (Reese Witherspoon), en cambio, está desterrada en la América profunda tras su implicación en el encubrimiento de su hermano, que participó en el asalto al Capitolio, cuando tiene la oportunidad de volver al programa The Morning Show. La oferta de trabajo coincide con unos mensajes anónimos que recibe en el móvil y que le piden que investigue un escándalo que podría arruinar The Morning Show y UBN. Y Mia (Karen Pittman), que quiere ser jefa de noticias, empieza a darse cuenta que necesita algo más que talento para ascender en la piscina de tiburones que es la televisión.
Charlotte Stoudt acelera en lo que se refiere al drama periodístico. A Bradley le adjudica una trama de contaminación masiva que recuerda a Erin Brockovich, a Alex la mete en una trama geopolítica que incluye una persecución de coches, y promete abordar cómo la inteligencia artificial, más que una herramienta, supone un peligro definitivo para el periodismo al agilizar la creación de fake news. ¿Pero significa esto que Stoudt tiene especial interés en hablar de estos temas? No necesariamente. Son tramas que parecen estar allí en la medida que mantienen a los personajes en movimiento.
No ayuda a la defensa de The Morning Show como serie buena-buena que encima se amontonan las piezas mientras el espectador intenta recordar cómo demonios acabó la tercera temporada, por qué Bradley, Chip y Cory no están en nómina en UBN o por qué Alex y Bradley otra vez no tienen la mejor de las relaciones. Por ejemplo, se fuerza el guion para reconectar a los personajes, ya sea con la alianza de Bradley y Chip o la rebuscada estrategia de Cory para volver a UBN. Se puede entender que Stoudt no quiera prescindir de Mark Duplass y Billy Crudup pero, al desterrarlos y recuperarlos de forma tan automática, su supuesta ausencia dentro del universo de ficción es imperceptible. ¡Y no es como si serie estuviera faltada de personajes!

Nicole Beharie, de hecho, tiene una trama episódica insustancial como Christine (que consiste en llegar tarde al recital de los hijos) pero que parece estar allí para que no nos olvidemos de ella hasta que tengan algo con sustancia para ofrecerle; Nestor Carbonell como Yanko te obliga a compadecerlo por conformarse con migajas tras haber sido (de forma insospechada) un fantástico alivio cómico en temporadas anteriores; y hasta regresa Jon Hamm como Paul, esa clase de personaje que en cualquier otra serie ya estaría creativamente enterrado por haber completado su arco de temporada pero que, como es Hamm y en The Morning Show valoran el factor estrella, recuperan.
Y, en el terreno de las novedades, aparte de una Celine que parece vivir del halo que desprende Marion Cotillard, se introduce un podcaster reaccionario interpretado por Boyd Holbrook, que tanto puede servir de némesis de Alex como de posible amante; hay un experto en IA que parece un figurante pero, como está interpretado por William Jackson Harper, debemos intuir que es relevante; Jeremy Irons es el padre de Alex, con conexión directa con la historia reciente de Irán; y hasta tenemos a Aaron Pierre como un artista que tiene claro su cometido: ser el buenorro de la función. Es tan poco disimulado el factor carne que no sé cómo Witherspoon y Aniston le pudieron ofrecer el papel con un mínimo de seriedad.

El conjunto de todas las tramas y personajes es irregular, en parte por la incapacidad de comprometerse con su contundencia y potencial: cuando los personajes se amenazan, apuñalan y despiden como rutina para después volver a pasear por los despachos y los platós al cabo de cuatro días, se pierde el impacto. Pero no se debe menospreciar que, como serie de televisión, The Morning Show también es fascinante por esta búsqueda constante de interacciones entre personajes que en líneas generales caen bien; por el extraordinario star-power, que no solamente tienen Witherspoon o Aniston sino también Lee, Pittman o Beharie, clarísimos ejemplos de presencia; por su obstinación por no intentar ser un drama sesudo y, en cambio, ser un drama hasta arriba de esteroides; y por ser rabiosamente entretenida en platós y localizaciones que deberían estar fuera de su alcance.
The Morning Show no será buena-buena pero sí que es muy disfrutona.
