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'Los Bridgerton' cierra la historia de amor de Benedict y Sophie

Crítica

¿Tensa todavía más las costuras de su hipócrita universo de ficción? Por supuesto

Yerin Ha y Luke Thompson.

Yerin Ha y Luke Thompson.

LIAM DANIEL/NETFLIX

Los espectadores que desconocen el universo literario de Julia Quinn, la autora de las novelas de Los Bridgerton, quizá no esperaban ver a uno de los héroes románticos de esta Regencia televisiva haciendo una propuesta tan impactante a su amada. Benedict pidió a Sophie que fuera su amante, su cortesana bien mantenida pero escondida de la alta sociedad de Londres, y dinamitó la amabilidad de la ficción. Aquí es donde nos quedamos al despedir la primera mitad de la cuarta temporada. Al volver este jueves con la segunda mitad, toca solucionar este callejón sin salida romántico. ¿Cómo se puede defender el amor verdadero desde una petición tan deshonesta como realista?

La situación, como comprobará el espectador, tensa todavía más las costuras de este universo de ficción, que con cada licencia creativa está más cerca del abismo. El creador Chris Van Dusen, recordémoslo, introdujo una Inglaterra social sin ninguna coherencia social, política o histórica, incluso mal justificada dentro del universo de ficción.

Pero, de la misma forma que borró el racismo, Los Bridgerton utiliza la sociedad de clases del siglo XIX y el patriarcado a conveniencia. Es una serie entre consciente e irresponsable: necesita los códigos de época para que el romanticismo funcione y, al mismo tiempo, le molestan las limitaciones de estos códigos o que el público confunda una época con la ideología de las mentes que la escriben.

Esto genera situaciones tan desternillantes como que las jóvenes sufren por su futuro, por su necesidad de encontrar un buen marido ya que no podrán heredar (o que su reputación se vea destruida por unos instantes a solas con un hombre), pero después podemos tener conversaciones sobre el orgasmo femenino, como si el Londres de la Regencia fuera, de repente, el Manhattan de Sexo en Nueva York y se hubieran sustituido los cosmopolitans por el té de las cinco. Si alguien tiene alguna duda, Francesca es una Charlotte y Penelope es una Carrie.

Claudia Jessie.
Claudia Jessie.LIAM DANIEL/NETFLIX

Una vez se asumen las contrariedades de Los Bridgerton (que son tantas que a ratos cuesta concentrarse), esta cuarta temporada concluye de forma sólida. Esto no quiere decir que esté exactamente bien resuelta la relación imposible de Benedict y Sophie pero sí que hay algún diálogo inspirado sobre cómo combinar las distintas pulsiones creativas e históricas. En especial, llaman la atención unas palabras de la madre de Benedict, que explica (con amor y sin mala fe) las consecuencias de guiarse por el amor. Por un momento, entre ensoñaciones, Bridgerton parece valiente, coherente, reflexiva para después entrar otra vez en su cánon conveniente y arbitrario.

En el fondo, lo importante es que hay química. Las tramas secundarias han adquirido dinamismo y Francesca como trama B continúa funcionando. A diferencia de un servidor, posiblemente la totalidad de su público prefiere pasar de puntillas por (in)coherencia interna del universo de ficción al igual que los guionistas. ¿Tiene sentido a estas alturas criticarla por algo que claramente no aspira a ser? Posiblemente sí, pero Los Bridgerton funciona como un tiro como entretenimiento banal, incluso cuando es hipócrita con su radiografía del elitismo inglés.

Si algo demuestran estos últimos episodios es la importancia de un buen casting. Yerin Ha vende la carne, el pescado y lo que se tercie: se asegura de que las costuras no acaben de petar, insertándose como protagonista indiscutible en un universo de ficción tan coral como consolidado. Aporta su propia identidad, contribuye a la metamorfosis romántica de Los Bridgerton de cada temporada, al mismo tiempo que encaja en el entorno con una interpretación prudente. ¿Habrá entrenado su sonrisa para imitar a la Keira Knightley de Orgullo y prejuicio?

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