
¿Por qué los jóvenes se sienten más solos?
LA CONSULTA
Biel tiene 20 años y, como muchos jóvenes de su generación, ha quedado marcado por dos crisis que irrumpieron en momentos vitales decisivos. Primero, la crisis económica y moral del 2008, que coincidió con su infancia. Después, la pandemia, que lo alcanzó en plena adolescencia y cortó de raíz las relaciones sociales en una etapa en la que resultan imprescindibles.
Cada cual ha lidiado con ese impacto como ha podido y a su manera. Biel sufrió acoso escolar y, al inicio de la adolescencia, no dejaba de pensar en “irse y acabar con todo”. No quería morirse, pero sí deshacerse de ese dolor constante y de ese sentimiento íntimo de “ser una mierda”.
La adolescencia es ya un malestar en sí misma por lo que tiene de duelo: se pierden las satisfacciones infantiles mientras se abre la incertidumbre de lo nuevo —sexualidad, cuerpo, estudios, pareja—. La depresión y la euforia no son sino el anverso y el reverso de esta etapa.
Una diferencia notable con otras generaciones es el aumento de las expectativas sobre el futuro. Padres e hijos han elevado el listón, y ese peso, a veces, los hunde. Disponen de más medios y posibilidades —educativas, de ocio, virtuales— que les recuerdan constantemente que todo es una inversión para su futuro y que no pueden dejar pasar ninguna oportunidad. Una especie de FOMO vital: el pánico a que el fracaso los deje fuera, como si vivir fuera una carrera a vida o muerte o un tren que solo pasa una vez. Se olvida así que el fracaso es siempre un punto de partida, no de destino: nacemos dependientes y la falta nos constituye. El problema no es el fracaso, sino su negación. Todos necesitamos una segunda oportunidad.

Hay razones objetivas para la preocupación: vivienda inaccesible, empleos precarios, relaciones sentimentales inestables, proyectos familiares pospuestos, una política volátil y una crisis climática persistente. A la falta de horizonte se suma la pérdida de convicción de que las acciones individuales puedan cambiar algo. Donde antes había un pie en el pasado y su tradición, hoy hay dos pies en un presente tambaleante y un futuro incierto.
A este escenario se añaden los efectos de una crianza contradictoria. Muchos padres han sido sobreprotectores en lo cotidiano —alimentación, desplazamientos, tareas domésticas— y, al mismo tiempo, permisivos en la iniciación digital. Esta combinación deja a los hijos más dependientes y frágiles: un exceso de amor que, paradójicamente, erosiona la autonomía y la autoconfianza.
También es distinta la relación con lo virtual. Cada vez consultan más sus problemas en redes sociales o con chatbots. Esa aparente comodidad encierra una trampa: no enseña lo mismo que conversar con adultos o con iguales. La inteligencia artificial no confronta, adula con una empatía algorítmica y ofrece respuestas genéricas. A modo de pastilla digital, da alivio inmediato al precio de evitar la pregunta por aquello que deprime o angustia, generando así dependencia.
Durante años se habló de la “curva de la felicidad”, una U en la que la satisfacción vital caía hasta los 50 años y luego se recuperaba. Hoy esa curva se ha deformado en una “joroba de la infelicidad”, cuyo punto más alto ya no está en la madurez, sino en la juventud, asociada al estrés, la ansiedad y la depresión.
La buena noticia es que los datos del 2024 y 2025 muestran una ligera disminución de los problemas de salud mental en adolescentes y jóvenes. Eso nos deja margen para hacer algo con ellos y con ellas.