Sociedad

La maldición de los Alvia: De Angrois a Adamuz

Un Alvia, otra vez, como en Angrois, ¡qué horror! La noticia de la catástrofe ferroviaria de Adamuz me sobrecogió pasada la media noche cuando salí del tubo informativo en el que me había metido para hacer la crónica de las elecciones presidenciales portuguesas, cumpliendo los siempre muy estrechos plazos de una noche electoral y atemperando al máximo mi auto exigencia natural en la que era mi tercera jornada de trabajo tras coger el alta, después de sufrir un nuevo coletazo, muy duro pero por suerte de rápida recuperación del monstruo terrible de la depresión del que no consigo librarme.  Ya se fue, por suerte. Para siempre, ojalá.

Llevaba unas horas consumiendo sólo información de medios portugueses, pero a cuentagotas, para contener al máximo el estrés, que es el alimento del monstruo de La Vieja Compañera, mi enfermedad. Teletrabajando, en medio del proceso habitual de subir a la web la primera crónica con los sondeos a pie de urna, actualizarla con los resultados oficiales y reconvertirla para el papel, en los mensajes, de voz y texto con compañeros de Redacción aparecía “lo del tren”. Di por hecho que había pasado algo grave en Rodalies, ese otro monstruo cuyos embates sufro muy directamente cuando, como ahora mismo, estoy en Catalunya para tratarme en el Hospital del Mar de Barcelona, para pasar por el taller.

Tras doce años de la catástrofe de Santiago España aún tiene pendiente una verdadera investigación oficial de lo sucedido

Tras un fin de semana tan agotador como maravilloso, en el que se juntaban, peligrosamente, dos de mis grandes pasiones, Portugal y las elecciones y en el que publiqué una catarata de piezas, de crónicas y perfiles de los principales candidatos, no me podía desviar un milímetro de la hoja de ruta que me trazaron mis terapeutas para no descarrilar como me pasó en el 2024, cuando había subido del pozo y reaparecido por las vía de esas urnas, en ese aquel caso gallegas y portuguesas, en las que me dijeron una vez, en porteño, que hasta parece que nací.  

Ya en cama, algo grogui pero mucho menos de lo esperado, tras un escrutinio portugués inesperadamente sosegado, levanté el freno a la creciente curiosidad que sentía. Soy una criatura tan ferroviaria que mi madre me llevó en tren de feto de Barcelona a Lugo para esperar en Sarria el parto, que tenía que ser en Galicia. Por los caminos de hierro he cruzado la Pampa, he subido a los Alpes, me he acercado a visitar a Nessie en las Highlands escocesas, he dado la vuelta a Polonia y a Portugal y he gozado contemplando las puestas de sol del Maresme o la niebla en las llanuras gallegas, que las hay, y sobre las rías y el Miño y el Sil, además de todos los viajes que he soñado despierto. 

Imagen del accidente ferroviario de Santiago de Compostela del 24 de julio de 2013 
Imagen del accidente ferroviario de Santiago de Compostela del 24 de julio de 2013 OSCAR CORRAL / AFP

¡No era de Rodalíes, sino en un AVE con un Alvia, como en Angrois!, alcancé a intentar entender al leer en la tablet, bajo la neblina del agotamiento y de las pastillas para dormir. El móvil había quedado en la cocina, de modo que resultaba muy leve la tentación de comunicarme con Jesús Domínguez, el verdadero héroe de Angrois, Fue la víctima que al frente de otros damnificados que, con la ayuda de la eurodiputada del BNG Ana Miranda, consiguió, pasando por Bruselas, doblegar al Estado, sentándolo en el banquillo de acusados a través de un alto cargo de Adif, que ha sido condenado en primera instancia junto al maquinista José Francisco Garzón, una víctima de su despiste y de la terrible falta de un mecanismo automático de seguridad para paliar la posibilidad del error inherente a la condición del ser humano. Se le usó desde el primer momento como el clásico chivo expiatorio, como tantos otros, como al capitán Mangouras en el Prestige, por ejemplo.

Mientras me iba quedando dormido brotaban una catarata de sentimientos venidos de Angrois. Sobre todo, el dolor tremendo de los 80 muertos y más de un centenar de heridos de uno de los accidentes más letales de Europa en décadas, con un porcentaje de fallecidos sobre el total del pasaje propio de los países menos desarrollos. También la rabia por cómo actuó el Estado que, sin que hubiese dimisión alguna ni pidiese perdón a los afectados, doce años y medio después todavía no ha hecho una investigación digna de tal nombre. La que efectuó, para taparlo todo se cocinó a partir del infame Pacto de la Curva, de la popular Ana Pastor y el socialista Pérez Rubalcaba, a fin de que el maquinista apareciese como único culpable. Así lo dictaminó la Comisión Independiente de Accidentes Ferroviarios (CIAF). El tener que poner la palabra Independiente en el nombre lo dice todo del modo de puro compadreo con el que funcionaba, Espero que sea cierto que ahora las cosas son distintas, pero hasta que lo vea no me lo creeré.

En una lucha ejemplar, incesante, nada revanchista y basada en datos técnicos las víctimas doblegaron al Estado

Sentía también mi devoción por Jesús Domínguez y los suyos, por su espíritu altamente combativo, pero nada revanchista, basado en datos, los que fue acumulando este ingeniero informático madrileño que en su convalecencia de meses, tras quedar debajo de un vagón hecho un guiñapo, se convirtió en un gran experto en seguridad ferroviaria. Y admiración por Cristopher Carr, el alto cargo de la Agencia Ferroviaria Europea, todo lo opuesto a la imagen del frío y distante burócrata de Bruselas. Su tesis, tan simple como contundente, de que un riesgo catastrófico no se puede dejar en manos de una persona resultó decisiva en el proceso judicial. 

Con la sentencia de primera instancia en el bolsillo, las víctimas ya no se manifestaron en el último aniversario, sino que hicieron un homenaje en los bellísimos jardines de un pazo de cerca de Santiago a los que, según ellos, les ayudaron en su lucha. Invitado, junto a otros compañeros de profesión, me negaba a asistir, al considerar que los periodistas no debemos recibir reconocimiento alguno por parte de actores informativos por hacer nuestro trabajo. ¡Pero quién le dice que no a Jesús Domínguez! Si pudo con la fiscalía, los jueces y el Gobierno, cómo iba ser yo capaz de resistir, me dijeron allí. Y fui sobre todo por lo mal que les trató el Estado, como víctimas apaleadas por la mentira y el desprecio.

Al despertarme esta mañana acabé de ver que el Alvia fue esta vez el sujeto pasivo del accidente, al chocar contra él el AVE de Iryo, que descarriló a una velocidad decían que tal vez algo superior a los de 190 kilómetros por hora de Angrois, en una recta, no en una curva. Me levanté con la convicción de que España tiene en Adamuz la oportunidad y la obligación, aunque dudo bastante que la aproveche, de redimirse, por lo menos en parte, de la vergüenza de la catástrofe de Santiago, con una investigación independiente, verdadera y transparente, que depure responsabilidades, y aclare lo que ha pasado en ese municipio cordobés para que no vuelva a suceder, en vez de abrir la cacería de un chivo expiatorio. Sería lo propio de una democracia avanzada. Esta vez no vislumbro las condiciones tan especiales de Angrois, de responsabilidad compartida del PSOE, que gobernaba cuando se construía la vía, y del PP, que lo hacía cuando se puso en servicio, para que haya un pacto de silencio. El ocultamiento puede surgir de la jungla de la polarización desaforada, como se vio en los incendios del verano,

Me temo que, en vez de actuar como una democracia avanzada, sigamos atrapados como sociedad en el túnel de Torre del Bierzo donde en 1944 se produjo el más grave accidente ferroviario de la historia de España, en un tren de la línea Madrid-Galicia como el de Angrois. El franquismo lo tapó todo de tal manea que no se sabe si de verdad murieron dos centenares de personas o más. O menos.

Tengo que llamar a Jesús Domínguez.

Corresponsal en Galicia y Portugal y redactor de Política. Licenciado en Ciencias de la Información (UPV) y en Ciencias Políticas (USC). Doctor en Historia Contemporánea (USC).

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