Josep y Esther, jubilados y padres de acogida temporal: “Lo haremos hasta que el cuerpo aguante, tener a un bebé en casa nos da vitalidad y energía”
‘Después de los 60’
Cuando se jubilaron, este matrimonio catalán decidió acoger a criaturas en casos de urgencia, y de forma temporal, para aportarles un hogar en la primera etapa de su vida. “Lo hacemos teniendo en cuenta que si no estuvieran con nosotros, estarían en un centro”, cuentan

Josep y Esther son padres de acogida de Urgencia y Diagnóstico.

Esta es la 78a entrega de ‘Después de los 60’, la sección de testimonios sénior donde recogemos experiencias vitales en esta etapa de la vida. Nos puedes hacer llegar tu historia a [email protected].
Mientras Josep Sala y Esther Bertran atienden la llamada, un leve y dulce sollozo de bebé se cuela de fondo, como si quisiera participar de la conversación. Es la niña que acogieron con 10 días de vida y que ya está a punto de cumplir los 2 meses y medio. “Ahora la tenemos en brazos, está aquí con nosotros”, ríe Esther. Para muchos, si el grado de altruismo pudiera medirse con un parámetro objetivo, este matrimonio probablemente estaría en el podio de la generosidad. También es probable que al leer estas líneas le quiten hierro al asunto y naturalicen la situación, como si no fuera poco frecuente acoger a una recién nacida en la jubilación. ¿Y hay algo más clarificador que eso?
Lo cierto es que esta es la cuarta vez que Josep y Esther, de 67 y 65 años, y con dos hijos ya crecidos, acogen a un bebé en su casa. Juntos forman una familia de Urgencia y Diagnóstico, un servicio temporal que acoge a criaturas vulnerables o en riesgo, normalmente porque los tutores legales se encuentran en situaciones que pueden desestabilizar la seguridad de los pequeños y que requieren de un abordaje inmediato. “Somos una familia puente hasta que se encuentre un lugar seguro para el niño; lo hacemos teniendo en cuenta que si no estuvieran con nosotros, estarían en un centro, y donde un crío crece mejor es con una familia”, aclaran.

Tener una criatura en casa no es, para nada, una situación baladí. De querer hacerlo es necesario pasar una idoneidad, es decir, una serie de test y entrevistas que certifiquen que la familia es apta para el cometido. También, concretamente en esta tipología de acogida, que uno de los miembros de la unidad familiar no trabaje —se necesita tiempo para una buena atención— y certificar que el entorno apoya la decisión. Además, se conciencia a la familia acerca del factor temporalidad, ya que se trata de una situación meramente provisional. “Mucha gente nos dice que ellos no podrían dejar al niño cuando toque, pero es que si piensas así directamente no te escogerían como familia de urgencia”, matiza Josep. “Evidentemente, hay un duelo, pero tú tienes que tener claro que ese niño no es tuyo ni que te lo vas a quedar”, añade Esther.
¿Pero qué llevó a una pareja de jubilados a tomar esta decisión, precisamente en la etapa de la vida que se asocia al descanso y el disfrute propio? La semilla nació muchos años antes, y es que Esther y Josep fueron familia de acogida de niños del Sahara durante algunos veranos y también de criaturas bosníacas durante la guerra de Bosnia. “Entonces ya empezamos a pensar si aquí en Catalunya había estas situaciones y si hacía falta una acción similar”, explican.
Mucha gente nos dice que ellos no podrían dejar al niño cuando toque, pero es que si piensas así directamente no te escogerían como familia de urgencia
La forma de acogida que ellos practican es un servicio que se da a niños de entre 0 y 6 años, con el objetivo de que los primeros años de vida puedan crecer en el calor de un hogar. Es un servicio que se hace de forma voluntaria, con el que la familia solo recibe una cantidad simbólica para cubrir los gastos de la criatura. Con la niña que cuidan ahora ya son cuatro los bebés que han pasado por sus brazos, aunque clarifican que son pocos comparados con otros casos. “Hay gente que ha tenido 14 o 15 niños de acogida, y de diferentes edades”, dicen. En su caso, todas las veces han acogido a bebés, cuya etapa, por otra parte, es la que más atención necesita.
Echando la vista atrás, recuerdan con cariño la primera vez que acogieron —aunque, de hecho, de todas ellas hablan con una delicadeza admirable—. El niño tenía 10 días y fue una retirada hospitalaria, que se lleva a cabo cuando se sabe que la familia biológica no podrá hacerse cargo del pequeño ya desde que nace. “Desde que llegó a casa lo tratamos como si fuera un hijo nuestro; le das el biberón y lo haces todo exactamente igual, incluso cuando es más mayor lo llevas a actividades de música o piscina, o unas horas a la escuela infantil para que socialice”, cuenta Esther.

En ese caso, lo tuvieron en casa hasta los 17 meses, algo que argumentan que no entraría dentro de los parámetros que deberían ser. “La idea de esta modalidad es tenerlos durante unos 6 meses como máximo, que es lo que se necesita para que los equipos hagan el estudio a las familias y valoren las posibilidades de volver, de ir a preadoptivo o buscar una acogida más larga”, relata Josep. Sin embargo, no ha sido la estancia más larga; otro de los bebés estuvo 22 meses con ellos, casi dos años, algo que, afirman, dificulta el desapego y el proceso de duelo por la marcha.
“Es más complicado, pero lo importante es la criatura, tenemos claro que esto no lo hacemos por nosotros; ya somos padres y abuelos, este rol ya lo hemos hecho, solo queremos lo mejor para el niño, y si lo mejor es volver con su familia o una adopción, estamos contentísimos”, explica este matrimonio catalán. Y en ese sentido, aclaran que se trata de una decisión que debe partir del altruismo absoluto, no de aferrarse a cuidar a otra persona solo para encontrar una razón de vivir.
Desde que llegó a casa lo tratamos como si fuera un hijo nuestro; el proceso es el mismo, le das el biberón y lo haces todo exactamente igual
Para ellos, ese un matiz fundamental. “Una vez vimos por la tele a una familia de acogida que decía que se habían lanzado a esto porque no sabían qué hacer, pero eso es un error; nosotros sabemos por qué lo hacemos, tenemos una vida plena aparte de esto y no es ningún sustitutivo, se trata de un gesto voluntario para el niño”. Un niño con el que, además, pueden seguir teniendo relación una vez terminado el proceso de acogida, siempre y cuando la familia (biológica o adoptiva) lo permita.
Por ejemplo, Esther y Josep siguen en estrecho contacto con el primer niño que acogieron, que fue adoptado. “Suele ser más fácil con familias adoptivas que con biológicas, de hecho, solo el 10% de los niños en acogida vuelven con la familia biológica, lo que permite hacerse a la idea de lo complicadas que son las situaciones de emergencia de dichas unidades”, refleja Josep.
Historias séniors
‘Después de los 60’
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Enfrentarse a esta realidad pasada la sesentena no ha supuesto un reto mayúsculo en términos de edad, según cuentan, pero sí reconocen que no es una situación frecuente. “Hay gente que no lo entiende, les choca que lo hayamos hecho ahora que tenemos tiempo para disfrutar o viajar, porque esto es una dedicación 24 horas al día; muchos dicen que no podrían hacerlo, a lo que nosotros contestamos que hay muchas maneras de colaborar; la cuestión es ser solidarios con lo que cada uno pueda”.
Las épocas que tienen a una criatura en acogida, dicen, también implica renuncias, pero entre ellos se organizan como un reloj suizo y se compaginan para poder seguir haciendo cosas. Precisamente, la pareja expone que la mayoría de familias que acogen en la modalidad de urgencia y diagnóstico es de perfil sénior. Y eso se explica por el requisito que establecen los organismos para acoger de que uno de los miembros de la pareja no trabaje.


“La mayoría tienen nuestra edad, porque mucha gente joven no se lo puede permitir”, dice Josep. En ese sentido, remarcan que las administraciones que cuentan con las competencias en la materia pretenden mejorar las condiciones para que personas más jóvenes puedan dar este paso, por ejemplo, haciendo que la acogida permita un pequeño sueldo o cotizar en la Seguridad Social —y, a largo plazo, sirva para la jubilación—. No es algo imposible; de hecho, en Francia estos programas se piensan en clave de profesionalización, por lo que las familias cobran un sueldo o, en caso de baja imprevista, incluso pueden contar con un sustituto.
Lo que está claro es que tanto Esther como Josep se sienten satisfechos de poder ser de ayuda, tanto que no se plantean dejar de hacerlo a corto plazo. En algún momento, se marcaron una edad determinada para parar, pero ahora que la han superado, siguen estirando el chicle. “Mientras estamos cuidando a esta niña, hay muchas otras criaturas en un centro que no pueden recibir la misma atención; cuando sabes que hay muchas que no lo pueden recibir porque no hay familias, hay algo que no te permite parar”, dicen.
Mientras estamos cuidando a esta niña, hay muchas otras en un centro que no pueden recibir la misma atención; lo haremos hasta el que el cuerpo aguante
Ellos, que se definen como dos personas muy activas, tienen claro que seguirán hasta que puedan. “Lo haremos hasta que el cuerpo aguante; a veces nos preguntamos cómo lo hacíamos con 30 años, dos hijos y trabajando ambos, y es que teníamos solo 30 años, pero la verdad es que tener a un infante en casa ahora nos da vitalidad y energía”, dicen sin tapujos.


