Rosa, maestra jubilada: “No puedo dar mi dinero, pero sí mi tiempo; ser voluntaria enseñando catalán es un pequeño grano de arena”
Longevity
Apel·les es un proyecto de maestras jubiladas que dan apoyo a los centros educativos para enseñar catalán

Rosa está jubilada desde hace diez años, pero volvió a las aulas como voluntaria.

“Los maestros y los médicos no dejan de serlo nunca, aunque se jubilen”, afirma Rosa Montón, una vecina de Barcelona de 75 años. Dedicó su vida laboral a la enseñanza y, aunque hace diez años que se jubiló, sigue activa en las aulas. Es una de las voluntarias del proyecto Apel·les, que a través de la labor de maestras jubiladas ofrece apoyo a los centros educativos para el desarrollo de la lengua oral, la lectura y la escritura.
Durante la última década, Apel·les se ha centrado en primaria y este 2026 inicia una prueba piloto en educación infantil. Rosa participa desde hace años como voluntaria en el proyecto y ha trabajado con alumnos de los primeros ciclos de primaria de la escuela Ferran Sunyer. “Es una escuela en la que se hablan 28 lenguas, me quedé sorprendida”, explica la voluntaria para ilustrar el contexto del centro.
Aunque constata que muchos alumnos no hablan catalán o no lo utilizan como lengua vehicular, Rosa se niega a caer en la desesperanza, que considera desmovilizadora. «No podemos permitirnos el lujo de ser pesimistas con el futuro de la lengua. Un país que pierde la lengua lo pierde todo», afirma con determinación.
Una vida dedicada al aprendizaje y a la lengua
Rosa creció en un hogar con un padre y una madre decididos a brindar oportunidades académicas a sus hijos, dentro y fuera del aula. En un contexto en el que el régimen franquista relegaba el catalán a la marginalidad y lo empujaba a la extinción, sus padres se aseguraron de que Rosa aprendiera la lengua. “Recuerdo que en verano, mi madre nos daba el libro Els Sis Joans, de Carles Riba, para que lo leyéramos y lo copiáramos. Así aprendíamos”, explica.
Más adelante, Rosa cuenta que, cuando estudiaba, se apresuró a apuntarse a los cursos de catalán de Òmnium Cultural a finales de los años sesenta, y señala: “Iba poquísima gente; la mayoría eran maestros”.
No nos podemos permitir el lujo de ser pesimistas con el futuro del catalán

Por otra parte, su padre, que era médico, la inspiró para plantearse dedicarse a la medicina. “Dudaba entre la medicina y la enseñanza. Al final me decanté por la segunda; mi padre era ahijado del doctor Trueta y, claro, el listón era muy alto”, afirma. Una vez tomada la decisión sobre el rumbo de su formación, subraya el apoyo de su familia. “He tenido la gran suerte de tener unos padres que nunca se han negado a pagarme ningún estudio”.
La decisión fue acertada: se reconoce como una profesional afortunada que ha disfrutado de su vida laboral. Ha pasado por varias escuelas y de cada etapa de su trayectoria como maestra destaca algún aspecto positivo. “La mía ha sido una vida laboral muy bonita”, concluye.
Regreso a las aulas diez años después
Rosa se siente muy activa y, como apasionada de la educación —tanto por aprender como por enseñar—, sabía que era imposible que, tras jubilarse, se quedara de brazos cruzados. Después de estudiar italiano durante una temporada, quería aprovechar los conocimientos acumulados tras toda una vida en las aulas. Una amiga y colega de profesión le habló de Apel·les. “Dolors Ferrers, que es quien lleva el proyecto, me hizo una entrevista. Pensé que quizá no me cogerían”, recuerda.
Así fue como volvió a las aulas. «Mis compañeras y yo hemos tenido una gran acogida por parte de los alumnos y de las tutoras, y siempre nos ponemos a su disposición», remarca. Rosa y las otras voluntarias ayudan dentro y fuera del aula. «Por ejemplo, si están haciendo un ejercicio y algún niño tiene dificultades, le ayudamos en clase, aunque a menudo trabajamos con ellos en grupos de dos o de uno en uno y los sacamos fuera del aula», detalla. Y añade: «Les gusta mucho y quieren venir con nosotras».
Dentro del centro se encuentra distintas realidades lingüísticas, más allá de la simple y pobre dicotomía entre los alumnos que hablan catalán y los que no. “Hay niños que han nacido aquí, pero como su familia no lo habla, ellos tampoco lo saben. También hay hijos de expats, que a menudo tienen más facilidad porque ya hablan varios idiomas”, señala.
Hemos vivido otros momentos de altibajos y aquí estamos. Yo no puedo dar mi dinero, pero sí mi tiempo
Dar el tiempo por el futuro
Pese a constatar que la presencia del catalán como lengua vehicular dentro y fuera de las aulas es cada vez más precaria, Rosa se niega a tirar la toalla. «Hemos vivido otros momentos de altibajos y aquí estamos. Yo no puedo dar mi dinero, pero sí mi tiempo», remarca.
Además, destaca el enriquecimiento personal que le aporta este voluntariado. «No solo somos una pequeña ayuda: piensa que cuando nos hacemos mayores, si te sientes útil, parece que no eres tan mayor. Al menos, a mí me pasa. Para mí el voluntariado es un momento de ocio y optimismo», concluye.

