Carmen Martín cumple un siglo de vida
Longevidad
(Too long? Let's check

Carmen, con 100 años, asegura estar siempre alegre y de buen humor, como hacía su marido

Tan solo cinco segundos después de tocar el timbre, abre la puerta Carmen Martín, una mujer menuda, sin bastón, con los labios pintados de rosa y una sonrisa que no es postiza, sino permanente. Tiene 100 años (28 de diciembre de 1925), pero nadie se lo creería por su forma de levantarse, moverse y comunicarse.
Desde el sofá se contempla una espaciosa librería de madera que exhibe retratos enmarcados a modo de trofeos. Carmen los apunta sucesivamente al aludir a los integrantes de su linaje mientras narra su propia biografía: su madre Tomasa (que llegó a los 106 años), sus nueve hermanos, su esposo, sus dos hijas, cuatro nietos y dos bisnietos. Su pasado se mantiene lúcido, pues la anciana centenaria evoca cada etapa prácticamente sin olvidos.
La charla se convierte en un regalo para su interlocutor. El buen humor es la medicina que le permite cocinar para ella (a diario) y para su familia (cuando se juntan todos cada 15 días), para limpiar su casa, bailar, cantar en un coro, diseñar vestidos de papel y desfilar con ellos, practicar yoga y taichí, hacer la compra...
Optimista y vital, solo desea salud para seguir
Debido a su claridad y expresividad, se ha conservado la estructura de interrogante y contestación. De este modo, todo lector logra recorrer los relatos y vivencias de una mujer por la cual siento, desde ahora, admiración. “Siempre estoy de buen humor. Solo pido salud y poder salir de casa”, sintetiza Martín durante esta charla con Guyana Guardian.
¿Cómo se siente uno al tener 100 años?
Bien. Yo hago todo en mi casa. Aquí no viene nadie. Yo limpio todo, hago la comida, friego y salgo a hacer cosas.
Los cumplí el 28 de diciembre, el Día de los Santos Inocentes. Ese día fuimos a comer —éramos 60 personas— y bailamos. Me cogía uno, me soltaba y luego venía otro y yo bailaba. Lo pasé muy bien. Luego me hicieron una fiesta sorpresa en el Hogar del Jubilado y la Sociedad de Vecinos (en un barrio de Montcada i Reixac, donde reside). Menuda fiesta me hicieron. Estaban ahí todos. Luego vino a cantarme el coro al que voy alguna tarde y yo canté con ellos.
¿Ha tenido hijos?
Dos hijas. Mira, aquellas dos que están allá arriba [señala el mueble]. Y ahí está la foto de mi boda.
¿Cuándo se casó?
Yo no me acuerdo del año. Lo llevo aquí [toca un anillo que lleva en el dedo anular], pero no me lo puedo sacar. Llevo el de mi marido aquí [muestra la otra mano]. Mi marido ya ha hecho 43 años que se murió. A los 59 años, de un cáncer de pulmón.

Tiene a sus hijas, nietos y bisnietos.
Efectivamente. Traigo a mis nietos y cada dos semanas se reúnen todos para almorzar en este sitio. Cuento con dos bisnietos. Observa, [vuelve a mirar el mueble de enfrente], este de aquí tiene diez y el segundo cinco, y si no viene, le pregunta a su mamá: “Mamá, ¿no iremos a comer a casa de la abuelita? Me llama abuelita a mí debido a que a la otra la denomina 'yaya'. Para evitar que se equivoque.
Tengo un nieto que es una gloria. Viene y me limpia la lámpara del techo o cuando se me rompe algo. Me lo arregla todo.
¿Y usted, dice, limpia y se hace la comida sola todos los días?
Mis hijas no pueden venir aquí a limpiar porque ya tienen bastante. Me dijeron que si veo que no puedo, que cojamos a una mujer y limpie los altos, porque yo limpio los bajos. Pero cuando lavo las cortinas y todo, no les digo nada.
Una de mis hijas me dice: “No sé por qué te tienes que meter a comprar, a guisar y a fregar. Y yo le digo: “Porque yo cuando no pueda, no lo haré”. Disfruto con mi familia y ellos conmigo. Me pone muy contenta.
¿Ha trabajado fuera de casa?
Me he deslomado trabajando. Fregando suelos. No obstante, comencé mis tareas laborales a la edad de diez años. Mi progenitora visitaba una carnicería con una peseta para obtener los descartes de otros y de ese modo cocinaba caldo. Y la mujer del establecimiento, que era muy noble y se llamaba Mari, le expresaba: “Señora Tomasa, (mi madre se llamaba Tomasa), ¿por qué no me manda a Carmen para que cuide a mis tres niñas?” A mis diez años solía jugar con ellas, brincábamos en la cama y fíjate que eran de mayor edad que yo. He transcurrido toda mi existencia laborando.
¿Se dedicó a limpiar pisos cuando emigraron a Cataluña?
Llegamos aquí (llegaron a Montcada i Reixac y venían de Ciudad Rodrigo, Salamanca) en 1957 con una mano delante y otra detrás. No traíamos nada. Ni casa ni trabajo. Y un amigo nos dijo que fuéramos a su casa. Estuvimos allí hasta que encontramos otra con una habitación, una cocina y comedor. Nada más. No había ni luz ni váter. Lo pasamos mal, la verdad.
Mi marido iba a trabajar a la chatarrería y luego se metió en una fábrica: Aismalibar. Yo me iba a trabajar a Barcelona limpiando casas. Tenía al menos siete casas. Me iba por la mañana, dejaba la comida hecha en casa para que comieran y me volvía a las siete de la tarde.
Luego compramos este terreno (refiriéndose a su hogar actual) y lo íbamos pagando y construyendo la casa poco a poco. Lo que él ganaba iba para hacer la casa y lo que ganaba yo era para comer. Y hemos vivido felices.

Tras los 67 años y se ha
¿Hasta qué edad trabajo?
Estuve laborando hasta los 67 años. Me jubilé, pero no percibo ninguna prestación por ello. Me restan 300 euros mensuales provenientes de mi esposo. Sucede que no acudí a la escuela. Todo lo que he asimilado ha sido a través de los libros. Mi esposo fue quien me enseñó a leer.
¿Cómo recuerda su infancia?
Nosotros éramos 10 hermanos. Todos nos hemos llevado bien, nunca nos hemos pegado ni nada.

Padecimos una gran carestía, dado que nos sorprendió la contienda. Vivíamos en la localidad, éramos muy niñas y mi mamá nos estrechaba contra ella ante las frecuentes matanzas. Nos aconsejaba no mencionar el enfrentamiento, pues nos ahorcaban. Capturaban a grupos familiares completos durante la madrugada y se los llevaban.
Mi padre trabajaba en una fábrica de harinas. Y nosotros masábamos, pero la cerraron. Ya no teníamos ni pan. Teníamos que ir a las tiendas a por un bollito así [marca una distancia de 4-5 centímetros con las manos] que era de maíz. No teníamos ni aceite. Comprábamos en la carnicería manteca para deshacerla. Para poder guisar.
A pesar de la falta de alimento y
Aunque no teníamos nada para comer ni teníamos un juguete, siempre estábamos disfrutando en la calle. Cogíamos barro, hierba, hojas grandes... Con una caja de harinas hacíamos que era un carro y corríamos. Y disfrutábamos de la vida. No hemos pasado nunca tristeza.

¿Y cómo es su día a día ahora?
Suelo despertarme a las nueve y treinta, con total calma. Desayuno habitualmente lo mismo: café con leche sin cafeína y un par de tostadas con margarina y algo de mermelada. Durante las mañanas me quedo en el hogar. Es tiempo para mis tareas, ya que debo hacer las compras y limpiar. Los miércoles visito el mercado del pueblo. Por las tardes realizo una actividad distinta cada jornada: yoga, taichí, vestidos de papel [enseña fotos de ella luciendo los diferentes vestidos], o cantar en un coro. A veces juego a los naipes con mis amigas y nos divertimos bastante. Hay una que no comprende por qué reímos y le menciono: “¡No vamos a estar aquí serias! Yo siempre estoy de buen humor”. Los martes los reservo para mí. Los sábados acudo a la peluquería y los domingos asisto a misa.
Al regresar a mi hogar sintonizo Pasapalabra y realizo labores de punto [indica los cojines del sofá con una funda blanca de ganchillo]. Después tomo una cena ligera y contemplo películas. Me fascinan las de vaqueros, esas de ‘golpes’. Me divierto aquí sin compañía hasta que siento deseos de marcharme a dormir. Y hago mis oraciones. Cada noche pido a todos los santos y a todos los fallecidos. Si termino, comienzo otra vez y continúo de ese modo hasta que concilio el sueño.
Saludo a todos con una sonrisa constante.
¿Disfruta las clases de yoga y taichí?
Sí, mucho. Si dejo de hacer estas cosas, se nota. Lo noto en los huesos. Cuando nos despedíamos por las fiestas de Navidad, le dije a Iván (el profesor): “El año que viene ya no podré hacerlo porque estaré más vieja”. Todos se reían. Y unas dicen: “Mírala, dice que no va a venir y es la que mejor lo hace de todas”. Siempre me abrazan y me besan y yo siempre saludo y tengo una sonrisa para todos.
Carmen, ¿has tenido siempre esa coquetería? Noto sus uñas esmaltadas de rojo, las gargantillas, los labios en tonos rosados...
Sí, pero mira [muestra sus uñas], me las tenía que haber ido a arreglar porque se me han roto estos días. Y no he ido. Porque un día una cosa, otro día otra... Yo siempre voy pintada. No salgo de casa sin pintarme los labios y los ojos un poco. La gente me dice que siempre voy arreglada y contenta. ¿Para qué voy a estar enfadada? Si voy a estar igual, prefiero estar contenta.

¿Es el buen humor el secreto de su vitalidad?
Voy por la calle y no conozco a nadie, pero doy los buenos días. Mi marido también tenía muy buen humor; siempre íbamos a hacer el tonto juntos. Mi hermana, que murió con 103 años, también hablaba con todo el mundo. Hay que tener amigas.
La gente me quiere con locura. Una chica joven del casal me vio por la calle y venga a abrazarme. Y le digo: “Si yo me muero, dejadme la caja abierta y este ojo abierto [se señala el ojo izquierdo porque con el derecho no ve], que quiero ver a la gente que pasa”. Estuvimos un cuarto de hora riendo. Es que yo siempre estoy igual.
Incluso cuando iba a limpiar a las casas, cantaba. Y me decía la de la casa: “Vaya, Carmen, sí que estás contenta”. Y le digo: “Usted me va a pagar igual que si estoy enfadada”. Y por eso nunca estaba enfadada. Esas mujeres siempre estaban amargadas. Yo no.
¿Qué deseo pide en cada cumpleaños?
Yo pido salud, nada más. Salud y poder salir. Pido que las piernas no me las pare el Señor. Que pueda salir.
¿Y qué mensaje quiere compartir a los lectores?
Que vayan haciendo lo que quieran, pero que no hagan mal a nadie. Que estén contentos siempre. Porque, la verdad, yo siempre estoy contenta.