Javier Urra, psicólogo: “La pregunta inteligente no es ¿para qué vivo? Sino ¿para quién vivo?”
Entrevista
En su último libro, el doctor en psicología recopila e interpreta decenas de experimentos psicológicos clásicos que nos enseñan cómo funcionan las emociones, decisiones y comportamientos del ser humano

Javier Urra es profesor de Psicología de la Universidad Complutense y director clínico del Centro Terapéutico Residencial Recurra-Ginso

La trayectoria profesional de Javier Urra, doctor en Psicología y en Ciencias de la Salud, es muy extensa y variada. En su disciplina de conocimiento y trabajo, ha sido pionero en varios ámbitos: fue el primer Defensor del Menor; participó como experto en el Pacto de Estado contra la violencia de género de 2017; y ha colaborado con la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Pero su principal vocación, y la actividad a la que ha dedicado más tiempo en los últimos años, es la divulgación en materia de psicología, educación y comportamiento humano. Su último libro, ¿Cómo somos realmente?, es un compendio de experimentos y estudios psicológicos clásicos (la mayoría de ellos se realizaron a mitades del siglo pasado) que exploran cómo funcionan las emociones, decisiones y comportamientos del ser humano.
El carácter divulgativo es precisamente una de las grandes virtudes de esta lectura. Urra describe experimentos sobre conceptos psicológicos complejos en apenas dos o tres párrafos; con un lenguaje cercano, claro y accesible, añade una reflexión sobre lo que significan; y para quien quiera saber más, incluye una breve bibliografía. De este modo, resume en una sola página ideas como la memoria engañosa o el aprendizaje por observación. La principal conclusión que extraerá un lector atento de este manual de la psicología humana es que no somos ni mucho menos tan racionales como pensamos.
Estos experimentos nos enseñan que lo que queremos ser, o lo que creemos ser, es distinto a los que somos realmente

En el libro recopila decenas de experimentos psicológicos que nos explican cómo somos realmente...
Lo hago para demostrar dos cosas. Por un lado, que el ser humano no es lógico, sino psicológico; por otro, que la psicología es una ciencia empírica.
Es decir, que está basada en la práctica y en la experiencia.
Lo que queremos ser, o que lo creemos ser, no es lo que somos en realidad. Estos experimentos clásicos exponen los porqués de nuestros comportamientos: la presión del grupo, la disonancia cognitiva, los prejuicios inconscientes, la influencia del contexto, etc. Se explica por ejemplo cómo pudo suceder el Holocausto, una de las grandes vergüenzas de la historia de la humanidad: se produjo en gran medida por el fenómeno conocido como obediencia debida.
Pero somos una especie en evolución... ¿No aprendemos?
Por supuesto. Esta es una característica del ser humano. Nos hacemos personas en el contacto, en el diálogo, en la competencia con el otro. Necesitamos al otro para ser persona. No sabemos en qué punto de la evolución estamos, pero no tenemos nada que ver con otros animales, porque tenemos un sentimiento espiritual, un lenguaje y una capacidad de metaanálisis. Tenemos cerebro y tenemos mente, lo que nos dota de capacidad para juzgarnos a nosotros mismos. Eso no lo ha tenido nunca un animal, ni lo va a tener.
También tenemos la capacidad de hacernos preguntas para las que anticipamos que no tenemos respuestas...
Es algo que me llama mucho la atención. Tengo la impresión de que negar a Dios es mucho negar. Pero reafirmar que existe también me parece mucho atrevimiento. Por tanto, estamos en un vacío. Severo Ochoa dijo algo así como: ‘Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe’. Yo creo que eso es verdad. No sabemos por qué hemos nacido, ni por qué morimos, ni si va a haber algo más después de la muerte; ni si somos un ser individual, o esto es una ensoñación. Este libro lo que busca es no hablar de subjetividades, no hablar de percepciones. Por eso remito a los experimentos, lo que es constatable, lo que se puede demostrar. Y mi vocación es divulgativa, reduzco investigaciones de 80 páginas a una hoja.
Muchos de los experimentos psicológicos que repasa se remontan a la primera mitad del siglo pasado. ¿Cree que si se replicaran hoy en día estos experimentos, los resultados serían los mismos?
Son experimentos replicables, en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento. Lo que ocurre es que en la actualidad no están permitidos por cuestiones éticas. Por ejemplo, para realizar un experimento hoy en día no se puede dejar a un niño aislado de sus seres queridos, privarle de sus vínculos de apego. Pero lo que pasó en la Alemania nazi puede pasar hoy en cualquier lugar del mundo, porque seguimos siendo muy obedientes a la autoridad. Y una vez que la autoridad decide que cierto límite no se puede traspasar, todo el mundo lo acepta. Y si tienes que dar una descarga eléctrica a alguien, aunque muera, la gente también lo acepta.
Si en una sala empieza a salir humo, salgo corriendo; pero si hay gente, primero veo qué hacen los demás; y si los demás no corren, yo tampoco
Eso explica, de alguna manera, el fenómeno de la posverdad: hoy en día, algunos líderes autoritarios explican cosas que son claramente mentira y la gente se los cree, ¡e incluso los vota!
Y los que no son autoritarios también. Me parecería un atrevimiento comparar a Pedro Sánchez con gente como Trump o Putin. Pero hay características que los unifican: son duros, son bastante insensibles, creen que son muy esenciales para su colectivo. Cuando Pedro Sánchez dice: “Yo no miento. Cambio de opinión”. ¿Eso es una mentira o es su verdad? Yo no lo tengo tan claro como psicólogo.
Dicen que ya no existe la verdad o la mentira, que solo existe el relato.
Es así. Y lo demuestran los experimentos. El ser humano lo que quiere es una explicación, una narrativa que sea atractiva. Y por otra parte, algunas verdades no sé si nos aportan cosas positivas. No sé hasta qué punto yo quiero que me digan que me notan más mayor o más gordo. En cambio, si yo pienso una cosa y hay alguien que me refuerza esa idea, lo voy a escuchar. Como profesor de la Universidad, me doy cuenta que cuando dirijo una tesis doctoral en la que te presentan una hipótesis, la gente tiende a confirmarla, porque le sienta muy mal haber trabajado cinco años en balde.
Pero no es en balde. Si yo creo una idea y al final se demuestra negativa, también es una conclusión válida...
Claro. Pero desde el punto de vista psicológico, uno quiere confirmar sus hipótesis. Por ejemplo, oímos a menudo eso de que lo distinto enriquece, pero lo cierto es que a la gente no le gusta nada lo distinto. En el barrio de Salamanca de Madrid, donde doy clases, los padres y los hijos visten exactamente igual. Son fotocopias reducidas. Porque a la gente no le gusta lo distinto, le gusta lo igual. La gente escucha siempre la misma radio, lee siempre el mismo periódico.
Y les deja de gustar si cambian de criterio en algo...
Porque buscan todo aquello que confirme sus sesgos.
Repasemos alguno de los experimentos psicológicos más significativos que cita en el libro...
Si en una sala empieza a salir humo, yo salgo corriendo; pero si hay gente, no. Primero miro a ver qué hacen los demás, y si los demás no corren, yo tampoco. Esto se conoce como ignorancia pluralista.
Un concepto parecido al del “efecto espectador”...
Otro experimento sobre esa misma idea: vas a la playa, dejas una bolsa en la arena y te vas a nadar; si llega alguien y se lleva el bolso, olvídate, lo has perdido. Pero si tú le dices a la persona que está al lado: ‘Disculpe, me voy a dar un bañito breve, ¿me podría mirar la bolsa?’ Si llega alguien y se la quiere llevar, esa persona que no conoces de nada y probablemente no vas a volver a ver en la vida, se corresponsabiliza de la situación y se enfrenta al ladrón: ‘Oiga, esa bolsa no es suya’.
Cita varios experimentos relacionados con cómo nos engaña la memoria...
Los de Elizabeth Loftus, por ejemplo, una psicóloga cognitiva cuyo trabajo ha tenido un impacto enorme en el campo de la criminología, a la hora de evaluar el valor probatorio de los testigos o de los interrogatorios policiales en juicios penales. Sus experimentos demuestran que maquillamos nuestros recuerdos, especialmente cuando son traumáticos: en un atraco, si el ladrón huye con el botín sin causar ningún episodio violento, recordamos bien la escena; pero si dispara y mata a un niño, nuestros recuerdos se distorsionan. Aunque crees recordar con todo lujo de detalles lo que pasó y estás convencido de tu versión de los hechos, la realidad es que estás sesgado por el impacto del suceso, por la reelaboración que haces en tu cabeza de lo ocurrido o por el tipo de preguntas que te hacen. Nuestra percepción es limitada, y nuestra memoria se contamina con facilidad.
Lo que nos distingue de la mal llamada IA es tener un cerebro desarrollado y también emociones: culpabilidad, conciencia, dudas y vulnerabilidades
En el libro insiste mucho en nuestros sesgos cognitivos, como el sesgo de confirmación: tendemos a creer lo que queremos creer.
Y eso nos enseña que nunca seremos objetivos. Por un lado, el ser humano tiende a creer que no van a pasar las cosas más terribles, que vive en un ámbito de seguridad. Pero la verdad es que anticipamos mal la realidad. Nunca creímos que se colapsaran las torres gemelas. O que nos golpearía la COVID, ni que ocurriera el desastre de la dana de Valencia. Por eso hay políticos al mando que siguen comiendo o hablando en el parking cuando la fatalidad es inminente. El ser humano no quiere creer que está al albur del azar. Creemos que dominamos las situaciones, pero no es verdad. Somos muy vulnerables. Lo que ocurre es que el ser humano no puede vivir en la duda. Y de ahí los sesgos.
Deme otro ejemplo de experimentos que exponen estos sesgos...
El efecto Halo: la tendencia a que un rasgo de una persona influya en nuestra percepción sobre otros rasgos de esa misma persona. Ejemplo: el caso de Daniel Sancho, que mató y troceó a otro hombre. Uno es alto, guapo, musculado, rubio, lleva el pelo largo; la víctima es calvo, gordo, homosexual, más mayor y sudamericano. Nos parece que el mero hecho ser atractivo minimiza las posibilidades de ser malvado. Pero. ¿quién es el malhechor, el que hace el mal o el que está “mal hecho”? Otro sesgo son las palabras, cómo nos cuentan las cosas. Eso también crea sesgos. Los periodistas lo sabéis bien...
Había un periodista que finalizaba su telediario con la frase: “Así son las cosas, y así se las hemos contado”
Lo recuerdo: Ernesto Sáenz de Buruaga. Pero esa frase no dice la verdad. Un periodista no es un notario de la realidad, ni siquiera de la actualidad.
Estamos en una época en la que la salud mental y las emociones se han situado en el centro de nuestras preocupaciones. ¿Eso tiene que ver con la mala gestión de las altas expectativas de vida que tenemos, en especial los jóvenes?
Es cierto que, por el hecho de conocer más mundo, o conocerlo mejor, tenemos una salud emocional peor de la que tenían nuestros padres o abuelos. Aunque ellos tal vez tendrían otros problemas, y no menores que los nuestros. Sostengo que el ser humano es racionalmente irracional. Es decir, hemos llegado hasta aquí con la razón. Pero lo que nos salva y lo que nos distingue de la mal llamada inteligencia artificial es tener un cerebro muy desarrollado. Y a la vez, somos todo emoción, porque también tenemos culpabilidad, conciencia, dudas y vulnerabilidades.
Somos seres racionales, pero en esta época tan confusa no encontramos solución a muchos de nuestros problemas. Decía antes: “Negar a Dios es mucho negar”. ¿Tiene la sensación que en esta época tan confusa son cada vez más quienes buscan refugio en la espiritualidad?
Es una idea interesante. Se ha hablado mucho de ello a raíz del disco de Rosalía, ¿no es cierto? Una anécdota sobre esto. En tiempos de pandemia, cuando nos decían aquello de “saldremos mejores”, participé en un estudio psicosociológico. Yo partía de dos hipótesis, y ninguna de las dos se confirmó: la primera, que la amistad es mucho más trascendente que la familia. Soy hijo único, y la amistad me parece esencial. Pero el estudio demuestra que los españoles lo que valoramos mejor es la familia con una proporción de 70/30. Ese componente tradicional, cultural, aún es importante. Luego discutiremos en Navidad, y estamos deseando que acaben esas reuniones familiares. Pero siempre volvemos a la familia.
Mi segunda idea era que España era un país bastante religioso. Pero no. Lo que valoramos de verdad es la labor social: la sociedad española evalúa con un notable alto al párroco de su Iglesia; un aprobado al obispo; pero un sobresaliente altísimo a Cáritas, por su compromiso social, y un suspenso muy marcado al Vaticano, al poder. Es decir, la gente se compromete con quien desarrolla una labor social, sea religioso o no. Y desde luego, el Vaticano lo ve como algo muy lejano.
¿Tiene entonces respuesta para la pregunta que plantea en el título del libro? ¿Cómo somos realmente?
Somos racionales. Pero también fisiológicos, biológicos, sociales, culturales y, sin duda, somos espirituales. Y cada vez lo somos más. Creo que, de algún modo, nos hemos quitado una venda. La gente mira las estrellas, o ve fluir el agua del río, y dice: Hay algo más. Lo que no sabe es explicarlo. Freud ya vino a decir que hemos creado una religión a nuestra medida para dar tranquilidad ante un vacío existencial. Porque pensar que todo esto es para nada... Es terrible. Mi receta ante estas dudas existenciales es una propuesta muy sencilla: cuando estés llegando al final de tus días, la pregunta inteligente que te tienes que hacer no es “¿Para qué he vivido? Sino ¿Para quién he vivido? Eso es lo verdaderamente importante.


