Vivir cansados y estar siempre disponibles: la normalización del agotamiento cotidiano
Salud y bienestar
La disponibilidad constante se ha integrado tanto en la vida diaria que el desgaste ya no se percibe como algo excepcional: muchos describen dificultad persistente para desconectar, incluso en sus momentos de descanso

¿Qué es la ansiedad social y cómo se trata?, por Clínica de la Ansiedad

Responder mensajes fuera de horario, aceptar compromisos sin ganas, mantener la actividad cuando el cuerpo pide pausa. Estas conductas se han incorporado nuestra rutina sin que apenas nos las cuestionemos. Es una normalización que conecta con lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han analiza en su ensayo La sociedad del cansancio: las sociedades contemporáneas han sustituido la disciplina externa por una lógica de rendimiento interiorizada.
Según su planteamiento, el individuo ya no necesita una vigilancia constante, porque se exige a sí mismo producir y responder de forma permanente. Desde esa perspectiva, la disponibilidad continua puede dejar de percibirse como una imposición externa y vivirse como una responsabilidad personal, lo que dificulta reconocer el momento en que la implicación se convierte en sobrecarga.
La disponibilidad permanente como norma laboral

Esa lógica se refleja en historias como la de Adela, 44 años, administrativa y madre de dos hijos. “Llego a casa cansada, pero sigo respondiendo mensajes o adelantando tareas. Si alguien me pide algo, me cuesta negarme”, explica. Dice que, cuando intenta frenar, siente una incomodidad difícil de justificar, como si estuviera descuidando algo importante. Aunque no siempre lo asocia a un motivo concreto, reconoce una sensación persistente de falta de energía. “Duermo, pero no termino de descansar. Es como si estuviera siempre en marcha, como madre y como profesional”, cuenta. Con el tiempo, añade, dejó de cuestionarlo.
En el trabajo, esa dinámica también se ha consolidado. Francisco Fernández Yuste, orientador laboral y creador del programa ‘Mejora Tu Éxito Laboral’, explica que los avances tecnológicos han facilitado una conexión constante en muchos trabajos de oficina. El teléfono móvil mantiene al trabajador siempre localizable. “En muchos contextos no se penaliza trabajar fuera de horario; al contrario, se valora con promociones y nuevas oportunidades. Se ha pasado de la cultura de “calentar la silla” a la cultura de la hiperconectividad”, asevera.
Ateniendo a los efectos que puede tener mantener ese nivel de disponibilidad durante años, el profesional indica que esa percepción de resistencia ilimitada suele ser engañosa. “Creemos que somos invencibles. Actuamos sin control. El desgaste aparece poco a poco”, dice. Destaca que, si no se protege el descanso y la salud mental, pueden surgir problemas físicos y psicológicos que deriven en bajas laborales. “Igual que un atleta se lesiona si no protege su rendimiento, un trabajador puede no solo sufrir consecuencias similares cuando no cuida su equilibrio”, afirma.
El impacto psicológico y cultural del agotamiento
Sobre lo que ocurre psicológicamente cuando el cansancio se convierte en un estado habitual, Iago Taibo Corsanego, psicólogo y director de PositivArte, centro de psicología positiva, comenta que se trata de un proceso progresivo que genera hábitos de pensamiento, emocionales y conductuales sin que la persona sea plenamente consciente. Para describir su impacto, se utiliza el concepto de carga, que alude al desgaste físico y mental asociado a niveles elevados y sostenidos de estrés.
Según detalla, cuando el cortisol y la adrenalina (sustancias que preparan al organismo para responder a situaciones exigentes) se liberan de forma continuada, se produce un desgaste en distintos sistemas corporales. Ese deterioro puede traducirse en cansancio persistente, insomnio, mayor reactividad emocional y menor tolerancia ante las dificultades cotidianas.
El burnout o síndrome de agotamiento representa, añade, la expresión más extrema de este proceso y puede derivar en un deterioro grave del estado psicológico. “Todos sabemos que vivir cansados no es normal”, subraya, y recuerda que cuando la energía disminuye de forma sostenida, gestionar la vida diaria se vuelve más complejo. En esos casos, tareas habituales pueden percibirse como desbordantes y acompañarse de una preocupación constante sobre el propio rendimiento o la capacidad para afrontarlas.
El especialista recuerda la importancia de abordar la causa de ese desgaste y recuerda que, si se prolonga en el tiempo, puede tener consecuencias dañinas para la salud. Expresa que existen intervenciones psicológicas orientadas a generar cambios progresivos. “La idea es que comprender este proceso y aprender a protegerse de la sobrecarga pueda convertirse en una nueva forma de vivir”, declara.
En muchos hogares, relaciones, escuelas, se va transmitiendo la idea de ‘no eres suficiente’ (...) Esto surge de la tendencia destructiva de la autoestima
Más allá del plano individual, Taibo atribuye esta dificultad para dejar de estar disponibles para otros, incluso en situaciones de agotamiento, a factores culturales y sociales que se han intensificado en los últimos años. Señala que el cambio tecnológico ha sido determinante: en poco tiempo se ha pasado de no tener smartphones a integrarlos como una pieza central de la vida cotidiana. “Para mí, esto surge de la tendencia destructiva de la autoestima. Sin querer, no creo que nadie lo haya hecho a propósito; en muchos hogares, escuelas, amistades, parejas se va transmitiendo la idea de ‘no eres suficiente’ ”, expone.
Según observa, esa presión afecta especialmente a las mujeres, a través de mandatos sociales interiorizados como “una buena hija siempre está para cuidar” o “una buena madre lo da todo por sus hijos”. “Esas frases absolutistas van haciendo que poco a poco cale el mensaje de que tenemos que hacer más y más (como amigo, como trabajador...) Y ahí, surge la ansiedad”, asegura.

Taibo considera que muchas personas no han recibido herramientas para definir quiénes quieren ser, comprender su propio valor o proteger su bienestar con un estilo de vida sostenible y límites sanos. También apunta a la influencia cultural de modelos centrados en el logro. “Valgo tanto como consiga”, resume, una idea que puede llevar a seguir dando y haciendo incluso cuando ya no quedan fuerzas.
Entre los factores posibles menciona también la huella de modelos culturales basados en la culpa, según los cuales una persona puede sentirse mala si no produce, no está disponible o no da lo suficiente. En el ámbito laboral, prosigue, la cultura del always on tiene consecuencias físicas relevantes, como dolores de cabeza o de espalda. Según explica, distintos informes europeos sobre condiciones de trabajo sitúan la incidencia de estas dolencias en cifras que pueden alcanzar el 40 %.
Aun así, resalta que empiezan a verse cambios institucionales y sociales para limitar la hiperdisponibilidad, por ejemplo, con normativas que restringen el contacto laboral fuera del horario. Desde enfoques como la psicología positiva, confirma, se trabajan estrategias de autocuidado, descanso y equilibrio vital.
A su juicio, se está iniciando una transición cultural: a medida que aumenta la conciencia sobre la autoestima y el bienestar psicológico, disminuye la presión ejercida sobre los demás. El objetivo, aclara este experto, es avanzar hacia un modelo en el que haya menos exigencia externa y mayor cuidado interno, porque “así se construyen culturas y vidas psicológicamente sanas”.
Reconocer este mecanismo puede ser un primer paso. Más que añadir nuevas obligaciones, se trata de revisar cuándo empezó a parecer normal vivir siempre disponibles y qué margen real dejamos al descanso.



