La temperatura se sitúa bajo cero y Montse Bacardit se coloca su quinta capa de ropa técnica para combatir el frío. Junto a Jordi Gavaldà se disponen a evaluar el peligro de aludes en una zona del valle de Ruda, cerca de la estación de esquí de Baqueira-Beret, en Val d'Aran. Cargando sus esquís y un peculiar "maletín" de trabajo en sus mochilas, en el que no falta el serrucho, la brújula, la pala, el termómetro, la lupa y la sonda, se adentran en la montaña hundiendo sus pasos en la nieve. Es una actividad habitual para los tres integrantes del Centro de Aludes de Val d'Aran; cada día algunos de ellos examinan el terreno para ofrecer un diagnóstico sobre el peligro de avalancha en la comarca.
Jordi Gavaldà, de 52 años, Ivan Moner, de 38, ambos geólogos, y la bióloga Montse Bacardit, de 34, forman el equipo de nivólogos del centro de Val d'Aran, que se puso en marcha en 2003, tras la "crisis de aludes" que sepultó varias viviendas de la Pleta de Baqueira. "Somos los primeros que hacemos predicción local desde los Pirineos. Tenemos una red de 20 personas, entre guías, montañeros, personal de pistas de esquís... A los que hemos formado para que nos alerten de la situación en sus respectivas zonas. En base a la información que nos proporcionan, a los datos de seis estaciones meteorológicas y a nuestro trabajo en el terreno elaboramos dos boletines, uno diario destinado a excursionistas y esquiadores, y otro, tres días a la semana, para los gestores de las carreteras", explica Gavaldà, el responsable de este servicio.
Hoy -el pasado lunes-, Gavaldà y Bacardit deciden evaluar un enclave del valle de Ruda, a 2.200 metros de altura y con orientación nordeste. Se trata de determinar si la nieve es inestable y puede desencadenar avalanchas. Gavaldà saca de su mochila una sonda y mide la profundidad de la nieve: 60 centímetros. El siguiente paso consiste en cavar un hoyo, de dos por 1,5 metros, para realizar un perfil de la nieve. "Primero identificamos las capas que forman el manto nivoso, que en este caso son cinco, son las acumuladas durante diferentes nevadas, la más antigua de noviembre, la primera que cayó esta temporada", detalla Gavaldà. El termómetro marca seis grados bajo cero, aunque los días más gélidos puede descender hasta los 20.
"Ahora vamos a determinar la dureza de la nieve: esto se comprueba viendo si se puede meter el puño, los cuatro dedos, un dedo, un lápiz o una navaja en cada una de las cinco capas y después analizando los cristales de cada una de ellas para ver el grado de evolución de la nieve", continúa explicando Gavaldà. Hoy sólo consiguen hacer penetrar la navaja, lo que determina que la nieve es estable.
Pero todavía quedan más pruebas por hacer, un día de cielo encapotado, con muy ocasionales y breves visitas del sol. Bacardit saca de su mochila un serrucho para cortar un bloque cuadrado de nieve, de 30x30 centímetros. El protocolo internacional establece que para averiguar su estabilidad hay que golpearlo 30 veces, cada vez con mayor intensidad: diez con la fuerza de la muñeca, diez con la del antebrazo y diez con todo el brazo. Se trata de ver cuándo se desmorona. Uno, dos, tres, cuatro... El cubo no se fractura hasta que recibe el golpe número 22, lo que indica que necesita mucha sobrecarga para colapsar.
Cuentan que sólo esquiando ya intuyen el grado de peligro en cada zona y que circulando por la carretera también pueden detectar visualmente puntos que parecen inestables. Entonces aparcan y van a hacer el test.
"Tenemos 30 kilómetros de carreteras afectadas por aludes, la de Beret y la del Port de la Bonaigua, en las que en once años se han producido 500 avalanchas. Cuando detectamos una zona de nieve inestable lo que hacemos es provocar el alud de manera controlada desde un helicóptero", añade Gavaldà. Se trata de generar una explosión mezclando el oxígeno y el hidrógeno contenidos en dos depósitos, a unos dos o tres metros del suelo, para desencadenar, así, el alud. "Esto lo hacemos después de las nevadas en la carretera del Port de la Bonaigua", añade.
Val d'Aran es la comarca catalana donde potencialmente pueden producirse más aludes, indican los expertos. El pasado domingo se produjo la primera víctima mortal por una avalancha en los Pirineos, en concreto en el departamento francés de Arièja, cerca del Estany d'Estats. "Más del 80% de los accidentes en los que hay personas involucrada son desencadenados por el paso de la gente. Pero la gran mayoría de aludes surgen de manera natural, tras las nevadas, por la radiación, el viento...", añade Bacardit.
La propia Bacardit fue engullida hace unos años por una masa de nieve "a causa de una gestión indebida de la situación". "Éramos un grupo de cuatro que teníamos el síndrome del cielo azul y salimos con muchas, muchas ganas de esquiar, y desencadenamos una avalancha a distancia. Cuando pasa esto tienes que marcharte, pero decidimos analizar la nieve y provocamos otro alud que me atrapó. Intenté apartar los bloques de nieve, no dejarme vencer, pero no pude, era como una lavadora... Tuve suerte pues desemboqué en una ladera herbosa", relata Bacardit. El denominado síndrome del cielo azul, cuentan los amantes del esquí, te impulsa a salir a comerte la montaña tras varias jornadas nevando. "Muchos aludes se producen cuando amanece un día radiante, con el cielo azul, los montes blancos... La gente sale muy animada, con muchas ganas de esquiar y no controla bien el riesgo", explica la nivóloga.
En Val d'Aran han sido los pioneros con un centro de predicción in situ; en el conjunto del Pirineo catalán es el Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya el responsable de analizar la situación en base a la información suministrada por una serie de observadores en el territorio y por los datos de las estaciones meteorológicas.
