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Detectan contaminación química causada por la reentrada de un cohete de Elon Musk

Carrera espacial

Un rastro de litio delata por primera vez cómo la basura espacial altera la atmósfera superior

Una exposición de 30 segundos tomada desde Collm, Sajonia, muestra la etapa superior del Falcon 9 reingresando a la atmósfera sobre Berlín el 19 de febrero de 2025 

Una exposición de 30 segundos tomada desde Collm, Sajonia, muestra la etapa superior del Falcon 9 reingresando a la atmósfera sobre Berlín el 19 de febrero de 2025 

Gerd Baumgarten

Un tenue rastro de litio flotando a casi cien kilómetros de altura ha demostrado que los restos de cohetes que reentran en la atmósfera no desaparecen sin dejar huella. Un grupo de científicos del Instituto Leibniz de Física Atmosférica de Alemania ha logrado detectarlo y reconstruir su origen con precisión ofreciendo por primera medición directa de contaminación atmosférica causada por la reentrada de basura espacial.

La firma química de un objeto espacial

El hallazgo se produjo tras la reentrada no controlada de la etapa superior de un cohete Falcon 9 en febrero de 2025, correspondiente a la misión Starlink Group 11-4, que había puesto en órbita 22 satélites. Unas 20 horas después, un sistema lidar situado en Kühlungsborn detectó una nube de átomos de litio a 96 kilómetros de altitud, una región donde normalmente este elemento apenas existe.

El penacho metálico había viajado unos 1.600 kilómetros desde el Atlántico arrastrado por corrientes de aire de gran altitud. La concentración observada era diez veces superior a la habitual.

Un lidar del Instituto Leibniz de Física Atmosférica mide vientos y temperaturas entre 25 y 80 kilómetros sobre el nivel del mar
Un lidar del Instituto Leibniz de Física Atmosférica mide vientos y temperaturas entre 25 y 80 kilómetros sobre el nivel del marEframir Franco-Diaz

El litio actúa como una huella dactilar química. En condiciones naturales apenas llega a la atmósfera superior —unos 80 gramos diarios procedentes de polvo cósmico—, mientras que una sola etapa de cohete puede contener alrededor de 30 kilos. Esa diferencia permite distinguir fácilmente el origen natural de una firma química de origen humano.

Para atribuir el rastro al vehículo espacial, el equipo, que publica hoy sus resultados en Communications Earth & Environment, combinó mediciones láser, datos de radar y simulaciones atmosféricas globales. Generaron 8.000 trayectorias posibles del aire con el modelo UA-ICON y comprobaron que coincidían con la ruta de reentrada facilitada por la Agencia Espacial Europea. También descartaron causas naturales, como tormentas geomagnéticas o procesos ionosféricos.

El resultado, según afirma el astrofísico José María Madiedo, del Instituto de Astrofísica de Andalucía, es concluyente. “Este estudio demuestra por primera vez que la desintegración de naves espaciales deja huellas medibles en las capas altas de la atmósfera, que esa desintegración comienza cerca de los 100 km de altura y que podemos rastrear esa contaminación hasta encontrar su origen”, declara para Science Media Centre España.

El aumento de reentradas en la era de las megaconstelaciones

El trabajo no es solo una curiosidad física sino también una señal de advertencia. Cuando un objeto orbital desciende, la fricción con el aire lo calienta hasta miles de grados. Los materiales se vaporizan y se disgregan en átomos y moléculas metálicas. Según explica el propio artículo: “Más allá de este evento único, las reentradas recurrentes pueden mantener un aumento del flujo antropogénico de metales y óxidos metálicos en la atmósfera media con consecuencias acumulativas relevantes para el clima”. Cada reentrada, por tanto, no es solo un espectáculo luminoso, es también una inyección química en el aire.

El contexto hace que el hallazgo sea especialmente relevante. El número de reentradas está creciendo con rapidez debido al despliegue de megaconstelaciones. En 2024 se registraron alrededor de mil reentradas de satélites —unas tres al día— y las proyecciones apuntan a entre 25 y 50 diarias hacia 2035. Solo los satélites Starlink ya presentan tasas actuales de entre uno y dos retornos diarios, con picos de hasta cuatro, en parte porque su vida útil ronda los cinco años.

Según advierte el astrofísico Jorge Hernández Bernal, de la Universidad de la Sorbona, esta expansión coincide con otra realidad global: “la crisis climática, ecológica y de recursos”, lo que obliga a examinar con detalle el impacto ambiental de la actividad espacial. “Estos contaminantes contribuyen al cambio climático, pero también destruyen la capa de ozono y pueden alterar procesos naturales, como la formación de nubes mesosféricas”, afirma para Science Media Centre España.

La huella ambiental de la nueva carrera espacial

El propio estudio estima que una sola reentrada como la analizada puede aportar casi 400 veces el litio que llega de forma natural en un día. Hernández Bernal subraya que este metal es solo la parte visible del fenómeno. “Los autores se centran en el litio porque es especialmente fácil detectarlo, pero lo importante es que esta ‘nube de litio’ debía ir asociada a otros contaminantes producidos en la desintegración”.

Aun así, los investigadores subrayan que se trata de una observación puntual y que todavía se desconoce cuánto tiempo permanecen estos materiales en suspensión, si se acumulan y qué impacto real tienen a largo plazo.

El estudio abre la puerta a monitorizar la contaminación del tráfico espacial. Detectar litio desde tierra demuestra que estas emisiones pueden rastrearse como si fueran estelas invisibles. “Sería recomendable disponer de una red de detectores lidar similares para cuantificar mejor el efecto”, previene Madiedo.