Así merienda la generación Z: entre envoltorios escondidos y hábitos de la infancia
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Muchas familias ven cómo sus adolescentes van ganando autonomía sin haber incorporado los hábitos alimentarios inculcados en casa
La escena se repite en muchas casas: padres que entran en la habitación de sus hijos adolescentes, incluso adultos jóvenes, y se encuentran envoltorios de chocolatinas o paquetes vacíos de galletas en el fondo de cualquier cajón. Son restos silenciosos de una merienda que, oficialmente, nunca ocurrió. Tras haber cargado durante años con tápers con manzanas cortadas en pedacitos y bocadillos saludables a la salida de la escuela de primaria, muchas familias ven cómo sus adolescentes van ganando autonomía sin haber incorporado, en apariencia, ni uno solo de los hábitos inculcados en casa.
Aunque si preguntas directamente a los miembros de la generación Z —técnicamente los nacidos entre 1997 y 2010—, la respuesta suele ser otra. “No suelo merendar”, dice Pol, de 18 años. Aunque a veces, cuando el hambre aprieta a media tarde, asegura prepararse “un bocadillo o coger una pieza una fruta”. Noelia, de 22, también dice que no suele merendar, y que si algún día lo hace suele escoger tortitas de arroz y, solo muy ocasionalmente, alguna pieza de bollería. En la misma línea, Aixa, de 18, suele saltarse la merienda, lo que en muchas ocasiones se traduce en cenas copiosas justo antes de ir a dormir, algo poco recomendable desde un punto de vista nutricional. Ema, de 19, asegura que ni ella ni sus amigos meriendan. “Como mucho un café”, dice.
Teniendo en cuenta que la bollería y la pastelería aumentaron su volumen de producción un 7% en 2024, según cifras de la Asociación Española de la Industria de Panadería, Bollería y Pastelería (Asemac), cabe preguntarse dónde se encuentran, pues, los verdaderos responsables de este incremento. ¿Son los adolescentes consultados excepciones a esta tendencia? Parece sensato contrastar las fuentes para poder llegar al fondo de la cuestión. Es hora de hablar con los padres.

La madre de Pol, por ejemplo, no solo afirma haber encontrado plátanos y bocadillos podridos en la mochila de su hijo en diferentes etapas de su adolescencia hasta la actualidad, sino también envoltorios de bollería industrial en la papelera de su habitación. “Hubo un tiempo que se le dio por las proteínas, así que es preferible que no meriende. Si quiero asegurarme de que coma bien, todavía tengo que prepararle yo el bocadillo”, explica. La madre de Olivia, quien también ha rescatado bocadillos mohosos de la habitación de su hija, la ve a menudo “picando cualquier cosa de la despensa, pero nunca fruta o yogur: galletitas, snacks... Lo que pille”.
Otros padres coinciden. Oriol, padre de Sergi, de 15 años, cuenta que su hijo suele parar en la panadería al salir del instituto. “Es la hora en que está solo en casa y nadie le controla”, explica. En casa de Anna, su hija Jana, de 16, “compra guarradas con sus amigas” cuando sale del colegio.
Andrea, madre de Diego, de 18, también ha encontrado más de una vez envoltorios escondidos: “Le pillo los envases vacíos por la habitación y cuando estoy yo opta por cereales con leche o galletas”, una opción nada saludable dado su alto contenido en azúcar y grasas. Por su parte, Susana, madre de un universitario de 18 años, resume su frustración con ironía: “Alejandro dice que nunca tenemos comida en casa, así que se suele quedar sin merendar, pobrecito. Pero siempre tenemos yogur natural sin azúcar, anacardos sin sal y pomelos. Supongo que no es lo que busca”, bromea.
Mar, por su parte, explica que su hijo, de 15, Rubén, suele optar por un bocadillo, o cereales con yogur y un plátano, y ocasionalmente algo de pastelería. “Pero nunca bollería industrial”, destaca. Es un error común pensar que una pieza de bollería que se compra en una pastelería, incluso si es artesana, es saludable. Aunque es cierto que, si entramos al detalle, pueda ser menos dañina que un ultraprocesado industrial, son matices que en ningún caso acaban marcando la diferencia.
Lo explica Antonio Rodríguez, autor de El libro de Sinazucar.org (Pluma de Cristal). “La bollería no deja de ser una combinación entre harina refinada (lo que significa que se le quita la parte buena, que es la fibra), azúcar y grasas no saludables, como la de palma. Esta mezcla no es nada buena para la salud y algunos detalles como el hecho de que en lugar de grasa de palma se emplee, pongamos por caso, aceite de girasol, tampoco cambian sustancialmente el conjunto”.

También hay padres que consideran que es preferible que sus hijos coman bollería a que no coman, algo que desde la pediatría moderna se trata de combatir con pedagogía. Para Elena Blanco, pediatra, madre y co-creadora del blog Dos pediatras en casa, es importante tener clara una idea a la hora de diseñar la alimentación de los pequeños de la casa, ya sean niños o adolescentes. “Se ha normalizado la creencia errónea de que por algún motivo deben tomar alimentos diferentes a los que consumen sus padres”, explica. Esto significa que si un adulto puede pasar perfectamente sin merendar, también puede hacerlo un Zeta o incluso un Alpha (los nacidos a partir de 2010).
Otro fenómeno creciente en la generación Z es el consumo de suplementos proteicos, impulsado por las redes sociales
¿Existe la merienda ideal?
Este retrato doméstico coincide con lo que observa en consulta Jone Múgica, dietista-nutricionista del centro Medisalud Bilbao. “Muchos jóvenes dicen que no meriendan. Y que si lo hacen, suele ser algo rápido, fácil y casi siempre dulce”, explica.
Para la especialista, una buena merienda debe incluir proteína —como yogur, queso, huevo o alternativas vegetales— para aportar saciedad y mantener la masa muscular; hidratos de carbono, preferiblemente integrales, que proporcionen energía; y fruta, fuente de fibra, vitaminas y minerales. “Si apetece algo dulce, se puede incluir perfectamente una pequeña porción de chocolate negro o una galletita de calidad”, añade. La clave, insiste, es que la alimentación sea “realista, completa, flexible y sostenible”, ya que “la restricción absoluta suele ser contraproducente”.
La falta de merienda, de hecho, también puede tener consecuencias. Muchos jóvenes acumulan hambre durante horas, lo que aumenta la probabilidad de recurrir a opciones menos saludables más tarde. “Es importante organizar las comidas para evitar llegar a ese pico de hambre extrema que nos lleva a tomar malas decisiones. Esto ocurre a cualquier edad”, explica la nutricionista. Escuchar las señales del cuerpo es más importante que cumplir normas arbitrarias, como la clásica recomendación de hacer cinco comidas al día. “No existe una pauta universal. Si una persona sana no tiene hambre, no tiene sentido forzarse”.

Los suplementos de proteínas
Otro fenómeno creciente en la generación Z es el consumo de suplementos proteicos, impulsado en gran medida por las redes sociales. Sin embargo, Múgica advierte que, en jóvenes sanos, no suelen ser necesarios. “Los alimentos naturales siempre contienen una matriz nutricional compleja que un suplemento no puede reproducir”, señala. Además, algunos productos incluyen azúcares añadidos, grasas de baja calidad o edulcorantes. Su uso solo está justificado en contextos específicos, como deportistas de alto rendimiento o situaciones clínicas concretas, y siempre bajo supervisión profesional.
Al final, la merienda de la generación Z no es muy distinta de la de generaciones anteriores. Sigue moviéndose entre el ayuno y el capricho dulce, entre la autonomía y la improvisación, entre lo que se debería hacer y aquello que el cuerpo pide. La diferencia es que ahora convive con una mayor conciencia sobre la alimentación… y también con una habilidad generacional más que discutible para esconder las pruebas.

