“Pasó la mañana en el laboratorio y al rato murió”: la viuda que perdió a su marido y su primogénito en la Guerra Civil y levantó el mayor imperio del cava mundial
Vinos
Dolors Sala Vivé, hija de Casa Sala y esposa de Pere Ferrer Bosch, cofundó en 1914 la bodega Freixenet; cuando asesinaron a su marido y a su hijo en la Guerra Civil española, tiró adelante la bodega hasta convertirla en líder mundial del cava

Dolors Sala creó las levaduras que darían vida a las burbujas más famosas del cava.
El enorme legado de la señora Barbe-Nicole Ponsardin, conocida como la veuve Clicquot, ha inspirado las más grandes casas de Champagne en Francia. Aunque en Sant Sadurní d’Anoia, en el corazón del Penedés, existió otra viuda, tal vez una de las mujeres más importantes de la historia del cava, que abrió la puerta a uno de los mayores imperios de vinos espumosos del mundo. Les suena Freixenet, ¿verdad? Pero tal vez no sepan qué esconden las iniciales de uno de sus espumosos más queridos: el Freixenet Cuvée D.S., pues es el nombre de su cofundadora, Dolors Sala.
Dolors Sala murió en 1978, a los 89 años. Su nieto, Pere Ferrer Noguer, vicepresidente y CoCEO del Grupo Freixenet lo recuerda perfectamente. “Pasó la mañana con el enólogo Josep Buján (director técnico de la época) en el laboratorio; por la noche se encontró mal y llamó a mi tía Lola (la menor de sus hijas, que vivía con ella), y al cabo de una hora había muerto, todo fue muy rápido”. Hasta el último día de su vida, Dolors Sala fue presidenta de Freixenet. Una vida que daría para una serie de HBO.
La senyora Dolors, que así es como la conocían los trabajadores de Freixenet, nació literalmente bendecida. El día que su madre dio a luz un cura que pasaba por la calle la encomendó a Dios. Sus tres hermanos varones habían muerto prematuramente antes que ella naciera. Así que vino al mundo como pubilla (hija heredera) por pleno derecho. Aunque en aquel momento aún no lo sabía, sobrevivir a los hombres de su familia sería a la vez una bendición y una maldición.
El vino corría por sus venas. Su abuelo había fundado Casa Sala en 1861. Ella creció con una “curiosidad radical” por todo el proceso de vinificación, según la bodega. Dolors fue criada en Mediona, rodeada de viñedos recuperados a la filoxera. En su juventud fue de las poquísimas mujeres que pudo estudiar en Barcelona, concretamente Administración de Empresas. A los 22 años se casó con Pere Ferrer Bosch, de la finca de Sant Quintí llamada La Freixeneda. Como era el benjamín de la familia tomó su sobrenombre, Freixenet, para llamar así a la empresa de ambos. La alzaron junto a las vías del tren de Sant Sadurní. Era 1914.
Durante 25 años el joven matrimonio funcionó como un diapasón. “Mi abuelo era muy comercial y le encantaba dar vueltas por España y el extranjero para vender más”, recuerda Pere Ferrer. Dolors se quedó con la producción y la administración. “No era una mujer de estar en la cocina. En mi vida la vi hacer un huevo frito”. Tuvieron cinco hijos: el mayor, Joan; tres niñas (Pilar, Carmen y Lola), y Josep, el menor. Los vinos espumosos colmaron los felices años 20, y el principio de la década de los 30, con una publicidad muy atrevida y un notable éxito empresarial.

Dolors Sala lo perdió casi todo del 1936 a 1939: durante la guerra “incontrolados anarquistas” asesinaron a su marido y después a su hijo mayor
La guerra lo pulverizó todo. Si la fortaleza de una persona se midiera por la cantidad de personas que pierde en pocos años, Dolors Sala lo perdió casi todo del 1936 a 1939. Durante la guerra “incontrolados anarquistas” asesinaron a su marido y después a su hijo mayor. En poco tiempo también desapareció su padre y su madre. Además, las bodegas fueron colectivizadas. Aun así, no se rindió y levantó la bodega con la ayuda de sus tres hijas. Josep Ferrer, el menor, todavía era un niño.
En plena posguerra, en 1941, Dolors Sala lideró el alumbramiento de la marca más emblemática de la bodega aún hoy: Carta Nevada. En una España muy gris, “ella quería que Freixenet marcara diferencias, porque éramos el numero dos, pero a mucha distancia del número uno, así que hizo una marca muy premium”, recuerda su nieto. Uno de sus yernos le comentó que en la industria de los licores había botellas esmeriladas y así fue como decidieron vestir la botella, hace ya más de 80 años.
A finales de los años 50, Josep, su hijo menor, empezó a dirigir la empresa. Antes “ella lo llevó todo”, recuerda Pere Ferrer, hijo de Josep. “Ella, sus hijas y sus yernos se encargaron del marketing, la administración, las ventas, las finanzas y la relación con los bancos”. Aunque a Dolors Sala lo que de verdad le apasionaba era la enología. Y pocos conocen uno de los secretos más bien guardados de Freixenet.
En su habitación, la senyora Dolors, que vivía en una casa construida en la misma bodega, tenía una botella muy grande, de unos 10 litros, según cuentan en la bodega. “Una de las cosas que más le gustaban era empezar el tiraje del cava”, cuenta Pere Ferrer, “y lo hacía en su habitación”. En enero, cuando los vinos base habían completado su proceso, Dolors Sala le ponía cuidadosamente las levaduras autóctonas, que ella había preparado artesanalmente. Y acercaba la botella a un pequeño radiador, para que tuviera un poco de calor y arrancara la segunda fermentación, el nacimiento de un cava.
Una de las cosas que más le gustaban a mi abuela era empezar el tiraje del cava, y lo hacía en su habitación

Pues sepan que las burbujas que dieron la vuelta al mundo nacieron en la palma de su mano. Aún hoy, las levaduras seleccionadas que crían artesanalmente en la bodega son herencia de Dolors Sala. Un equipo de tecnología las reproduce y se custodian en un congelador a 66 grados bajo cero. Mientras el mundo admiraba los anuncios de Liza Minnelli, Gene Kelly, Raquel Welch o Paul Newman, una mujer menuda creaba las levaduras que darían vida a las burbujas con las que muchas personas se desearían lo mejor en un chinchín.
Aunque en 1974, en reconocimiento a sus méritos, fue nombrada Enóloga de Honor por la Asociación de Enólogos de España, casi no recibió honores. Y triunfó en un mundo no adaptado a las mujeres. “Nunca la oí quejarse”, asegura Pere Ferrer. “Ella no fue nunca de ponerse medallas”. Freixenet se situó en el número 1 mundial. Y su hijo, Josep Ferrer, se convirtió en una leyenda del marketing y la exportación, llegando a más países que cualquier otro espumoso del mundo.
Freixenet, a día de hoy, produce más de 100 millones de botellas anuales. Y en cada una, escondida tras las burbujas, hay la levadura (llámenlo levadura, llámenlo big bang) que lleva la impronta de una mujer pequeña, vestida de negro, con el pelo cano, que contra todo pronostico levantó un imperio. Salut, senyora Dolors!



