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“El alcohol y el azúcar no tienen buena fama, por lo que los jóvenes ni lo contemplan”¿se halla el vino dulce en una etapa complicada?

Vinos

Del mismo modo que Burdeos o la Champaña enfrentan sus propios ciclos de adversidad, los vinos dulces pierden atractivo progresivamente ante dos perfiles de consumidores enfrentados: la población joven y los conocedores.

¿El vino dulce está en crisis? 

¿El vino dulce está en crisis? 

Getty Images/iStockphoto

Podría afirmarse, vanguardiers, que el tema de las crisis se está convirtiendo en una categoría recurrente en mis publicaciones, puesto que, tras haber analizado la de Burdeos o Champagne, ahora es el turno de la del vino dulce. Resulta sumamente complejo en estas situaciones acudir a cifras generales o concretas ya que, al investigar la trayectoria comercial del vino, debido a que no es un sector examinado o analizado mediante una clasificación apropiada (aunque eso amerita otro artículo), su descenso engloba al del vino dulce, lo que complica distinguirlos o evaluarlos de forma independiente.

Así pues, debo valerme de mi propia vivencia conversando, consultando y compartiendo tiempo con bodegas que fabrican esta clase de vino o con hosteleros y tenderos que lo comercializan. En este sentido, resulta evidente que el vino dulce genera progresivamente menor atracción entre dos grupos de consumidores opuestos: los jóvenes y los iniciados. No obstante, da la impresión de que, entre el público general y en naciones con una afición vinícola emergente, su demanda aumenta o, por lo menos, mantiene su cuota.

Así pues, ¿qué sucede con quienes restringen cada vez más su consumo? La juventud actual no es muy dada a beber vino, y el tipo dulce queda descartado al combinar alcohol y azúcar, un binomio con una reputación poco positiva. Además, los aficionados, en su urgencia por catar diversas botellas en cada cita, favorecen propuestas más livianas frente a las más vigorosas, ya sea por su volumen alcohólico, armazón o nivel de azúcar.

En consecuencia, nos enfrentamos a causas bastante implacables, ya que no se deben a factores ligados a la excelencia del producto, que sigue intacta o incluso mejora, sino a la oportunidad de ingesta: no identificamos el momento para descorchar un vino dulce. Este hecho y, recalco, los recelos que surgen sobre la combinación de azúcar y alcohol, están provocando que algunas bodegas empiecen a variar su estrategia. Voy a mostrarlo con tres regiones famosas en esta categoría.

Sauternes (Burdeos) destaca como una de las zonas más reputadas en la producción de vinos dulces blancos. Su máximo representante, Château d'Yquem, se ha convertido en un símbolo de la cultura popular, superando los límites de su propia industria. No obstante, a excepción de estos casos y por escaso margen, los demás productores enfrentan dificultades comerciales, puesto que si Burdeos atraviesa una etapa crítica, su variante dulce padece un aislamiento todavía mayor. Firmas de renombre como Château Suduiraut han transformado su catálogo al lanzar un vino seco, con un precio cercano a los 15 euros por unidad, buscando sumarse a la tendencia global de demanda de blancos. Esta referencia es el Le Blanc Sec de Suduiraut, 2019.

Desconozco si la táctica más adecuada consiste en comercializar caldos económicos que logren perjudicar la imagen de una firma tan renombrada, no obstante, es preciso generar ventas para evitar que el sello desaparezca. Sin embargo, para quienes busquen su faceta más melosa, se encuentra el Château Suduiraut, 2010 (62,92 euros). Indiscutiblemente es la opción más destacada de la zona por su relación entre coste y excelencia, resulta excelente.

Nos dirigimos ahora hacia Tokaj (Hungría), una zona muy vinculada, hasta el extremo de que resulta verdaderamente complejo diferenciar sus caldos de los previos en una cata a ciegas. En este lugar sucede algo similar, pues estos productores están elaborando versiones más secas con mayor frecuencia, si bien sus casas vinícolas parecen seguir una táctica distinta a la empleada por Suduiraut.

La firma vinícola húngara de Vega Sicilia ha expandido su catálogo, y no mediante una propuesta dulce inédita ni un blanco seco básico, en absoluto. Ellos se decantan por la distinción máxima con la aparición de Oremus, Petracs, 2020 (79,90 euros). Su cosecha inicial fue 2017, una Furmint con marcada inspiración borgoñona que destaca por un tratamiento del roble muy sutil y un carácter mineral bastante evidente. No obstante, para degustar su mayor exponente dulce, deben probar su Eszencia, cuya técnica de producción resulta sumamente detallada. Se trata de un producto extremadamente dulce.

Finalizo mencionando a uno de los territorios fundamentales para el vino dulce: Portugal. La nación colindante posee un rasgo que la protege ante las fluctuaciones e inestabilidades comerciales: su nivel de consumo interno es sumamente elevado. Aunque las cifras varían según la fuente, tras hablar con varias bodegas y organismos se estima que por encima del 80% de las botellas abiertas corresponden a los propios habitantes de Portugal. Tal situación reduce las repercusiones externas, si bien zonas tan enfocadas en la elaboración dulce como Oporto o Madeira manifiestan cierta inquietud.

Constituye un verdadero acontecimiento en la zona y la trayectoria de esta mítica casa lusa Trudy (Niepoort, Trudy), un Ruby Porto en formato de litro que nos brinda un caldo dulce, sí, pero con moderación (sobre todo frente a lo acostumbrado en estos productos) priorizando su faceta más vínica. Es ideal para adentrarse en esta categoría y afrontar posibles dificultades. Si se prefiere una línea tradicional, recurrimos a Graham´s, cuyo Quinta dos Malvedos, un Vintage de finca, resulta excepcional.

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