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“A estas bodegas les está costando ubicarse y agotar stocks”: el modelo productivo de vino que puso en jaque a las grandes casas de champán francés

Vino

En 1974, el viticultor Anselme Selosse cambió radicalmente el proceder de la región de la Champaña, iniciando el movimiento del pequeño viñerón y apostando más por el origen del vino que por la bodega

Los viñerones han removido los cimientos de las grandes casas. 

Los viñerones han removido los cimientos de las grandes casas. 

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Hay ciertas regiones que sirven de ejemplo fractal de lo que ocurre en conjuntos más numerosos y uno de ellos lleva unas décadas dándose en Champaña. Este fenómeno no es otro que el de la irrupción de los pequeños viñerones. Champaña es una región construida sobre grandes casas: Ruinart, Moët & Chandon o Veuve Clicquot (ahora todas ellas pertenecientes al grupo LVMH), entre muchas otras, que controlan gran parte del mercado, tanto de producción como de exportación, elaborando millones de botellas.

Estas resultan bodegas históricas, compran uva, por aquello de producir más, y, hasta hace no mucho, tenían un estilo caracterizado por lo barroco. Espumosos de cierta contundencia, en perfiles frutales y contundentes que podrían resultar algo empalagosos, y tampoco se cortaban en su adición de azúcar y demás elementos de vinificación. Vamos, que el foco se ponía en lo que ocurría en la bodega, no tanto en la viña.

En estas que un viticultor llamado Anselme Selosse, en 1974, toma el control de la bodega familiar Domaine Jacques Selosse (que era su padre) y cambia radicalmente su proceder y el de la región. Anselme inicia lo que se llama el movimiento del pequeño viñerón, apostando más por el origen del vino: el viñedo. Por tanto, sus vinificaciones son menos invasivas y su cuidado de la viña mucho mayor de lo que por ahí estaban acostumbrados.

Lo hace de la siguiente manera: adiciones de azúcar mínimas o inexistentes, bajos rendimientos y estilo oxidativo fermentando, además de criar sus vinos base en barricas de roble. Esta praxis provoca que aparezca un nuevo estilo de champán. Al principio, como es normal y dada la ruptura de estilo que suponía, le costó conseguir foco, pero a finales de los 90 ya se le consideraba como un vino de culto. La botella de su “básico” Initial costaba unos 35 euros.

Sin embargo, según pasan los años, se ha ido gentrificando, hasta la actualidad, cuando una botella es realmente difícil de conseguir y nunca por menos de los 450 euros. Y no creáis que el propio productor ha subido tanto el precio, sino que es un vino en el que su poseedor puede especular. A poco que googleéis, veréis “ofertas” superando los 750 euros la pieza.

Actualmente, una botella de Initial es realmente difícil de conseguir y nunca por menos de los 450 euros

Este éxito comercial hizo que le surgieran imitadores y alumnos mientras las Grand Maison los miraban con recelo, porque se vendían muy bien y no dejaban de ser una antítesis de lo que ellos representaban. Y su preocupación estaba más que justificada: mientras que cada vez los pequeños viñerones son más valorados, agotados y gentrificados, a las grandes casas les está costando ubicarse y agotar stocks.

Y es que claro, si el discurso de uno es poca producción, respeto a la viña y poca intervención, contestar con historicismo, lujo evocador y demás aspectos menos relacionados con el contenido han sometido a estas grandes casas a una crisis de identidad en las que empiezan a darse auténticos dramas psico empresariales.

Así, muchas de estas están reiniciando su identidad mutando a los estilos y filosofías de los pequeños productores, ya sea adelgazando sus vinos o lanzando nuevas colecciones bajo estas filosofías. Emblemas de la región como Mumm, Pommery o Perrier Joüet están en una auténtica encrucijada, dado que necesitan vender millones de botellas de cierto precio a un consumidor, que, ya que va a gastar un dinero, cada vez anda más interesado por la identidad del vino y no tanto por su contexto socio histórico. Una vez más, unos están sufriendo y otros no dan abasto. 

Champagne Chartogne Taillet, Cuvée Sainte Anne (42,90 euros)

Un ejemplo es este discípulo de Anselme Selosse es Alexandre Chartogne, que asumió la dirección de la bodega familiar en 2006 después de trabajar en Selosse. La venta de sus botellas está limitada a 3 unidades por cliente. Su estilo es una maravilla, espumosos austeros y afilados, con la carga de fruta justa para resultar sabroso sin cansar. Un vino finísimo.

Champagne Bollinger, Special Cuvée (59,90 euros)

Una de las grandes casas que menos ha sufrido en este nuevo ecosistema ha sido Bollinger, en parte porque siempre ha estado buenísimo, pero también por, antes de toda esta emancipación, ya tener rasgos de viñerón. Sí, a pesar de marcarse unos 3 millones de botellas al año, en su gama ya convivían referencias de culto como el “Récemment Dégorgé”, conocido como R.D. A secas, o el anhelado “Vieilles Vignes Françaises” de producción ultra limitada, ya que proviene de una parcela que no es más grande que un campo de fútbol. Su Special Cuvée sigue en plena forma con su valorada Pinot Noir destacando, dando ese punto frutal y amargo tan distinguido y característico de Bollinger. De los mejores champanes de menos de 60 euros.

Champagne Larmandier-Bernier, Longitude, Blanc de Blancs (94,38 euros)

Bodega de culto total, eso es Larmandier-Bernier. 16 hectáreas cerca de Vertus, que es donde se ubica la bodega, que se traducen en una producción propia de unas 135.000 botellas que vuelan de las tiendas, dado que sus Chardonnays son de lo mejor que nos da esta zona. También tienen un rosado, pero mi favorito es este Longitude que es puro vértigo. Afilado y cremoso, estamos ante una cumbre de estilo.

Champagne Veuve Clicquot, La Grande Dame, 2018 (171,69 euros)

Y no podía cerrar esta distinguida selección sin darle a una “Cuvée de Prestigio”. Estas se podrían definir como el ejercicio de máximo nivel y estilo de una bodega. La primera de esta estirpe la ejecutó Louis Roederer con Cristal, pero, en sus inicios, no estaba a la venta para los civiles, sino que se destinaba exclusivamente a la casa real rusa. Por tanto, la primera comercialmente a la venta fue Moët & Chandon Dom Pérignon. En concreto, la añada 1921, puesta a disposición de los clientes en 1936. Pero aquí vamos con la última que me ha impactado, que no es otra que La Grande Dame, cuya primera cuvée, 1962, fue presentada en 1972 con éxito inmediato, gracias, como en Bollinger, al nivelazo de su Pinot Noir. Esta 2018 viene en una (r)evolución de su estilo clásico, dado que aquí se impone su parte más vinosa. Es largo, frutal, tostado y cítrico. Un espumoso para empadronarte en él.