“En los 50, mi abuela enfermó y tuvo que repartir a sus cuatro hijos entre la familia”: la iniciativa enológica que surgió sin proponérselo durante épocas de enfrentamiento y revolucionó la viticultura de nuestros días.
Club de Vinos
La firma Pascona manifiesta la herencia de diversas generaciones de la familia Pascó en vinos de la DO Montsant con una personalidad distintiva. “Mi padre fue un visionario de la nueva viticultura moderna”, indica Toni Ripoll, encargado actual de la bodega.

La bodega Pascona tiene sus raíces en épocas de guerra.
Por lo común, los vinos narran la trayectoria de la viña y del fruto. Conservan el gusto del suelo de origen y las pinceladas que les otorgan su proceso de creación y maduración. En esencia, una botella describe su propia crónica y la de quienes la hicieron realidad. Por este motivo, las elaboraciones de la bodega Pascona, ubicada en el Valle de los Fontanals y perteneciente a la DO Montsant, no solo expresan las variedades locales de garnacha o cariñena, sino también syrah, cabernet sauvignon y merlot. También manifiestan un entorno definido por la arcilla en un 60%, el granito en un 30% y la pizarra en el 10%. Fundamentalmente, exponen la vivencia de la familia Pascó.
El relato, según relata Toni Ripoll, quien hoy dirige la bodega, se remonta a los inicios del siglo XIX, momento en que Pere Pascó adquiere la propiedad e inicia allí la clásica alternancia de siembras, sin relación alguna con los viñedos. Tras su fallecimiento, los terrenos fueron heredados por su hija Victoria y más tarde por sus descendientes: Mari Pau y Guadalupe, apodadas “las Pascones”. Las dos tenían planes de matrimonio con un par de chicos de la localidad, no obstante, el estallido de la Guerra Civil provocó que ambos varones fueran ejecutados, privándolas incluso de la condición de viudas. Tal suceso, de acuerdo con Ripoll, las sumió en un estado algo “consternadas” y les quitó cualquier deseo de intentar contraer nupcias nuevamente.
Asunta, la menor que lo revoluciona todo
“En el año 50 mi abuela, que era prima de ellas, se puso muy enferma y tuvo que repartir a los cuatro niños que tenía por los parientes más cercanos, y a mi madre le tocó ir con las Pascones”, expone Ripoll, al entender que esa determinación fue la semilla del establecimiento vitivinícola que hoy comanda. Asunta, la madre de Ripoll, contaba en ese tiempo con 7 años y brindó nuevamente felicidad a las Pascones. Viajaba a su lado, residía con ellas y exploraba la finca en su compañía.
De esta forma transcurrieron los años hasta que la madre de Asunta se encontró mejor y pidió de vuelta a su hija. “Le dijeron que no, que si les quitaban a la niña se morían, y en eso llegaron a un pacto, cosas del pueblo que pasaban en esa época”, apunta Ripoll. Sucede que, cual si fuese una ruptura conyugal, la pequeña compartía su tiempo entre su madre y las Pascones. “Ella decidió estar más con ellas que con su madre; mi madre se encargó de ellas hasta el lecho de la muerte”, sostiene Ripoll.
Tras el fallecimiento de las Pascones, Asunta recibió la propiedad y deseó modificar ciertos aspectos sobre la gestión y el aprovechamiento. “Mi madre conoció a un chico de Mora la Nova, agricultor de toda la vida y, cuando lo llevó aquí arriba, la mayoría era todo avellano; pero a él no le gustó, él siempre había sido de olivos y de viña, y empezó a arrancar avellanos y plantar viña”. En este punto se percibe la satisfacción en el tono del bodeguero, pues aquel joven de Mora la Nova resulta ser Antoni Ripoll Bartolomé, su progenitor. “Apostó por el cabernet, merlot y syrah, en los años 70, y con un nuevo formato de emparrado. Fue un visionario de la nueva viticultura moderna”, comenta.
Los comienzos de la bodega Pascona
Siguiendo los pasos de su progenitor, Ripoll asume el mando en 2006 y renombra el establecimiento vinícola como Pascona, rindiendo tributo al legado familiar. Además, decide bautizar sus elaboraciones con los apelativos de las personas que colaboraron en la realización de su proyecto. Entre ellos destacan Lo Pare de Pascona, “un trago que te evoca la potencia y esencia de la Licorella” o La Mare, “con todo el carácter y autenticidad de nuestra madre”, sumando a estos La Germana o La María Ganxa, con el fin de rescatar los relatos tradicionales de la zona.
Ciertamente, este recinto vinícola ensalza el terreno incluso en su fachada, gracias a las tres tonalidades que visten sus muros. “Son tres colores muy característicos que nos marcan los tres tipos de terruño, que son la arcilla, el granito y la pizarra; y esta es nuestra base de filosofía y de trabajar. Hacemos tres vinos, no mezclamos terruño, queremos remarcar esta tipicidad. Hacemos vinos de arcilla, de granito y de pizarra”, afirma Ripoll.


