
Alícia, la fundación de las maravillas
Opinión

Sopa de castañas del libro 'Sopas'
El claustro del monasterio de San Benet del Bages tiene la prestancia de un cuadro romántico. Está restaurado, pero la vegetación interior le otorga un romanticismo dieciochesco cautivador. El monasterio forma parte de un conjunto arquitectónico estilísticamente transversal, que va del románico a lo contemporáneo, creando un hermoso mosaico propiedad de la Fundación Catalunya La Pedrera bautizado como Món Sant Benet. En este conglomerado cultural, el visitante encontrará el mencionado monasterio, una casa modernista, un hotel, un restaurante gastronómico y la Fundación Alícia diseñada por el estudio de arquitectos Clotet, Paricio & Asociados.
Invitado por el director general de la Fundació Alícia, mi amigo Toni Massanés, decidí finalmente visitar el centro el pasado día 24 de setiembre, festividad de la Mercè, convencido de vivir una experiencia a la altura de su mentor. Massanés no es solo su director, sino también un gran periodista y uno de los intelectuales gastronómicos más brillantes de Catalunya. Y a los intelectuales, por escasos, hay que escucharlos con los sentidos despiertos y acribillarlos a preguntas.
¿Y qué es la Fundación Alícia?
Le pedí a Toni que me definiera, en una frase, el sentido de una fundación de la que es el mascarón de proa y, como los buenos oradores, me lo precisó en una sola frase: “lo que buscamos en Alícia es que todo el mundo coma mejor según sus circunstancias”. Esta frase engloba las tres galaxias que conforman el universo Alícia: la de la salud, la de la innovación y la del territorio.
Los profesionales de la Fundación, desde biólogos hasta químicos, desde nutricionistas hasta físicos, pasando por Marc Puig-Pey, jefe de cocina, se dedican a la investigación de productos y procesos gastronómicos, tratando de mejorar la alimentación de las personas, con una especial atención a las que tienen restricciones alimentarias por problemas de salud, y a una mejora en los hábitos alimentarios generales. Alícia no solo tiene una especial dedicación a realzar el patrimonio alimentario y gastronómico de los territorios, sino también a luchar por la sostenibilidad en un mundo cada vez más insostenible.

Contado así, la visita a la Fundación asimila a una excursión a una central nuclear, y es todo lo contrario. Durante la visita coincidí con un grupo escolar que disfrutaba de unas almendras al romesco recién salidas del horno servidas por tres científicos en bata. Y también había galletas recién horneadas. Y muchos otros productos que me recordaban a la fantástica locura del profesor Bacterio. El aroma que me acompañó a lo largo de la visita fue el de un guiso de carne incompatible con un estómago sometido a una estricta dieta como el mío.
Estar enfermo a menudo también conlleva estar sometido a una alimentación enfermiza, y Alícia trata de convertir el suplicio de una comida o una cena en una pausa dichosa. Evidentemente, las personas enfermas de cáncer son uno de sus targets, pero la lista de enfermedades es extensa, y tratan rarezas como la minoritaria fenilcetonuria. Yo no sabía que la gente con apneas también merece una alimentación especial, ni tampoco la gente con psoriasis. “¿Psoriasis?”, le pregunté extrañado. Massanés fue a la estantería y me sacó una caja dedicada a la psoriasis con dos libros especializados: uno con recetas saludables para el día a día de los psoriásicos y el otro con una lista de la compra.
Económicamente, la Fundación Alícia se alimenta del dinero de las entradas de la Pedrera gaudiniana y de empresas que buscan dar un valor añadido a sus productos. “Preferimos trabajar con pequeños productores y asesorarles, incluso, a establecer redes con otros productores”, me dice Massanés satisfecho. Es una satisfacción lógica. La Fundación Alícia ya vuela sola, a pesar de haber pasado épocas de vacas flacas. La crisis económica de 2008 o la pandemia de Covid fueron devastadoras.
En el mundo de la alimentación, la Fundación Alícia tiene un gran reconocimiento, pero a diferencia de otros centros con chequeras sin fondo y fichajes estelares, no practica el autobombo, ejercicio esencial para sobresalir en un mundo en el que la estética es tan importante como la ética. Y sobrecoge que esta región, Catalunya, con ínfulas de país, no sepa presumir debidamente de sus riquezas I+D.