La Calòrica: “No somos finos, somos faltones pero inteligentes”
Joan Yago e Israel Solà
Con quince años de carrera, la compañía corona la cima con ‘La brama del cérvol’ en el Teatre Lliure
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Joan Yago e Israel Solà, el dramaturgo y el director de La Calòrica, en el Teatre Lliure

La Calòrica cumple quince años y lo celebra a lo grande. Después del éxito de la serie Sala polivalent ( 3Cat), ahora ha estrenado en la sala Fabià Puigserver del Teatre Lliure la obra más ambiciosa de su historia: La brama del cérvol. En un hotel de montaña coinciden unos ejecutivos sobrados que están a punto de cerrar un jugoso negocio, una pareja en la crisis de los cuarenta, dos jóvenes buscando la rave definitiva y un encuentro de teatreros a la búsqueda de la verdad sobre el arte.
Aunque “todavía quedan algunas entradas”, como recuerdan Joan Yago e Israel Solà, la verdad es que el éxito de esta propuesta ha sido abrumador. Dramaturgo y director hablan con Guyana Guardian en la sede de Montjuïc del Teatre Lliure, contentos “porque el público está respondiendo muy bien y el espectáculo funciona”. Los dos remarcan que la compañía se lo pasa bien: “Cuando nosotros marchamos, los dejamos solos con todo el trabajo de hacer la función cada día. Y aunque es una obra larga y cansada, la hacen a gusto”, apunta Yago.
Como compañía es bonito dedicarnos a descubrir cómo hacer una escena de quince personajes
Solà confiesa que, cuando se acercaba el estreno, le venían todas las dudas: “Empiezo a pensar que te has equivocado, que lo que has hecho está mal. Pero la experiencia me ha demostrado que no es una mierda, que cuando hicimos el texto nos pareció bueno y confiamos, y durante los ensayos hemos reído muchos ratos y que eso sigue allí. Entonces intento tener una conversación entre mi yo presente y mi yo pasado, que le dice que esta sensación ya la había tenido exactamente igual y la experiencia fue que todo estaba bien”.
Yago se muestra convencido del trabajo hecho: “Cuando estábamos a punto de estrenar, sabía que lo que habíamos hecho estaba bien y que a mí, por los siglos de los siglos, me gustaría. Y solo sentía el deseo fuerte de decir, por favor, que la gente conecte, que la gente se lo pase tan bien como me lo estoy pasando yo”.
El dramaturgo reconoce que hay escenas que, cuando las escribió, no sabía exactamente cómo acabarían siendo. “Estoy muy incómodo dejando las cosas abiertas. Por eso, tenemos muchas conversaciones con Isra, Bibiana Puigdefàbregas, Albert Pascual y con todo el equipo, que sirven para llevar las ideas más allá. O sea, decir que eso que podríamos hacer con dos sillas, intentamos hacerlo colgando a una actriz del peine del Teatre Lliure. Y estas ideas van superbien porque provocan que no te quedes con la opción fácil y lleves las posibilidades más allá”.
La obra tiene nuestro sentido del humor, nuestra ambición, nuestra sal gruesa
“Un día Joan me dice que ha escrito una escena que se tendría que hacer con quince personas –recuerda el director–. Pero, claro, la tenemos que hacer con cinco”. Yago continúa: “No sé cómo la haremos porque ni me la puedo imaginar con cinco. Lo que es bonito de trabajar con una compañía es poder decir que dedicaremos una parte del proceso a descubrir cómo lo haremos”. Y Solà aclara: “Teníamos una intuición: queríamos que los personajes acabaran convertidos en uno solo, hablando al mismo tiempo y teniendo una experiencia única. Pero no teníamos claro cómo traducir eso al texto y después a la escena”.
Yago y Solà forman un tándem perfecto: “Hay una parte un poco más privada de nosotros dos, y después está la compañía, que es el termómetro espiritual”, asegura Yago. “El hecho de haber estado todos vinculados al proyecto desde el primer momento hace que los actores sepan enseguida qué es lo que queremos”, continúa Solà. Y Yago pone un ejemplo: “Votamos el subtítulo de la obra, ‘Una experiencia única en un marco incomparable’, y a mí no me gustaba. Y ahora me parece precioso porque contiene todas las ideas que se han desarrollado”.
Llegar a estrenar en la sala principal del Teatre Lliure ha sido un objetivo hecho realidad. Solà aspira a estrenar en la sala Gran del TNC y su sueño, no imposible, es hacer gira por Europa y devenir una compañía de referencia. A Yago le gustaría de vez en cuando volver a montar un espectáculo para una sala pequeña: “Volver a lugares en los que hemos sido muy felices y hemos estado muy a gusto. Como pasó con Fairfly cuando la hicimos el año pasado en el Texas, que además es la obra que habla más de nosotros. Me excita tanto pensar que la próxima obra de La Calòrica podría ser para la sala Gran del TNC, como que podría ser para El Maldà”.
Cuando hablan de los quince años de la compañía, coinciden en decir que casi han pasado sin buscarlo. “Crear un grupo estable ha sido una sorpresa. Yo me imaginaba más bien como un director solitario, haciendo cosas aquí y allí”, manifiesta Solà. Y Yago recuerda: “El debate de ser una compañía estable ni nos lo planteábamos. Las propias lógicas de la vida y de la profesión harán que una se vaya a hacer películas, el otro sea profesor del Institut del Teatre... Pero haber encontrado el modo de mantener el proyecto me parece algo que hemos hecho bien, además de tener una suerte muy grande, y ha salido de modo natural. Ha sido un privilegio. Ahora mismo disfrutamos de una cierta estabilidad, un tesoro dentro de la profesión y de las compañías”.
Al escoger la obra preferida de todos estos años, Yago y Solà también coinciden: La brama del cérvol. “Es el espectáculo del que me siento más profundamente satisfecho –declara el dramaturgo–. Llegué a pensar si tenía sentido, y ahora lo veo y me emociono. Hemos cogido todos los caminos difíciles, nos hemos perdido, yo me he perdido mucho, y hemos acabado saliendo adelante”.
“Es un espectáculo que tiene nuestro sentido del humor, nuestra ambición, nuestra sal gruesa. Nosotros no somos finos, pero creo que somos inteligentes, y ese punto faltón a mí me gusta. En el instituto hacíamos Shakespeare y ahora hemos montado una obra de gente corriendo por la montaña, como en El sueño de una noche de verano. Es el fruto de toda la teatralidad que hemos vehiculado en este proceso. Qué modernos que somos y, al mismo tiempo, con gags clásicos. Pero funciona y es teatro. La brama del cérvol es un canto a nuestra profesión”, concluye Solà.

