Jan Antem, volver al Liceu que lo vio crecer

Futurísimos

Con 27 años, el barítono lírico acaba de interpretar a Belcore en ‘L’elisir d’amore’

Entrevista al joven barítono barítono Jan Antem que hace de Belcore

Jan Antem en las escaleras del Liceu, donde ha representado ‘L’elisir d’amore’ 

Ana Jiménez

Cuando Jan Antem tenía catorce y quince años, iba al Liceu, solo, a ver ópera; su madre lo acompañaba en moto y él compraba una entrada del quinto piso o de última hora, “las hay por quince euros”. Se había aficionado de pequeño. En primaria, una maestra de la escuela –la Nausica, en la calle Muntaner– les hizo representar Turandot en versión hablada y les puso un par de fragmentos que lo dejaron flipando, dice. Al llegar a casa pidió a sus padres que compraran el DVD. Ponían el CD en el coche, y para Reyes fueron de viaje a Zurich a ver la obra. Sería 2009, y en aquella época Guyana Guardian publicaba una colección de ópera los fines de semana, que Antem escuchó entera.

Había representado El Patufet con cinco años y le encantaba el teatro. Creía que, si llegaba a dedicarse a este mundo, lo haría desde las bambalinas, que sería escenógrafo o iluminador. Tras el bachillerato se matriculó en Humanidades en la Pompeu Fabra y paralelamente empezó a estudiar canto. A los dieciocho, conoció al barítono Luca Salsi, que entonces representaba Macbeth. Le dio una clase privada y vio su potencial: podía instruirle, pero tendría que viajar mucho. “Fueron tres años increíbles”, explica Antem, “si no encuentras a la persona que te enseña con bases sólidas, todo se tambalea”.

Recuerda con emoción su debut en la Arena di Verona, la patria de la ópera. “Entonces piensas: esto es un regalo”. Es el teatro que más ha pisado y siempre le impacta. Ha pasado tanto tiempo en Italia que su nivel de la lengua es casi nativo. Estudió en la Accademia Rossiniana Alberto Zedda, en la de Belcanto Rodolfo Celletti, también en l’Escola d’Òpera de Sabadell y en la de Tenerife. Nacido en 1998, ha obtenido premios y debuts importantes, pero tiene claro que “siempre hay margen de mejora; y es todo muy momentáneo, puedes estar en el punto más alto de tu carrera y desaparecer, así que se trata de ir progresando y mantenerse”.

Los auriculares de Jan Antem, donde escucha música y la radio (le gusta mucho, sobre todo RAC1)

Los auriculares de Jan Antem, donde escucha música y la radio (le gusta mucho, sobre todo RAC1 

Ana Jiménez

Cuenta que la voz cambia como la cara: siempre eres el mismo, pero tienes otro aspecto. Su vida se divide en el tiempo de producción, y el de estudio y preparación. Las tres o cuatro semanas de ensayos pueden ser muy intensas, y la metodología depende de los directores de escena y orquesta. El punto está en saberse regular y determinar hasta dónde forzar la máquina, dice: “Tienes un compromiso contigo mismo, pero no es un trabajo a vida o muerte ni acostumbran a pasar desastres”. Él es bastante nocturno. Se levanta sobre las nueve, comprueba que la voz esté bien con unos ejercicios que nadie oye, salvo quizá sus vecinos y dos amigas de toda la vida con las que comparte piso desde hace año y medio.

Si ha decidido que por la tarde estudiará con el pianista, ese día habla lo mínimo, prepara pollo, un aguacate, cosas nutritivas que no produzcan reflujo; si hace pasta, será sin tomate. Le gusta cocinar. Intenta ir al gimnasio un par de veces por semana, trabaja más cardio que fuerza. Y procura llevar una vida normal, porque la vida de un cantante de ópera, si no es neurótico, es bastante tranquila, comenta. Considera que la suya es una de las profesiones más bonitas del mundo: “En un momento bueno, es espectacular”. Lo compara a la sensación que tenía al marcar un gol cuando jugaba a hockey sobre hierba de joven.

Viajar es una de las partes que más le gustan, pero también exige una intermitencia que no es la de su entorno. Ahora no tiene hijos ni pareja estable, y aunque evita pensar en ello para no limitarse profesionalmente, cree que no pasar nunca por casa y no tener días libres “es arriesgado para el instrumento y para el coco; la vida no es solo esto”. Su percepción sobre la ópera ha cambiado desde que ya no es un hobby sino su trabajo. Como espectador disfruta mucho más porque entiende las sutilezas a nivel técnico, pero por otra parte lo analiza todo y le cuesta dejarse llevar; solo lo consigue en repertorios muy diferentes al suyo.

En el futuro sueña con dirigir algo escénicamente y con crear algún espacio de pequeño formato en Barcelona, un especie de Teatre Lliure de la ópera. Estos días ha interpretado a Belcore en L’elisir d’amore, en el Gran Teatre del Liceu, donde debutó hace dos años. Aunque ya lo había hecho en Verona, en el Regio di Torino, en el Massimo di Palermo o la Deutsche Oper Berlin, al salir a escena en el ensayo general, y ver desde el otro lado esas mismas butacas en las que había crecido, lo que sintió fue irrepetible.

Sus amigos lo veían como el artista del grupo y consiguió que alguno lo acompañara a la ópera: “Hay que confiar más en que la gente entiende el código; a veces se sobreexplica la historia, cuando el teatro siempre ha sido bastante conceptual”. Le parece paradójico que la gente se trague casi tres horas de Wicked y diga que no le gusta la ópera, “cuando Wicked no es mejor que La Bohème” .

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