
La buena memoria
El 13 de septiembre del 2022, cuando el cineasta Jean-Luc Godard murió, Gilles Kerdreux, del periódico Ouest-France , le dedicó un obituario memorable en el que decía: “Hijo de la alta burguesía convertido en izquierdista, director de obras maestras y de películas terriblemente aburridas, aficionado a las afirmaciones tajantes y a los juegos de palabra idiotas, hombre de grupo y amigo insensible, amante celoso y solitario sin ascendencia ni descendencia... Podríamos continuar esta letanía indefinidamente”.

Me acordé de este obituario después de ver Nouvelle vague , la película, en delicadísimo blanco y negro, que Richard Linklater ha dirigido sobre el rodaje de À bout de souffle (que hoy se reestrena para alimentar la curiosidad de las nuevas generaciones cinéfilas). De la misma manera que Godard cultivó su fama de mezquino, pedante y gamberro narcisista, también se le ha reconocido su papel de detonante de nuevas libertades, irreverencias y transgresiones del lenguaje cinematográfico y, por extensión, audiovisual. Le recuerdo intervenciones en la televisión para promocionar el estreno de su escandalosa J e vous salue, Marie . Con una insolencia que desconcertaba los rígidos protocolos televisivos, Godard corregía los encuadres de los operadores de cámara del plató y se divertía soltando boutades y aforismos como: “La televisión fabrica olvido. El cine fabrica recuerdos”.
La película de Richard Linklater es un ejercicio de buena memoria cinematográfica
La película de Linklater, que homenajea, retrata y mitifica a Godard, es un ejercicio de buena memoria cinematográfica. Un ejercicio susceptible de ser compartido tanto por los que vieron À bout de souffle como por los que, a partir de hoy, sentirán la curiosidad de descubrirla y, quién sabe, sumergirse en el a veces farragoso y a menudo genial universo del cineasta franco-suizo. Por suerte, la documentación existente sobre el rodaje permite reconstruir no solo los intríngulis de una producción accidentada sino detalles de pura cinefilia, que enriquecen la reconstrucción, personal y creativa, del contexto.
Un detalle sintomático de los cambios acumulados desde 1960: en las escenas que recrean la redacción de la revista Cahiers du cine ma , todos los personajes fuman compulsivamente mientras escriben en una máquina de escribir mecánica. Pero el espectador con una mínima capacidad de observación retrospectiva se dará cuenta de que, en general, los actores no saben ni escribir (a máquina) ni fumar con la naturalidad sexy aprendida de los grandes fumadores del cine francés (Jean-Paul Belmondo, Yves Montand, Jeanne Moreau, Lino Ventura, Simone Signoret). El otro elemento que la película de Linklater rescata con gran acierto son las tensiones entre el pragmatismo del productor y la supuesta pureza ideológica del director. Este es, de hecho, el centro de la intriga, que, visto con una mirada de hoy, invita a preguntarnos si el romanticismo y la fraternidad del rodaje que retrata Linklater existieron o son la proyección de una nostálgica alucinación colectiva.

