Sergio Larrain, la mirada 'mágica' del fotógrafo vagabundo
Fotografía
Foto Colectania dedica una gran exposición al legendario fotógrafo de Magnum que colgó la cámara para vivir como un ermitaño

'Café de marineros en Valparaíso, Chile' (1963)

“La buena fotografía, o cualquier otra manifestación del ser humano, proviene de un estado de gracia. La gracia llega cuando te liberas de las convenciones, las obligaciones, las conveniencias, la competencia, y eres libre, como un niño en su primer descubrimiento de la realidad. Caminas sorprendido, viendo la realidad como si fuera la primera vez”, escribió Sergio Larrain (1931-2012), fotógrafo chileno cuya magnética mirada estuvo marcada por su carácter errante, una inclinación al vagabundeo, a salirse de lo conocido, incluso de si mismo y de lo que le rodeaba.De ahí el titulo de la exposición, Sergio Larrain. El vagabundo de Valparaíso|Chile , con la que Foto Colectania abre este jueves (hasta el 24 de mayo) el primer capítulo de una ambiciosa retrospectiva que continuará en la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs de Palafrugell, donde a partir de agosto se mostrará una selección de todas sus series.
Larrain es una auténtica leyenda del mundo fotografía, con una trayectoria fulgurante en la agencia Magnum y con obra en grandes museos como el MoMA, aunque su obra extraña y hermosa solo comenzó a conocerse para el gran público después de su muerte, y aún hoy se percibe frente a ellas la emoción del descubrimiento, la misma excitación infantil que él confesaba haber sentido cuando, a comienzos de los años cincuenta, daba sus primeros pasos en la fotografía en en la ciudad portuaria chilena de Valparaíso. Frente a sus ojos, dos niñas se cruzaron en una escalera: una de ellas se aleja escaleras abajo, la otra las acaba de subir y se acerca a la cámara. Son asombrosamente parecidas, el mismo corte de pelo, el mismo vestido, la misma actitud... La sombra cae sobre una contrastando con la luz del mediodía que ilumina a la otra. “Fue la primera fotografía ‘mágica ‘ que vino hacia mi”, confesaría Larrain.

Le interesaba “salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes”, explicaba. La búsqueda de ese estado de ánimo que él llamaba estado de gracia es lo que le llevó finalmente a dejar la fotografía y, a partir de los setenta, vivir como un ermitaño en una pequeña casa en el campo, donde buscó diversos caminos hacia la iluminación. Además del yoga y la meditación, se sometió a psicoanálisis, consumió drogas psicodélicas, practicó la pintura y fue seguidor de la Escuela del Conocimiento de Arica, fundada en el norte de Chile por Óscar Ichazo. Allí lo localizó por primera vez Agnès Sire, comisaria de la muestra, que fue directora de Magnum Photos y actualmente dirige la Fundación Henri Cartier-Bresson en París. Nunca llegó a conocerlo personalmente y no le dio permiso para realizar ninguna retrospectiva hasta después de su muerte, pero Sire sentó las bases para la operación rescate, incluida la edición de Valparaíso, con textos de Pablo Neruda. Con anterioridad, en 1999, el IVAM ya le había dedicado una gran exposición.

Perteneciente a una familia burguesa, mantuvo una relación tensa con su padre, arquitecto y profesor universitario, Larrain comenzó fotografiando a los niños de la calle que vivían a orillas del río Mapocho, en Santiago de Chile. Sus pies dormidos sobre las alcantarillas o reunidos en círculo mientras cocinan acechados por los perros. Viajó por Lationamérica, estuvo en Italia fotografiando al capo mafioso Giuseppe Genco Russo y vivió sendas temporadas en Londres y París. En esta última ciudad, mientras tomaba fotografías en el exterior de Notre Dame, capturó escena de una pareja que solo descubrió al revelar la película. Esto le sirvió de inspiración a Julio Cortázar para su famoso cuento Las babas del diablo , que a su vez sirvió de base para la película low-Up , de Michelangelo Antonioni, de 1966.
La muestra de Foto Colectania se centra en sus series de Chile, con escapadas a la isla de Chiloé y los bares de prostitutas, con espejos colgando de cordeles reflejándose los unos con los otros, clientes bañados en alcohol bailando con las chicas aparentemente desvalidas. Larraín llegaba cada noche y se sentaba largo rato en la barra, con una bolsa de papel en las manos en la que parecía llevar un sandwich. Bebía y miraba hasta que sentía que nadie lo notaba. Entonces, en el momento indicado, sacaba su cámara Leica y apretaba el obturador.

Era su manera de trabajar, explicada por él mismo, con otras palabras: “Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes...”

