Cultura

Nostalgia del resumen

De pequeño, en la escuela, nos hacían resumir textos, dictados o lecturas y a ese ejercicio lo llamaban “resumen”. Después, con los años, se impuso el concepto sinopsis , que sonaba más sofisticado y podía aplicarse a libros, películas y obras de teatro.

En 1989, la revista trimestral L’home invisible, dirigida por Carles Prats, le pidió a varios escritores un resumen de 200 obras de la literatura universal. Título del experimento: La biblioteca portàtil: 200 concentrats literaris . Treinta y siete años más tarde, releer aquellos resúmenes provoca cuatro impactos simultáneos: darse cuenta de cuántos escritores han muerto (Francisco Casavella, Pere Calders, Baltasar Porcel, Lluís Permanyer, Ramon Barnils, Joan Brossa, Gabriel Galmés, Joan Barril...), la evidencia de una presencia escandalosamente minoritaria de escritoras, la audacia de una iniciativa que reunió una irrepetible diversidad de estilos y que fue cómplice de que, con la astucia de un polizón gamberro, se colara el resumen de la novela de un escritor que nunca existió. 

Una página de la Biblia de Gutemberg
Una página de la Biblia de GutembergLV

Ejemplos de resúmenes memorables: de En busca del tiempo perdido , de Marcel Proust, Josep Maria Fonalleras extrajo este zumo: “Un señor se acuesta muy temprano y no tiene sueño”. Y para resumir La Bíblia , Pere Calders abrió este delicioso atajo: “Un extraordinario best seller mundial que no paga derechos. Explica de dónde venimos y hacia dónde vamos, con una inspirada descripción del trayecto”.

Hace unos días asistí a una conversación entre guionistas. Comentaban proyectos y dossiers para presentarse a diferentes becas y en ningún momento utilizaron la palabra resumen. Me explicaron que hoy se habla más de “sinopsis breve” (un párrafo de cuatro o cinco líneas) o de sinopsis larga (nunca más de treinta líneas). Y de elevator pitch y logline, dos conceptos que, rebozados por el prestigio de los anglicismos, llevan tiempo circulando por la industria audiovisual y el mundillo de la publicidad. 

El elevator pitch se llama así porque se entiende que tiene que ser una manera de resumir una historia que no dure más que un viaje en ascensor ( elevator ), quiero pensar que de un rascacielos. El logline todavía es más breve. Sería el anzuelo que, para que el interlocutor se haga una idea de la naturaleza narrativa del proyecto, incluya determinados ingredientes: tienen que salir el protagonista, el objetivo y el conflicto principal.

El concepto resumen ha sido substituido por otras denominaciones más sofisticadas

Para cerrar aquella biblioteca portátil , L’home invisible incluyó una reflexión final de Quim Monzó, que, con un sentido común visionario, escribió: “Que el resumen tiene ganada la batalla del futuro lo demuestra el hecho de que, cada vez más gente, de los libros solo leen el resumen de la contracubierta. Que es donde, realmente, un escritor demuestra su habilidad de embaucador, intentando vender el todo en unas pocas líneas”.