La serie canadiense Más que rivales (Movistar+) se ha estrenado precedida por una publicidad sensacionalista, propulsada por las abundantes escenas de sexo explícito entre los dos protagonistas, dos estrellas profesionales de hockey sobre hielo, musculosos y guapos, que juegan en equipos rivales y que, en paralelo a una lucrativa rivalidad deportiva, practican el fornicio homosexual clandestino con un entusiasmo perseverante. Uno es ruso y el otro canadiense, y durante casi una década esconderán su mutua atracción sabiendo que salir del armario les arruinaría la carrera, los patrocinios y la estabilidad de sus respectivos entornos familiares.
Lo novedoso del enfoque de Más que rivales es que las secuencias de sexo son tan numerosas que saturan, teniendo una extensión tal que semejan una crónica, en directo, de las ardientes citas entre ambos protagonistas. El otro descubrimiento de la ficción, mucho menos controvertido, radica en la utilización del smartphone como vía de interacción entre los personajes. Los intercambios por chat son casi tan recurrentes como los episodios íntimos, por lo que daría la sensación de que el día a día de estos jóvenes se restringe a copular y mandarse recados. Las charlas por móvil ya constituyen un tópico en casi cualquier producción de hoy, pero asombra que en este caso se tornen en un instrumento constante y machacón.
Su nueva obra gira en torno al móvil
Otro tratamiento narrativo del teléfono. El argumento de la última novela de Delphine de Vigan, Je suis Romane Monnier , también gira en torno a las peripecias de un smartphone. Sinopsis: un día, en un bar, el protagonista confunde su móvil con el de una mujer sentada en la mesa de al lado y se lo lleva. Este malentendido recuerda los intercambios fortuitos de maletas (las primeras páginas de la novela El mal entès de Màrius Serra incluyen una de esas confusiones) de muchas películas. De Vigan, sin embargo, introduce una variante: mientras que el hombre protagonista consigue que la mujer le devuelva el teléfono que se había llevado por error, ella le dice que no hace falta que le devuelva el suyo, le facilita la contraseña para desbloquearlo y, alehop, desaparece.
La mujer es la Romane Monnier del título y algunos críticos han definido el libro como una “novela vertiginosa sobre la vida en nuestra era digital”. La originalidad de la propuesta radica en que la intriga no se centra ni en un tesoro, ni en un cadáver, sino en un artefacto tan cotidiano como un teléfono. Como pasa en la serie de los jugadores de hockey, la novela también incluye muchas conversaciones-chats, pero, además, añade los datos de las aplicaciones: las horas de práctica del deporte o de sueño o las canciones más escuchadas. De manera que el lector va descubriendo quién era Romane Monnier y hasta qué punto su smartphone es el fiel espejo de un alma misteriosa con la cual resulta fácil, por la vía telefónica, sentirse identificado.