Un último cigarro, por favor
En portada
La literatura y el hábito de fumar estuvieron tradicionalmente muy asociados, pero la adopción social de hábitos más sanos ha transformado también esta relación. Nuevas normativas erradicarán el tabaco de las terrazas y los bares, espacios donde los cigarros solían habitar las tertulias literarias. Recordamos el paso de la galaxia de escritores fumadores a la escritura libre de humo

Un último cigarro
“En las terrazas la gente hablaba, conversaba, al tiempo que bebía y en el que fumaba, fumaba y fumaba”. Joan de Sagarra fue un reconocido acérrimo defensor del arte intempestivo del humo del tabaco. Se confesaba fumador de cigarros habanos y no se avergonzaba al afirmar que le gustaría palmarla con un robusto de Allones en una mano. Falleció mientras dormía, sin puro en mano, el pasado 9 de mayo. Terrazas como la del ya extinguido Guinea o las de la Puñalada habitaban el espacio de las tertulias literarias que se generaban con el humo de los que entre calada y calada se divertían, conversaban y sobre todo fumaban.
El cigarro, entonces, no era solo un vicio: era un gesto social, un complemento de la conversación y de la escritura. Pero en España el humo del tabaco empieza a ser la excepción: los nuevos planteamientos sanitarios han llevado a normativas más beneficiosas para la salud —y una creciente sensibilización social frente a los peligros por todos conocidos. Además, la imagen estereotípica del escritor con un cigarrillo entre los dedos ya forma del pasado: hoy día resulta muy raro que un autor, incluso aunque sea fumador, se fotografíe con el pitillo en la boca. También muchos de ellos, como el resto de la sociedad, han abrazado los beneficios de dejarlo. Pero hay algo indiscutible: se pierde una iconografía célebre. Y surge la pregunta: con la aprobación el pasado otoño del anteproyecto de ley antitabaco, que amplía la prohibición de fumar a las terrazas, ¿cómo afectará esta medida a las tertulias literarias?
⁄ El cigarro no era solo un vicio: era un gesto social, un complemento clave para la escritura y la conversación
El 3 de diciembre de 2024 los ministros de Sanidad de la UE aprobaron por unanimidad el objetivo de conseguir una generación libre de humo en 2040. Entre las medidas ratificadas del Plan Integral para la Prevención y el Control del Tabaquismo 2024-2027 se encontraba el fin del tabaco en las terrazas de los bares. De los más de 163.000 bares activos en España, entre el 40 % y el 50 % cuentan con terraza habilitada, lo que implica que más de 70.000 locales deberán señalizar en su momento, si la ley tira adelante, la prohibición del tabaco. La ley unifica criterios en todo el territorio y endurece el régimen sancionador, con multas que oscilan entre los 100 euros y los 600.000 en casos muy graves. Pero el tema no es una novedad: en 2011 ya se había prohibido fumar en los interiores.
Y es que la literatura y el humo han mantenido en España un vínculo inexorable desde que el tabaco fue provisto como símbolo de intelligentsia y avant-garde. Jean Nicot, embajador francés en Lisboa, presentó la planta en la corte de Catalina de Médicis, en 1560, y la usó como rapé —tabaco en polvo que se inhalaba por la nariz— para aliviar las jaquecas de la soberana, que no dudó en adherirse al consumo del exitoso remedio como fiel efervescente. Cortesanos, nobles y burgueses emularon su ejemplo. Lo que empezó siendo un remedio medicinal terminó convirtiéndose en una moda.

Fumar o no fumar no constituía un debate para los círculos culturales. Si se quería ser considerado un intelectual, la escritura debía ir ligada al humo. En el plano internacional, Albert Camus, Simone de Beauvoir, Charles Bukowski y Paul Auster fueron algunos grandes fumadores de felicidades nicotínicas. Entre nosotros, Terenci Moix también lo tenía claro. “¿Cómo voy a escribir una sola página sin mis aliados los cigarrillos?”, se preguntaba el novelista barcelonés. Fumaba setenta cigarrillos al día y afirmaba que estos, sin embargo, no le habían convertido en un Joyce. En su artículo Yo fui esclavo del tabaco , el escritor confesaba cómo el peso del humo iba a terminar por matarlo.
Los hay quienes no solo fumaban mientras escribían, sino que integraban ese gesto en la atmósfera de sus obras. Una relación de coexistencia entre los autores, el tabaco y el humo que ha nutrido la proliferación de la imagen del escritor maldito con un cigarro en mano. El placer culpable de ser consciente de una adicción y aun así persistir en ella. “Yo soy fumador… pero como mi mujer me manda hablar de lo dañino del tabaco... ¡qué remedio me queda!”, ironiza el monologuista de Sobre el daño que hace el tabaco, de Chéjov. En Anatomía del tabaco, Arthur Machen celebra sus euforias; Paul Auster, en Smoke, hace del humo materia narrativa. Zola, Gorki, Flaubert o Hemingway —la lista sería interminable— fueron fumadores compulsivos, mientras Oscar Wilde pone en boca de lord Henry de El retrato de Dorian Gray, una máxima inolvidable: “Es exquisito y le deja a uno insatisfecho. ¿Qué más se puede desear?”
⁄ La coexistencia entre los autores y el tabaco consolidó la imagen del escritor maldito con un pitillo en mano
El cigarrillo ofrecía también la posibilidad de intercambiar fuego o tabaco con otros fumadores. El séquito de intelectuales comenzó a vincularse con los cafés-tertulia y las botillerías del siglo XIX y de principios del XX en España. El café Pombo, un antiguo establecimiento de la calle Carretas de Madrid, junto a la Puerta del Sol, o el Café Gijón, en el Paseo de Recoletos, fueron espacios en los que las discusiones cohabitaban con el gusto por el humo.
Las fiestas en los bares y terrazas eran excusa para intercambiar ideas, palabras y también cigarros. Barcelona no eludió la moda y la fiebre por el vicio del tabaco no fue exenta de propagarse por toda la ciudad. Entre el color magenta y el estilo vanguardista, la antigua sala de fiestas Bocaccio fue un espacio donde el tabaco circulaba libremente sin tener que decirle nunca basta.
Cinco autores que lo dejaron
Frente a la imagen que asocia escritura y humo, el punto de vista de cinco autores que lo dejaron ofrece un contrapunto interesante. Es el caso de Javier Cercas en un artículo en El País Semanal: “El día que dejé de fumar comprendí que no era yo quien había estado fumando tabaco durante más de 30 años sino el tabaco quien me había estado fumando a mí”. Maruja Torres contó para ‘Guyana Guardian’ su proceso: “Dejarlo no me costó, me fumé un paquete entero y puse todo el resto de cartón al agua”. La estadounidense Deborah Eisenberg, en declaraciones en la Librería Letras Corsarias de en Salamanca, confesó su caso poco común: “Empecé a escribir porque dejé de fumar”. Mario Vargas Llosa, que dejó de fumar en Barcelona, agradeció los consejos médicos en una entrevista en 2013: “A mediados de los 60 ya me advirtieron de que el tabaco me estaba haciendo daño. No hice caso convencido de que sin tabaco la vida se me empobrecería terriblemente y que, incluso, perdería las ganas de escribir. Sería gracias a un médico vecino, años más tarde, cuando comprendí que fumar constituye un cataclismo sin remedio”. Finalmente, Juan Marsé contó a Jot Down en 2012 que tuvo que recurrir a la lectura: “Me costó tres días dejar de fumar en los que no pude hacer absolutamente nada. Me sentaba a trabajar y la mano se me iba en busca del cigarrillo en el cenicero. No tuve más remedio que esperar. Me dediqué a leer”.
El local fundado por Oriol Regàs en 1967, reunía al humo y a la intelectualidad de la ciudad. La gauche divine se vinculó con la imagen de bohemia y rebeldía que desprendía el local. Bocaccio. On passava tot de Toni Vall (Columna, 2020) recoge el testimonio de los miembros que vivieron la emblemática boîte y compartieron felicidades nicotínicas. “En aquella época yo ya fumaba puros y llevaba una purera de piel de cerdo. Colita llevaba támpax guardados en una cajita, que era como una purera, de color blanco. Nos cambiamos las pureras. ¡Y de repente, vi que me estaba fumando un támpax, eso era la gauche divine !”, relató Segarra en una entrevista. Frenesí, desenfreno y el humo como el nexo de unión. Historia en blanco y negro y gris.

Pipa’s Club, el último superviviente
“Al fumador de pipa le suele gustar especialmente el jazz y el blues, porque lo que le gusta es disfrutar”. Manel Vidaurrazaga, tesorero del Barcelona Pipa ‘s Club, que desde el 2015 se encuentra en el número 21 de la calle Santa Eulàlia del barrio de Gràcia, se enciende la pipa mientras saborea las palabras que acaba de pronunciar. Sus labios degustan el sabor que le otorgan los cuarenta años de fumador de pipa. “Cuando abrió el Pipa’s Club en la plaza Reial, en 1982, teníamos cerca de 200 socios. Se contagiaba el espíritu de la época de Picasso, Ramon Casas y Pere Pruna, pintor que tenía su estudio en el espacio donde, posteriormente, terminaría naciendo el club”. Junto con Josep Panes, presidente de la entidad cultural, Manel continúa tragando lo que queda del humo de la ciudad. A falta de espacio exterior los locales que dan pie para el debate, la tertulia y la juerga siguen escondidos por las callejuelas de Barcelona. Con la nueva normativa vigente, los resquicios del humo de las tertulias están aquí.
El local de culto a la pipa ya no abre cada día (solo lo hace los miércoles y viernes por las tardes) aunque el humo y las tertulias se mantienen vigentes. Lo añejo y la barra con alegorías a Sherlock Holmes, en estilo británico, revisten de recuerdos el espacio que continúa con el linaje del antiguo Pipa’s Club. Jazz verbal y palabrería que convergen en la sala de actos, lugar donde se realizan los ciclos de conferencias de ciencia, espiritualidad, sociedad y donde también se incluyen las presentaciones de libros. “Somos parte de un club cultural que lleva años reivindicando la pipa. Se habla de cine, poesía, literatura, música y hasta cursos de ópera. La pipa es un complemento ocasional para disfrutar del gusto del tabaco”, relata el tesorero.

El cigarrillo ofrece la posibilidad de intercambiar fuego o tabaco con otros fumadores, y está más directamente vinculado al ambiente bohemio del café. La pipa, en cambio, se asocia con procesos creativos más lentos y reflexivos, como la filosofía o la novela. Josep Maria Espinàs dibujaba con la pipa lo que luego transformaría en palabras. Se refería a ella como su compañera de trabajo.
Morir, desfallecer, desvanecerse… Cuando se trata de marcharse, no queda nadie. El tabaco no perdona, ni justifica. Vázquez Montalbán lo sabía: en el prólogo de El bello habano lo definió como una liturgia del pensamiento. A Antonio Machado sus alumnos lo apodaron la cenicienta porque dejaba los pupitres llenos de ceniza. Fueron cómplices de su adicción mortífera. Pero el humo —etéreo, persistente— sobrevive. Imperecedero acompaña a las palabras, que entre calada y calada, siguen escabulléndose por las callejuelas de Barcelona.
Literatura con nicotina
Gran parte de la literatura tiene sus bronquios llenos de humo. El que inhala la imaginación, el que exhala el tabaco. A modo de ritual se encendía el cigarro para encontrar la primera palabra, el principio del verbo, empezar a cabalgar por la página de nieve limpia. Una calada, después otra. El beso sostenido en una esquina de los labios, sus arañazos blancos alrededor del ojo. Su amarga saliva en el aire susurra al oído, aunque lo hace a la garganta. La frase respira, el párrafo se llena de oxígeno y se expande, la verdad es que está estrangulando los pulmones.
Fumar era tejer la historia al ritmo lento de las volutas en la punta de la lengua, el fluido eléctrico del humo engarzándolo todo, elevando al sujeto de la historia repleta de atmósfera. Cuántas brillantes páginas, rubias, negras, americanas, nacionales o de aroma francés, nos han legado los Gitanes, los Marlboro, el Lucky Strike, los Ducados. Bocanadas de creatividad con la urgencia del viejo periodismo dentro de una nube, el arrebato de aspiración larga del novelista, la íntima defensa propia del poeta.
---------------------
⁄ Consumió el cáncer empedernido a Highsmith, a Grass, Updike y Cheever, destruidos sus alveolos
---------------------
Un hábito a solas en el campo de batalla de paredes amarillas, y clima tertuliano en Les Deux Magots, A Brasileira, el Tortini, el Gijón con copas brandy para el bouquet, en tallo largo y dedos cortos los destilados, en petit noir el café fuerte. Vórtices y anillos de un ojo nebuloso en el centro exhalados por Simone de Beauvoir, Manuel Vicent, Javier Marías, Bioy Casares, Alejandra Pizarnik. Lo hacía a diario Pepe Hierro en El Juco de Santander. La oficina del poeta con rostro de diablo, donde los tréboles de la tragaperras, las conversaciones enmarañadas y la máquina del café, acomodaban los versos de Cuaderno de Nueva York.
En su habitación propia, Virginia Woolf vertía en su diario las olas emergentes de su cigarrillo en boquilla de plata. La inspiración casi le cuesta la mano de escribir a Clarice Lispector al quedarse dormida con el suyo encendido. El humo del incendió la despertó. Baroja liaba de golpe unos cuántos a modo de munición para Zalacaín, el aventurero. Pla, uno a uno en Bambú ensalivado y picadura sin boina. Camus, en combate sobre el abecedario de su Underwood, y la única compañía de su gato negro Cigarrette.
Muchos personajes no fueron inmunes al vicio de sus creadores. Dashiell Hammett, rasca la cerilla de un adjetivo áspero para encenderle a Sam Spade un pitillo de cosecha roja. En la barandilla de su cita con La Maga en el Pont des Arts Horacio Oliveira consume la esperanza de un pucho, y Bruno Testa dibuja con espirales blancas el ritmo flaneur del saxo de Johny Carter. Toma conciencia de los males de la nicotina Zeno Cosini impulsado por Svevo. Comparte Faulkner con Boon Hogganbeck su pipa de brezo con carga de Argento curado a fuego y sabor a chocolate y whisky. Frutos secos en la boca de Jules Maigret es la ofrenda del Dunhill húmedo de Virginia acolchado en la pipa ligeramente curva. Fuma compulsivamente Hans Castorp en La montaña mágica. Saben mejor las caladas prendidas por la lengua naranja del vástago con casco de fósforo —cuánta seducción de cine y de vida en ese gesto— para celebrar la gozosa exhalación del orgasmo entre los amantes Marguerite Duras y Lee Von Kim. La elegancia de Colette, distinguida en traje masculino, ligero en sus dedos el cigarrillo medio vacío, medio lleno. Kawabata y la sutileza de mago al sacar un Mild Seven de la manga de su kimono verde musgo.
Este placer deja huella, y no es extraño oler el tabaco de quién leyó antes las páginas de libros de segunda mano que tosen, como mi recién adquirido El filo de la navaja de Somerset Maugham. O al entrar en Ritual de Marcos-Ricardo Barnatán con aroma a H.Upmann entre la cábala de sus versos. Más aún si es la rapsodia dedicada por Guillermo Cabrera Infante, sin abrir desde hace años porque está llena de puro humo de Montecristo cubano.
---------------------
⁄ Muchos personajes, de Sam Spade al comisario Maigret, no fueron inmunes al vicio de sus creadores
---------------------
El tabaco es un veneno lento. Provoca más de 50 mil muertes anuales. Consumió el cáncer empedernido a Patricia Highsmith, a Grass, Updike, Cheever, y destruidos sus alveolos con sibilancias del páramo, a Juan Rulfo. También a José Ramón Ribeyro, tan flaco y de blanco como un Cleopatra egipcio, los lamparones de ceniza entre las 44 teclas y 88 caracteres, las hojas salpicadas de moscas grises con el ala rota. Ninguno, qué lástima, forma parte de la galería de fumadores de Modigliani, de Beckmann, de Magritte, de Kirchner, de Wesselmann.
Es hora de abrir la ventana y que huya el humo. Aprieto en el cenicero la cabeza del cigarro de puntillas, su último suspiro de ceniza, y punto.