‘Casa Calores’, un terrado donde pasa todo
Teatro
Pere Riera cuenta en la Sala Beckett la cotidianidad de una serie de personajes a lo largo de los años
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Jordi Boixaderas y Rosa Gàmizen en una escena de Casa Calores, que vuelve a la sala Beckett

Los terrados han sido espacios singulares e, incluso, míticos. Si alguien ha nacido en una casa de una población marítima, este terrado puede ser un mundo, donde se han vivido los pasajes más festivos, intensos y también íntimos. Es el caso del dramaturgo Pere Riera, que había vivido en Canet de Mar y que, cuando la Sala Beckett le encargó escribir una obra para la temporada 2007 dedicada íntegramente a la autoría catalana, se encontró con que su casa ya no existía.
“La casa ya no estaba y cuando vi el solar vacío fue un impacto. De hecho, la obra salió un poco sola”, confiesa al autor de Casa Calores, que ha vuelto a la sala del Poblenou de Barcelona a raíz del éxito del año pasado. Riera, que es el autor y el director, continúa: “De las obras que he escrito, esta, sin ser autobiográfica, sí tiene fragmentos de cosas que viví en Canet de Mar, pero la población no se menciona en la obra”.
La madre es Rosa Gàmiz y el manitas es Jordi Boixaderas, en tres actos situados en 1989, 1996 y el 2003
“No es un álbum de fotos –aclara Riera–, pero sí son momentos vividos. La madre no es mi madre pero sí es muy reconocible; también hay una especie de técnico de la NASA sin titulación, que es el manitas del pueblo, siempre disponible y guardián de todas las esencias; y los cuatro amigos de la adolescencia, que van creciendo a lo largo de los tres actos, situados en 1989, en 1996 y en el 2003. Los jóvenes empiezan con quince años”.
La madre es Rosa Gàmiz, el manitas es Jordi Boixaderas y el reparto se completa con los jóvenes Júlia Bonjoch, Arnau Comas, Eudald Font y Júlia Molins. “El nombre de Casa Calores lo he tomado prestado de una casa real y he pedido permiso. Me gusta porque lo encuentro muy eufónico”, manifiesta Riera. Cuando se estrenó en abril del 2024, el director de la Beckett, Toni Casares, explicó: “Apostamos por un teatro costumbrista sin complejos, que nos hace revivir un mundo que está en la memoria del autor y de los personajes. En este terrado de una casa de un pueblo de mar, la obra habla de ética personal y de dignidad”.
Casares también señaló que, si desde la lectura dramatizada del 2007 hasta ahora ha pasado tanto de tiempo es, entre otras razones, porque es una producción con muchos personajes: “Yo esperaba que la hiciera un teatro público, pero como no ha sido así, no me quiero morir sin verla en un escenario”. Cabe señalar que el escenario es una preciosa reproducción hiperrealista de una azotea del siglo pasado.
En esos 17 años, cuando Riera recuperó la obra, hizo una reescritura, hasta el punto de que es “una nueva versión”, puntualiza. “Ahora Casares me ha pedido un cuarto acto, pero no me ha salido”. Y concluye: “Vivir en un pueblo o en un entorno urbano son mundos muy distintos. Cuando te vas del pueblo no sabes si volverás”.
Reza la sinopsis que los veranos son estaciones preciadas y que la juventud es la más preciada de las etapas vitales. “Y cuando eres joven, una de las mejores cosas que te pueden pasar es vivir los veranos junto al mar. Si, encima, has nacido en un pueblo con barcas y espigón, es posible que todos los veranos de tu juventud estén empapados de un recuerdo cálido y salobre”.
