Las bicicletas de Putin

Deportes sin fronteras

Sofiane Sehili, as del ultraciclismo, se ha pasado 50 días en una cárcel rusa

Sofiane Sehili, tras quedar en libertad, el pasado mes de octubre

Sofiane Sehili, tras quedar en libertad, el pasado mes de octubre

ALAIN JOCARD / AFP

Putin, desde luego, no se aburre. Entre sus hobbies –según la CIA, el MI6 británico y otros servicios de inteligencia– figuran cortar cables submarinos, interferir en elecciones, lanzar drones y ciberataques, hacer que periodistas críticos se caigan por las ventanas, enviar disidentes a Siberia, invadir países, hacer todo lo posible por minar la Unión Europea (este último es un juego a dos en el que le acompaña su amigo Trump)... Y en cuanto a deportes, le encantan el hockey sobre hielo y el judo.

Habla de la futura organización de un Tour de Rusia (tal vez para fastidiar a Francia), pero no consta que le guste particularmente el ciclismo, ni siquiera que tenga una bicicleta (el clima de Moscú no es el más apropiado en cualquier caso). Las Ural –versión rusa de las Harley Davidson– es otra cosa, porque se asocian con los “lobos de la noche”, un grupo ultranacionalista con cuyos integrantes se ha fotografiado. Sin duda le va esa marcha. Con el fin de desestabilizar a Finlandia (miembro de la OTAN), Putin ha llevado a inmigrantes procedentes del Oriente Medio y África a la frontera con el país nórdico y les ha facilitado bicicletas para que la crucen, eludiendo así la prohibición de hacerlo a pie, una práctica que ha sido calificada de “guerra híbrida”. Pero algo muy distinto es que alguien entre en Rusia pedaleando, aunque se trate de un atleta reconocido en búsqueda de establecer un récord mundial.

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Es el caso del francés Sofiane Sehili, un as del ultraciclismo que recorrió 17.000 kilómetros en bicicleta para batir la marca del alemán Jonas Deichman en la Trans Eurasia, una ruta que va de Lisboa a Vladivostok, cargando con su propio material, atravesando zonas de guerra, cruzando diecisiete fronteras y soportando temperaturas extremas. Una epopeya.

Al principio todo fue viento en popa, con un promedio de 300 kilómetros y catorce horas diarias que le facilitaría batir el récord con tranquilidad. Sehili contaba con el cambio de ruta debido a la guerra de Ucrania, pero no imaginaba que la cantidad de camiones que circulan día y noche por las carreteras de Kazajistán sería una pesadilla. Optó por desviarse vía Uzbekistán, donde problemas mecánicos en su bicicleta y caminos sin asfaltar entre las montañas se confabularon para que perdiera la casi totalidad del margen de que disfrutaba para lograr su objetivo.

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Le quedaban solo los últimos doscientos kilómetros, para los cuales contaba con cruzar del norte de China (cerca de Corea del Norte) a Rusia con un visado electrónico con el que no había tenido ningún problema para pasar semanas atrás por Chechenia y Daguestán. Pero en ese paso fronterizo concreto solo se podía pasar como peatón, no como ciclista, ni siquiera llevando la bicicleta de la mano.

Los guardias le sugirieron que cogiera un tren hasta el siguiente puesto, pero ello habría invalidado su récord porque está prohibido recurrir a cualquier forma de transporte público. Sehili no estaba dispuesto a rendirse después de todas las penurias que había sufrido. Vio que si se sumergía en un arroyuelo podía pasar por debajo de la valla metálica, y llegar a un bosque que ya era territorio ruso. Lo hizo, pero del otro lado le esperaban policías que no creyeron su historia de que se había perdido, ni les interesó que aspirara a batir el récord de la Trans Eurasia.

Tras dos noches en la celda de una instalación militar, fue trasladado a una prisión en la que se pasó otras cincuenta. Tras declararse culpable en juicio, fue puesto en libertad ante la ausencia de agravantes. Putin, en un gesto de magnanimidad, le perdonó la multa de 550 euros que acompañaba a la condena. Y eso que no le interesa el ciclismo...

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