Nací con un privilegio, el de vivir justo en frente del campo de un equipo de fútbol profesional, el Club Esportiu Europa, que atravesaba en los años 60 su mejor época desde el final de la Guerra Civil que, como los lectores adolescentes saben, concluyó en 1939. Ahora cerraremos un 2025 esplendoroso con una moraleja que da que pensar: el premio a los éxitos es un desahucio temporal del Nou Sardenya y el destierro a partir del 15 de enero a un campo improvisado en Can Dragó –y aún gracias al Ajuntamiento de Barcelona–, cerca del barrio de Sant Andreu, donde tanto nos quieren.
¿No es acaso una de esas paradojas de la vida? Hacer las cosas bien y tener que cambiarte de barrio, precisamente un club cuya personalidad ha emanado siempre de la cercanía. Antes de explicar esta sinrazón, un par de datos: el CE Europa fue uno de los diez fundadores de la Primera División. El CE Europa, camiseta blanca con un escapulario azul, fue el primer equipo que le endosó cinco goles al Real Madrid en Liga (también el primero al que les metió una manita).
Cuanto más siga el CE Europa haciendo bien las cosas, más prolongado será el destierro de su campo
La temporada pasada, el CE Europa fue campeón de grupo de Segunda RFEF y, en consecuencia, ascendió a Primera RFEF, categoría de bronce en la que se exige profesionalidad y, ¡ay!, un césped de hierba natural. Profesionalidad nos sobra, dinero nos falta. Y una contribución decisiva –también en lo social– procede de las cuotas de los niños y niñas inscritos en la escuela del club, cuyos entrenamientos son incompatibles con un césped natural. ¿Trasladarles a ellos? ¿A dónde? Faltan campos de fútbol en Barcelona.
La sorpresa es que el equipo no ha acusado la nueva categoría sino que va tercero tras el Atlético Madrileño y el CE Sabadell, lo que nos llena de alegría y de angustias: ¿y si ascendemos a Segunda? ¿El destierro, como el éxito, nos devorará? Cuanto mejor lo hagamos, más complicado será volver a casa...
Son problemas de pobres, claro está, y todo se andará. De momento, hemos disfrutado de un Nou Sardenya lleno cada partido, un fortín (una de esas palabras belicosas del lenguaje deportivo vintage ), gracias a un público rejuvenecido, un presidente cercano, Héctor Ibar, una gran plantilla –¡ay el mercado de invierno!– que entrena Aday Benítez y esa conexión especial entre fútbol y barrio, tan insólita en Catalunya donde todo lo que no sea el Barça suena a extranjero.
Volver a Segunda sería para mí el premio a una fidelidad porque esa era la categoría que viví de niño. Y si no sucede, no pasa nada. El CE Europa seguirá siendo el equipo de mi vida. Y la de tantos amigos y vecinos que aún no conozco pero con los que celebraremos muchos goles.