Es tiempo de campaña electoral del Barça y Laporta no desaprovecha un minuto. Anunció ayer la desvinculación del club con la Superliga, convertido en el vehículo de un solo pasajero, el Real Madrid. En su obsesión por superar la magnitud de Santiago Bernabéu, Florentino Pérez patrocinó su obra cumbre, una competición sin precedentes en el fútbol europeo, ajena al mandato de la UEFA, gobernada por los clubs suscritos a la idea y el banco JP Morgan, que financiaba el modelo con 4.000 millones. De aquella revolución sólo quedan las cenizas. Laporta había ganado las elecciones apenas un mes antes de anunciarse la competición. Habló poco de la Superliga durante la campaña electoral. No se ahorró algunos reparos al proyecto. Investido de presidente, se transformó en un decidido entusiasta. El Barça estaba en quiebra técnica, fabricada durante años por sus disparatados derroches. La pandemia terminó por revelar una crisis insondable, la mayor en la larga historia del club.
El nacimiento de la Superliga se deslizó con nocturnidad, un breve comunicado emitido en la tarde del 18 de abril 2022, Sábado Santo, jornada de fútbol en Europa, en vísperas de la reunión de la UEFA que contemplaba el cambio de modelo y reparto de la Liga de Campeones. Firmaron 12 equipos, seis ingleses, tres españoles y tres italianos. La aventura estaba avalada por el banco JP Morgan: 4.000 millones que sonaban a gloria en los levantiscos.
Laporta ha demostrado una habilidad de gato callejero para moverse en el alambre
Importaba más el tamaño que la historia: Ajax, Benfica, Oporto y Celtic, grandes en historia, pero pequeños en mercado, se quedaron fuera. Entre los grandes también se detectaron ausencias. Bayern y Borussia Dortmund se negaron a participar. El presidente del PSG, Al Jelaifi, vio la oportunidad de jugar un nuevo rol. De sospechoso habitual por su origen qatarí a defensor integral de los valores que propugnaba la UEFA. Tres días después, el 21 de abril, la Superliga estaba liquidada. Los hinchas ingleses se levantaron en armas contra sus clubs. Los gobiernos de Francia, Alemania y el Reino Unido se opusieron a la competición, no así el español que guardó un silencio colaborador con los intereses del Real Madrid y el Barça, hasta que la realidad se impuso.
Los propietarios de los clubs ingleses pidieron perdón a sus aficionados y JP Morgan reconoció un grave error por desconocimiento de las peculiaridades sociales del fútbol. Una semana después, en la plantilla de la Superliga sólo figuraban tres socios: Real Madrid, Barça y Juventus. En 2023, la Juve se marchó todo lo discretamente que pudo. Florentino Pérez y Laporta se quedaron solos en el sidecar. Pilotaba el presidente del Madrid y a su lado viajaba el del Barça. Hasta cierto punto ha sido un viaje fascinante. Han sido cuatro años de colaboración tácita del Madrid y el Barça, perfectamente aprovechada por Laporta para obtener el amparo de Florentino Pérez en asuntos que finalmente beneficiaban al Barça en el mercado –caso Barça Vision y fichajes de Lewandowski, Raphinha y Koundé en 2022– o la inscripción de la ficha de Dani Olmo en enero de 2025, contra el criterio de LaLiga y la Federación. No son pocos los madridistas que acusan a Florentino de dejarse fagocitar por Laporta, que ha demostrado una habilidad de gato callejero para moverse en el alambre. La presencia de Alexander Ceferin, presidente de la UEFA, junto a Laporta en uno de los primeros partidos de la Liga de Campeones señaló la oficiosa salida del Barça de la Superliga, golpazo definitivo a Florentino. Su reacción fue previsible. Descargó los cañones contra el Barça, con la munición del caso Negreira. En tiempo de elecciones, nada le conviene más a Laporta que el aumento de las hostilidades con el Madrid. Esta vez ha utilizado el conducto oficial. Abandona la Superliga. Deja solo a Florentino en una moto que no va a ninguna parte y el Barça se sube entre ovaciones al autobús de la UEFA.