Manel Montilla fue un crío con suerte. Tenía cuatro años cuando su padre le llevó de la manita al Camp Nou. Luego, la escena fue repitiéndose: ambos juntos siguieron asomándose al templo azulgrana, y el niño se hizo adolescente, y conforme pasaban el tiempo y los partidos, al adolescente se le iba torciendo la mirada.
Ya no observaba a los futbolistas.
Ahora observaba a los fotógrafos que, tendidos en las esquinas del campo, sentados sobre cojines, retrataban a los futbolistas.
–Aburrido del juego, me dije: “Quiero ser como uno de esos fotógrafos” –nos cuenta Manel Montilla.
Y se empleó a fondo, niño dichoso.
(Pues es dichoso el niño que halla la vocación en la infancia: tiene la vida solucionada).
Querido lector, esto es lo que pasa cuando uno descubre su vocación. Que la exprime.
Y hacia ahí que se fue nuestro Manel Montilla, empeñado en cumplir su sueño: se fue a perseguir al tiet Antonio, fanático de la fotografía que tenía un laboratorio y revelaba negativos.
–Mi hermano y yo nos metíamos en el laboratorio, y así veíamos cómo sumergía un papel en un líquido y de allí salía una imagen –nos cuenta.
Manel Montilla fue un crío con suerte: tenía cuatro años cuando su padre le llevó al Camp Nou
Con el tiempo, confiesa ahora, Manel Montilla llegó a revelar fotos en los lavabos de los estadios, y ahora nos hemos ido 25 años atrás, cuando ya era un fotógrafo de Mundo Deportivo, que es donde ha pasado toda su carrera.
En este tiempo, Manel Montilla ha retratado a todo deportista que se precie, a Indurain, Ledecky, Messi, Ronaldinho y Aitana Bonmatí, a Nadal y Pau Gasol, y todas esas imágenes descansan en la hemeroteca de su periódico y también en Soc fotògraf (Editorial Numancia), el libro que el jueves presentaba en la Antiga Fàbrica Damm.
Y mientras cuenta batallitas le contempla un auditorio repleto de periodistas, fotógrafos, ex futbolistas y ex compañeros de facultad y ex compañeros de la mili, admiradores todos y también su hermana Raquel y su madre, Angelita, que al fin pide el micrófono y dice:
–Bueno, de niño Manel también quiso ser seminarista. Un día nos vino a casa con esa idea. Y yo le contesté: “Pues haz lo que quieras”. Lo que pasa es que luego se le pasó. Y lo que hizo fue hacer polvo muchos coches.
Silencio en la sala. Luego, risas.
Para compensar, Santi Nolla, su eterno director, reclama el turno y proclama:
–El fotógrafo es una mezcla de artista, técnico y periodista. Manel tiene todo eso. Y además, se ha integrado en el mundo digital.
Y desde allí arriba, desde el escenario, el homenajeado nos contempla con su cara de niño travieso, supongo que visualizando una nueva imagen. Pues el fotoperiodista nunca descansa.
Ni siquiera cuando habla.
