Por mucho que nos prevengan acerca de los perjuicios del doomscrolling (consumo compulsivo de noticias negativas, angustiosas o raritas a través de dispositivos móviles) ayer fue un mal día para, como dirían los genios, dejar de esnifar pegamento. Cómo reaccionar si no ante la publicación de la elocuente fotografía que vincula al científico Stephen Hawking con el caso Epstein, superpuesta después a la casualidad ibérico-cósmica de la muerte del golpista Tejero justo el día en que desclasificaban los archivos secretos del 23-F, y finalmente solapada por la gran pancarta de “No al racismo” en el Santiago Bernabéu, un estadio del que desconocíamos (aunque celebramos) esa sensibilidad ante una de las peores lacras de nuestra sociedad.
Fue emocionante ver desplegar de forma espontánea ese gran cartel detrás de una de las porterías, la Sur para más señas, habitualmente repleta de demócratas y garantes de la tolerancia, desde donde siempre se ha animado a los futbolistas con el mismo color de piel que Vinícius a luchar contra sus opresores, llegando a la obsesión de aportarles ideas con las que diversificar su vida laboral más allá del fútbol. Al portero nigeriano Wilfred, por ejemplo, le cantaban en los noventa eso de “¡negro, cabrón, recoge algodón”! Y tan solo hace una temporada proponían a Lamine Yamal, Raphinha y Ansu Fati ir a “vender pañuelos en un semáforo”. Entrañable.
Aficionados del Real Madrid despliegan una pancarta con el lema ´No al racismo´ durante el partido contra el Benfica
La pancarta que se desplegó no encaja con el perfil habitual de los ocupantes de esa grada
Una de las muchas virtudes del fútbol (hasta aquí la ironía) es que permite abandonar el consumo incontrolado de noticias para fijar la atención en un solo acontecimiento, en este caso el Madrid-Benfica. El partido llegaba acompañado de mucho ruido por los lamentables insultos (presuntos, aunque no mucho) del jugador Prestianni a Vinícius y de una reacción tibia por no decir bochornosa del Benfica, que no estamos aquí para hablar de buenos y malos.
Sobre el césped hubo menos sorpresas que en la pantalla del móvil. El Madrid de Arbeloa no fue nada del otro mundo, de hecho fue dominado por los portugueses, que se plantaban en el área blanca sin apenas dificultad a lo largo de muchas fases del partido, pero al final pasó lo previsible y acostumbrado en estos casos. Pesó la camiseta blanca en los momentos clave del partido, con el oportuno gol de Tchouaméni para neutralizar el inicial de Rafa Silva, y la sentencia de Vinícius en una galopada al espacio libre con el rival volcado de manual. De hecho se han dado miles de contragolpes así en la historia de este estadio, desde ayer, ojalá fuera así, antirracista.