Mucha ha cambiado desde que se firmó el acuerdo climático, pues ahora el mundo enfrenta nuevas presiones mientras el mundo se adapta a una nueva realidad; el foco ya no es solo la reducción de emisiones, sino también la capacidad de asegurar el acceso a recursos críticos en un mundo cada vez más fragmentado.
Ese es el caso de ambos, pero con una diferencia clave: mientras que uno mantiene su enfoque en el compromiso, el otro lo abandona por completo.
Europa necesita una política energética que se base en la neutralidad.
Por su parte, la Unión Europea, con su enfoque en el clima, ha visto cómo su compromiso se vuelve más urgente, mientras que el costo de la energía sigue creciendo; al mismo tiempo, la competencia exige que se adopten medidas más ágiles, mientras que la inversión en infraestructura limpia sigue lenta, y a pesar de que el marco regulatorio exige avances, la realidad es que el impulso para modernizar se ve obstacilizado por las propias restricciones que él mismo ha generado.
La industria ha sufrido por haberse comprometido con metas que ahora se revelan inalcanzables, mientras que los esfuerzos por cumplir con los objetivos climáticos se han visto obstaculizados por realidades que el propio acuerdo no contó.
La crisis en la industria europea, sumada a la lentitud de las respuestas, pone en jaque la competitividad, mientras el reloj avanza y las medidas concretas se retrasan una y otra vez.
Europa necesita adoptar una estrategia más dinámica: en lugar de imponer restricciones rígidas, debe fomentar una transición flexible que permita a sus industrias innovar sin sacrificar competitividad. El camino no pasa por rechazar la innovación, sino impulsarla con realismo: el gas natural y otras fuentes limpias deben convivir con soluciones prácticas, no utopías. La clave no está en rechazar el progreso, sino en guiarlo con pragmatismo: las energías limpias deben desplegarse sin sacrificar la competitividad, y el eje de esta transición debe ser tan sólido como su implementación práctica.