Historia contemporánea

De Sandino a Maduro: los más buscados por EE. UU. En el Caribe

En el punto de mira

Washington ha emprendido persecuciones implacables contra guerrilleros, dictadores o narcotraficantes que han desafiado sus intereses en el último siglo

Un hombre muestra una imagen alterada digitalmente del derrocado presidente venezolano Nicolás Maduro

Un hombre muestra una imagen alterada digitalmente del derrocado presidente venezolano Nicolás Maduro

ERNESTO BENAVIDES / AFP

La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero fue solo el último episodio en una larga tradición en la que EE. UU. Ha perseguido a destacadas figuras de países caribeños que han desafiado sus intereses. Bajo la máxima de “el fin justifica los medios”, los métodos empleados contra estos rivales han sido muy variados: desde la operación militar al magnicidio.

EE. UU. Consagró su hegemonía en el Caribe tras la guerra con España de 1898. El desarrollo de una poderosa armada le permitió hacer valer por fin la doctrina Monroe ante las potencias europeas, y en las primeras décadas del siglo XX pudo imponer sus objetivos a los países de la región. El interés por controlar esta área se acrecentó cuando se completó la construcción del canal de Panamá en 1914.

A principios del siglo pasado, el creciente intervencionismo de EE. UU., “las guerras bananeras”, encontró la oposición de líderes locales que querían librar a sus respectivos estados de este intervencionismo. La respuesta de Washington siempre ha sido recurrir a todos sus resortes de poder –fuerzas militares, servicios de inteligencia, presión económica y política– para perseguirlos.

El nombre que abrió este listado fue el de Augusto Sandino, líder guerrillero nicaragüense que tomó las armas contra los estadounidenses cuando estos intervinieron en su país a partir de 1927.

Augusto César Sandino.
Augusto César Sandino.Dominio público

La justificación que dio el presidente Calvin Coolidge para enviar a los marines a Nicaragua fue poner fin a la guerra civil entre liberales y conservadores. Pero el despliegue de estas tropas también iba destinado a proteger los importantes intereses económicos estadounidenses (en forma de plantaciones fruteras y minas de oro, principalmente) y las bases navales en el país.

La misión pacificadora pareció funcionar con la firma del acuerdo de Tipitapa, por el cual las partes acordaban dejar las armas y autorizaban a EE. UU a emplear la fuerza si algún grupo quería continuar la lucha. El general liberal, Augusto Sandino, fue el único que rechazó este pacto y calificó de traidores a sus antiguos camaradas por aceptar la injerencia exterior.

A partir de aquí, este líder comenzó una insurrección armada que hostigó a los estadounidenses. La captura de Sandino se convirtió en una obsesión para los marines y desde Washington lo tildaron de “bandido” (el equivalente de la época para terrorista o narco) y de ser una especie de agente bolchevique, aunque su ideología era más bien una mezcla de nacionalismo y justicia social.

Desgastado políticamente por la larga intervención, EE. UU. Se retiró del país en 1933, pero no cejó en el empeño de dejar fuera de combate a Sandino. Cedió la responsabilidad de la persecución a la Guardia Nacional nicaragüense, dirigida por Anastasio Somoza, quien se convirtió en el hombre de confianza de Washington en el país.

Revisión de la Marina de los EE. UU. por el presidente José María Moncada Tapia y el general Anastasio Somoza García
Revisión de la Marina de los EE. UU. Por el presidente José María Moncada Tapia y el general Anastasio Somoza GarcíaTerceros

Con la excusa de firmar un acuerdo de paz, Sandino fue engañado, arrestado por la Guardia Nacional y fusilado el 21 de febrero de 1934. Washington jamás reconoció su implicación. Pero como explica el historiador Lester Langley, autor del libro de referencia The Banana Wars, poco antes de la detención del guerrillero, Somoza se reunió con Arthur Bliss Lane, diplomático estadounidense encargado de los asuntos de Nicaragua, “y salió convencido del apoyo moral de EE. UU.”.

La muerte de Sandino no acabó con sus ideas. Años después, su figura inspiraría la creación del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1961, que se haría con el poder en 1979 y que ha gobernado la nación centroamericana en diversos períodos con Daniel Ortega al frente.

Tras Sandino, el siguiente gran foco de atención para EE. UU. En el Caribe llegó ya con la guerra fría en marcha. La revolución cubana fue vista por la Casa Blanca como la gran amenaza para sus intereses en América Latina y una puerta de entrada a la influencia soviética en el continente. Con esta percepción, Fidel Castro se convirtió en el enemigo número 1 de Washington en el Caribe.

La CIA asumió el liderazgo en los intentos de derrocar o eliminar a Castro. La acción más célebre fue la fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961, protagonizada por un grupo de mercenarios contratado por esta agencia de inteligencia y con importantes repercusiones políticas para la administración Kennedy.

Un momento de la invasión de la bahía de Cochinos.
Un momento de la invasión de la bahía de Cochinos.Rumlin / CC BY-SA 3.0

Además de la conspiración militar, la CIA también intentó asesinar a Castro en múltiples ocasiones en la primera mitad de los años sesenta. Se planearon diferentes vías: envenenamiento, atentado con bomba, francotiradores… Aunque, según las comisiones Church y Rockefeller (que fiscalizaron las operaciones de la agencia), ninguna de estas intentonas de magnicidio llegó a materializarse.

Las comisiones hablaron oficialmente de ocho intentos de asesinato contra Castro entre 1960 y 1965 (fecha en la que se detuvieron estas acciones). Pero Fabian Escalante, exjefe de la inteligencia cubana, cifró en 634 las tentativas. Una de las principales consecuencias de los grupos de trabajo de Church y Rockefeller fue que el presidente Gerald Ford firmara la Orden Ejecutiva 11905, que prohibía a la CIA llevar a cabo operaciones de eliminación, ya fuera contra el líder cubano o cualquier otra persona.

De amigos a enemigos

Washington también puso en el punto de mira a líderes que dejaron de ser útiles a sus intereses u optaron por una agenda propia. El primer caso en esta categoría sería el dictador de República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo, fiel aliado de EE. UU. Por su férreo anticomunismo, pero a finales de los años cincuenta comenzó a actuar con una autonomía que incomodó a la Casa Blanca.

Varios atentados contra opositores en suelo estadounidense y contra otros dirigentes como Rómulo Betancourt, presidente venezolano, que habían denunciado la represión de su régimen, valieron al gobierno de Trujillo un aislamiento internacional liderado por la Organización de Estados Americanos (OEA).

Rafael Leónidas Trujillo gobernó con puño de hierro la República Dominicana durante 31 años
Rafael Leónidas Trujillo gobernó con puño de hierro la República Dominicana durante 31 añosTerceros

Washington temió que, si Trujillo se mantenía en el poder, la situación desembocara en una revolución izquierdista en República Dominicana. Al poco de asumir el cargo, el presidente Kennedy intentó una solución diplomática y pidió al dictador dominicano que abandonara el mando por propia voluntad. Ante la negativa del dirigente caribeño, se dio luz verde para que la CIA ideara una manera de derrocarlo.

La opción de la inteligencia estadounidense fue armar a un grupo de conspiradores. Estos lograron asesinar a Trujillo el 30 de mayo de 1961. Aunque el régimen pareció continuar, en septiembre de ese año hubo un golpe militar que acabó derivando en la convocatoria de elecciones libres el 20 de diciembre de 1962.

El siguiente caso es el de Manuel Antonio Noriega, dictador de Panamá. Antes de ser depuesto por EE. UU. En 1989 durante la operación Causa Justa, fue un informador de la CIA. La inteligencia estadounidense lo reclutó en los sesenta, cuando era un oficial militar que pronto demostró habilidad para el espionaje y aportó información valiosa sobre Cuba y Nicaragua.

Cuando Noriega se convirtió en el dirigente de facto de Panamá en 1983, la relación con EE. UU se deterioró, debido a sus vínculos con el narcotráfico y su doble juego prestando ayuda a Cuba y a guerrillas comunistas en la región. En febrero de 1988, los primeros juzgados de EE. UU. En Florida acusaron formalmente de narcotráfico al caudillo centroamericano. Además, el Senado y la Casa Blanca incrementaron la presión sobre Noriega con una serie de sanciones.

El dictador panameño Manuel Antonio Noriega saluda a las tropas en una localización no identificada en 1985 
El dictador panameño Manuel Antonio Noriega saluda a las tropas en una localización no identificada en 1985 EFE

El punto culminante llegó en 1989, con las acusaciones de fraude electoral contra el líder panameño, que respondió con el asesinato de un militar estadounidense. Por supuesto, ambas partes tenían muy presente el control del canal de Panamá en su pulso. Para Noriega era una carta con que buscar apoyos contra EE. UU., mientras que los estadounidenses no podían permitir tener un líder hostil en un país que albergaba una infraestructura tan importante.

Al final, el 20 de diciembre, tropas de EE. UU. Invadieron Panamá para deponer a Noriega. Este se refugió en la Nunciatura Vaticana, dando lugar a un asedio de diez días protagonizado por la Delta Force –la misma unidad de fuerzas especiales que capturó a Maduro–, hasta que el dictador se rindió. Luego fue juzgado y cumplió 17 años de condenas en EE. UU.

La amenaza del narco y la Delta Force

La administración Trump esgrimió la cuestión del narcotráfico cuando incrementó la presión militar sobre Venezuela en 2025, pero la lucha contra el tráfico de drogas es una causa que diversos gobiernos estadounidenses han esgrimido para intervenir en América Latina desde 1971.

Ese año fue cuando la prensa estadounidense comenzó a utilizar la expresión war on drugs, “guerra contra las drogas”, cuando el presidente Richard Nixon pronunció un discurso en el que dijo que los narcóticos eran el enemigo público número uno del país. Once años después, Ronald Reagan dio un paso más al militarizar las operaciones contra los grandes traficantes.

El caso paradigmático de la “guerra contra las drogas” se produjo entre finales de los ochenta y principios de los noventa con la persecución a Pablo Escobar, líder del cartel de Medellín. Tras el asesinato del candidato Luis Carlos Galán y el atentado al avión de Avianca (con dos estadounidenses muertos entre las 110 víctimas), el presidente George Bush (padre) definió el célebre “narco” como una “amenaza a la seguridad nacional”.

Pablo Escobar
Pablo EscobarTerceros

A partir de aquí, la Casa Blanca destinó una ayuda importante a Colombia, tanto militar como en agentes de la DEA, que ayudaron a perseguir a Escobar. Tras su fuga de la prisión de La Catedral en 1992, la Delta Force fue enviada al país para entrenar al Bloque de Búsqueda, la unidad especial local destinada a perseguir al líder del cartel de Medellín, y que acabaría matándolo el 2 de diciembre de 1993.

En sus diferentes formas, desde la conspiración de espías a la intervención más directa, estas persecuciones han sido un termómetro de cómo EE. UU. Ha enfocado la relación con sus vecinos caribeños y su voluntad para intervenir de forma más o menos directa en la escena internacional. 

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