Dinamarca ya le dio a Estados Unidos lo que quería en Groenlandia: fue en 1951
Tensión en el Ártico
Tras los intentos de Washington de comprar la isla en 1946, el tratado posterior con Copenhague, que sigue en vigor, le dejaba las manos libres militarmente para hacer en ella cuanto quisiera

Una bandera estadounidense se exhibe en la fachada del consulado de Estados Unidos en Nuuk, Groenlandia
“Eso es como sugerirle a un hombre que se cure de su dolor de muelas cortándose la cabeza”, le dijo el ministro danés de Exteriores a su homólogo estadounidense el 16 de diciembre de 1946. Respondía así al enésimo intento de Washington de comprar Groenlandia, después de que el enviado del presidente Truman le contase que la isla era “un área vital para la defensa de Estados Unidos” y una fuente de “ansiedad” ante la posibilidad que otra potencia se hiciera con ella. Cuando el estadounidense añadió que librarse de Groenlandia sería además un “alivio” para la economía danesa, fue probablemente cuando el ministro pensó aquello de las muelas y la decapitación.
Leyendo los documentos desclasificados estadounidenses que detallan la conversación, uno tendría la tentación de pensar que nada ha cambiado en 80 años. Los argumentos de Trump son los mismos que los de Truman, en Dinamarca siguen pensando lo mismo y hasta el ministro danés de Asuntos Exteriores se sigue apellidando Rasmussen. Sin embargo, hay una diferencia clave. En 1951, cinco años después de aquella conversación, los dos países firmaron un acuerdo en el que Washington recibía casi todo lo que quería en Groenlandia a cambio fundamentalmente de una cosa: que la isla siguiera siendo danesa.
Groenlandia, una base militar de EE. UU. Desde la Segunda Guerra Mundial
Cuando el ministro danés rechazó aquella propuesta de compra en 1946, el ejército estadounidense ya llevaba cinco años en Groenlandia. En abril de 1941, mientras Dinamarca estaba ocupada por los nazis, su embajador en Washington había firmado por su cuenta un acuerdo en el que autorizaba a EE. UU. A construir y operar bases militares en la isla hasta “que hubieran pasado los presentes peligros para la paz y la seguridad del Continente Americano”. Las fuerzas armadas estadounidenses estuvieron muy presentes en Groenlandia durante toda la guerra y siguieron allí cuando terminó.

El Parlamento danés había ratificado aquel acuerdo tras la liberación del país, pero en los siguientes años se hizo evidente que habían aparecido nuevos “peligros para la paz” que no eran los de la Segunda Guerra Mundial y que requerían un nuevo entendimiento con EE. UU. En Groenlandia. Dinamarca no quería vender la isla, pero sí ir de la mano de Washington. A finales de los años cuarenta se convirtió en un país fundador de la OTAN y un gran beneficiario del Plan Marshall. Así, con la guerra fría tomando forma tras adquirir la URSS capacidad nuclear, Washington y Copenhague se sentaron a negociar de nuevo.
EE. UU. Buscaba, ya que no le iban a dar la soberanía de la isla, al menos un papel en el que le dejaran campar a sus anchas en Groenlandia. Dinamarca, todavía muy dañada por la última guerra, quería un acuerdo en el que no pareciera que entregaba la isla a los estadounidenses, sino simplemente que aceptaba ayuda para defenderla. Washington, además, tenía prisa. Ya estaba trazando los planes para construir una nueva base en el norte de Groenlandia que sería fundamental en un potencial conflicto nuclear con la Unión Soviética.
El acuerdo que tendría que haber impedido la crisis actual
Los equipos de negociación se reunieron el 27 de marzo de 1951 en Copenhague. Las dos delegaciones tenían sus diferencias, pero también había en ambas partes mucho realismo: los estadounidenses sabían que necesitaban las bases militares y que tendrían que hacer algunas concesiones al orgullo nacional danés para que la negociación no se alargara, mientras que el gobierno de Dinamarca aspiraba únicamente a “vestir” un acuerdo inevitable con un mínimo de dignidad para no crearse problemas políticos ni darle munición a la oposición comunista, que por motivos obvios estaba totalmente en contra de cualquier colaboración con Washington.
Los diplomáticos daneses no trataron siquiera de ocultar esa realidad durante las negociaciones. Así lo recogen los documentos del Ministerio de Exteriores, que citan a un miembro de su delegación danesa explicándoselo de forma clarísima a los enviados de Truman: “Deben ustedes reconocer que les vamos a dar los derechos que necesitan. Se trata solo de vestir la cosa para que podamos ir al Parlamento y decir que le vamos a dar a EE. UU. Ciertos derechos en Groenlandia, pero que no les vamos a entregar Groenlandia”.
Una de las discusiones fundamentales se resolvió prácticamente por sí sola. EE. UU. Buscaba inicialmente una autorización de Dinamarca para usar la isla para defender el territorio OTAN, mientras que los daneses querían presentarlo como un acuerdo por el que EE. UU. Ayudaba a Dinamarca a defender ella misma Groenlandia. Finalmente se impuso la realidad preferida por los estadounidenses, pero con la terminología propuesta por Dinamarca, ya que a nadie le interesaba declarar públicamente que se iban a construir una serie de bases con el propósito principal de ganar una guerra nuclear global.

Los estadounidenses, eso sí, cortaron de raíz las ilusiones de sus socios sobre una supuesta cooperación entre iguales. Descartaron que el comandante danés de Groenlandia tuviera autoridad real alguna sobre los bombarderos estadounidenses y las otras tropas desplegadas en la isla. También, aunque permitieron que hubiera oficiales de enlace daneses en las bases estadounidenses, se especificó que sería solo para discutir asuntos “locales”, nada de carácter estratégico.
Al final, en palabras del profesor de la Universidad de Aarhus Nikolaj Petersen, “no hay duda de que EE. UU. Se llevó la mejor parte del acuerdo”. Hizo concesiones simbólicas, como poner las banderas de ambos países en las bases, pero “básicamente lograron todas las que querían” y se aseguraron de que el acuerdo especificase que podían hacer en ellas lo que les pareciera, moverse de una a otra con total libertad y usar sin ninguna restricción todo el espacio aéreo y aguas territoriales de la isla. El acuerdo fue firmado después de apenas un mes de negociación y sigue en vigor.
Entonces, ¿qué más quiere Trump?
Trump, como Truman en 1946, dice que tener Groenlandia es una necesidad para la seguridad nacional de EE. UU. Advierte que si no es su país el que toma la isla, lo harán los rusos o los chinos, y también señala que Groenlandia es clave para el despliegue de su planeado escudo antimisiles, que ha llamado “la Cúpula Dorada”. La versión oficial desde Dinamarca, por el contrario, es que a Washington no le hace ninguna falta arrebatarle la soberanía de la isla para defenderse: dicen que los privilegios otorgados en el acuerdo de 1951 siguen siendo válidos y apuntan a que se pueden hacer nuevas concesiones.
La verdad es que Dinamarca ha sido desde hace 80 años un aliado modélico para los estadounidenses. En la guerra fría llegó a autorizar tácitamente incluso el almacenaje de armas nucleares en la isla. Cuando EE. UU. Invadió Afganistán en 2002, Copenhague envió tropas que se quedaron en aquel país durante casi dos décadas, y también participó militarmente en la ocupación de Irak tras el derrocamiento estadounidense de Sadam Husein. Todavía hoy, en Groenlandia, EE. UU. Mantiene aquella famosa nueva base que autorizó el acuerdo de 1951, que se construyó con el nombre de Thule y hoy se conoce con su denominación groenlandesa, Pituffik.
Pituffik es la instalación militar estadounidense más cercana al Polo Norte y cuenta tanto con un aeródromo como con un puerto de aguas profundas que solo puede operar unas pocas semanas al año. La base es aun así una pieza clave del sistema de detección y seguimiento de misiles que podría salvar a EE. UU. En caso de un ataque nuclear. A 100 kilómetros del punto habitado más cercano, la base cedida por Dinamarca continúa asentándose en la ruta más corta que puede seguir un misil para ir de Rusia hasta la zona continental de EE. UU., igual que en 1951.
A Trump, claramente, no le vale con esto. Aunque no sería la primera vez que cambia de opinión, su postura a día de hoy es que cualquier solución que no pase por la soberanía estadounidense en la isla “es inaceptable”, y que el uso de la fuerza militar está sobre la mesa. Como en 1946, Dinamarca no está dispuesta a “curarse de su dolor de muelas cortándose la cabeza” en Groenlandia, pero tal vez no le dejen mucha más alternativa.

