Historia contemporánea

Enlodados, mojados y endurecidos: el testimonio genuino de las figuras centrales de la Segunda Guerra Mundial.

Historia social

La existencia de los combatientes en el conflicto más prolongado disputado hasta aquel momento transcurre entre infortunios de diversa índole que se vieron obligados a resistir, vivencias que a menudo rozaban las fronteras de la condición humana.

Imagen coloreada digitalmente del avance hacia Omaha Beach en Normandía el Día D, 6 de junio de 1944 (Photo via Smith Collection/Gado/Getty Images).

Imagen coloreada digitalmente del avance rumbo a Omaha Beach en Normandía durante el Día D, 6 de junio de 1944 (Captura de Smith Collection/Gado/Getty Images).

Smith Collection/Gado / Getty

Según indicaba el general Patton, los conflictos bélicos se libran con armamento, pero la victoria recae en los soldados, y quienes lucharon en la Segunda Guerra Mundial debieron resistir ante numerosos adversarios temibles que no cargaban fusiles: las temperaturas extremas, la humedad, las patologías, las drogas, los insectos, los tiburones... Un sinfín de desdichas que, pese a no poseer la mística de un combate, constituyeron el núcleo de sus penurias a lo largo de toda la lucha.

Existían sufrimientos que resultaban del todo ineludibles: al desempeñarse como artillero de un blindado en el norte de África, se comprendía que el riesgo vital transcurriría por horas en una caldera de metal a 45 grados, y para un alemán avanzando hacia Moscú en diciembre, resultaba sencillo prever que tarde o temprano se alcanzarían los 40 bajo cero. No obstante, otros infortunios derivaban únicamente de la impericia, la carencia de planificación o la mezquindad, tal como explica la historiadora Mary Louise Roberts en Puro sufrimiento.

Las lesiones provocadas por el clima gélido y húmedo, especialmente el denominado “pie de trinchera”, representaron una verdadera plaga que se pudo haber prevenido mediante algo tan básico y rudimentario como una provisión constante de calcetines limpios y secos. El ejército estadounidense estima que las afecciones podales, que en ocasiones derivaron en amputaciones, hospitalizaron a cuarenta y seis mil de sus efectivos durante el invierno final del conflicto, una cifra similar a la de los alemanes, lo que equivalía a tres divisiones íntegras.

A diferencia de los británicos, quienes aprovecharon la experiencia de la Primera Guerra Mundial para organizar una labor nacional de tejido de calcetines de lana bajo el mando de la reina, la reina madre y la princesa de Gales, sus aliados estadounidenses padecían el pie de trinchera como una desdicha constante que algunos soldados incluso anhelaban para abandonar el combate. Debido a esto, al concluir la guerra, los jefes estadounidenses amenazaron con procesar ante un consejo de guerra a los militares que “descuidaran” sus pies, si bien no se había resuelto el conflicto de suministros: diversas compañías de infantería carecían de calzado o solo disponían de dos tallas, convirtiendo el uso de botas apropiadas en un suceso extraordinario y las caminatas prolongadas en un tormento absoluto.

La guerra maloliente

Una sección de la problemática se vinculaba con la meteorología y el aseo personal. El otoño y la primavera en Europa convertían las excavaciones en ciénagas de fango donde era inviable mantenerse seco y mucho menos pulcro. A la “plaga” del pie de trinchera, de acuerdo con el general estadounidense Omar Bradley, se añadía el sentimiento de pasar la jornada entera mugriento y sumergido en agua. Según lo equiparó un militar alemán, “agotados de chapotear, rebozarnos y luchar en el barro hasta parecer cerdos”.

A este escenario tan pintoresco se añadía, asimismo, la carencia de higiene. Un combatiente aliado que desembarcó en Normandía aseguró haber estado tres meses sin una ducha de agua caliente. Sin embargo, la dificultad más urgente residía en los periodos de lucha en el frente sin servicios sanitarios o retretes apropiados. “El olor de los desechos humanos y el sudor, combinado con el explosivo, el pie de trinchera y las heridas infectadas, habría hecho vomitar al mismo demonio”, relataba otro, pero las repercusiones eran superiores: aquel contexto propiciaba el desarrollo de la disentería y de diarreas fatales.

Soldados estadounidenses combatiendo en las calles de Cherburgo
Soldados estadounidenses combatiendo en las calles de CherburgoDominio público

Lejos de Europa, el riesgo mayor consistía en padecimientos como la malaria o el beriberi. A inicios de 1943, los japoneses eliminaron a aproximadamente siete mil militares aliados en los combates de Papúa Nueva Guinea, no obstante, dicha cantidad es mínima ante las más de 37.000 bajas estadounidenses y australianas derivadas de infecciones tropicales. En el norte de África, los estadounidenses pasaron de registrar 700 casos de malaria en 1942 a más de 32.000 durante el ciclo siguiente.

Aparte de las dolencias tropicales o de la aspereza de la lucha en la selva, ciertos combatientes aliados del frente del Pacífico lidiaron con distintos peligros espantosos que eran ajenos a sus adversarios japoneses. Los tripulantes del crucero Indianápolis, por citar un caso, fueron los damnificados de la mayor agresión de escualos registrada a postrimerías de julio de 1945, cuando faltaba escasamente un mes y medio para la conclusión del conflicto. 

Supervivientes del USS Indianapolis en Guam en agosto de 1945
Supervivientes del USS Indianapolis en Guam en agosto de 1945Dominio público

La embarcación se dividió en dos partes luego de recibir el impacto de torpedos lanzados por un sumergible japonés en el mar de Filipinas, aunque cerca de 900 de los aproximadamente 1.200 marinos lograron salir con vida de la agresión inicial. Prácticamente desprovistos de víveres o agua y a la deriva bajo el sol, la agitación constante de los náufragos comenzó a llamar la atención de multitud de tiburones oceánicos, los cuales iniciaron alimentándose de los cadáveres para pronto atacar a quienes seguían vivos. Finalmente, durante las cuatro jornadas que transcurrieron hasta el arribo de la primera nave de auxilio, un tercio de los que habían resistido inicialmente falleció. Ciertos hombres perecieron intoxicados por ingerir agua de mar y cerca de 150 resultaron devorados por los escualos.

Para volverse loco

En el transcurso de la contienda, medio millón de efectivos estadounidenses experimentaron “colapsos psiquiátricos” durante su estancia en primera línea, y un 40% de todos los retiros médicos definitivos registrados se originaron por complicaciones de salud mental. La mayor parte de estos militares padecían lo que se conoció como fatiga de combate, si bien previamente se le había designado con términos como “el shock de la bomba” o “la enfermedad del viejo sargento”.

Las manifestaciones resultaban diversas. Los combatientes mostraban apatía e irritabilidad, mientras que bastantes sufrían de fatiga, falta de sueño, palpitaciones o mareos. Por décadas, las fuerzas armadas calificaron dichos trastornos como una muestra de flaqueza o el resultado de padecer afecciones psicológicas anteriores, no obstante, ocurrió en la década de los cuarenta cuando “la medicina militar finalmente entendió que la cuestión no era si un soldado se quebraría mentalmente en combate, sino cuándo lo haría”, según expresa el Museo Nacional estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, en Nueva Orleans.

El entorno de las trincheras y la lucha resultaba el escenario ideal para que surgiera una afección neurótica de esta clase, vinculada estrechamente con la tensión psicológica: el flujo de adrenalina, el peligro incesante, el fallecimiento de camaradas, la incapacidad de dormir adecuadamente, la nutrición deficiente, la carencia de salubridad... Los combatientes relatan que la existencia en el frente era un pánico continuo plagado de estruendos atronadores y conmociones, si bien, tal como afirmaba el autor galo André Malraux, ciertos individuos se habituaban con prontitud: “Si en la guerra fuera necesario preocuparse por cada ruido, no sobrevivirías”.

El complejo regreso de los militares a sus hogares.

La ingesta desmedida de alcohol constituyó una de las secuelas postraumáticas que padecieron los excombatientes.

Para la inmensa mayoría de los militares, no existía meta más fundamental que sobrevivir al enfrentamiento. No obstante, tras concluir la batalla y retornar a sus hogares, bastantes descubrieron que debían coexistir con los traumas del conflicto, en ocasiones de forma permanente. El trastorno de estrés postraumático no se definiría formalmente sino hasta la década de los ochenta, por lo que los episodios de rabia, la falta de sueño y la melancolía que padecían numerosos excombatientes representaban una realidad conocida para la cual escasos individuos obtenían asistencia.

Durante la década de los noventa, una investigación realizada a excombatientes norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial identificó alcoholismo crónico en más del cincuenta por ciento de los sujetos.

Las fuerzas armadas de Estados Unidos estimaban que un combatiente en primera línea requería de 60 a 240 jornadas para manifestar agotamiento bélico. No obstante, su rendimiento disminuía de forma considerable tras 30 días y actuaba casi como una máquina al cabo de 45. En enfrentamientos que se prolongaron durante meses, tales como Bataán o Stalingrado, resulta sencillo comprender que las secuelas mentales y el cansancio de guerra constituían lo habitual y no lo inusual. 

Durante el transcurso de la contienda se descubrieron métodos para gestionarlo con bastante éxito, incluso si solo se buscaba una mejoría parcial que posibilitara el retorno inmediato de los militares a la primera línea. En esencia, los aliados desplazaban a los damnificados a escasa distancia del combate, donde en la retaguardia recibían fármacos para dormir durante dos jornadas completas, vestimenta aseada y raciones calientes.

Desgraciadamente, no resultó efectivo para todos. En ciertos periodos del conflicto, aproximadamente mil soldados de Estados Unidos se suicidaban mensualmente. Una cantidad superior optó por provocarse lesiones, como un disparo en el pie, con el fin de ser retirados del frente. No existen datos completamente certeros, puesto que los combatientes que lo intentaban solían simular percances fortuitos y escondían los indicios de diversas maneras, sin embargo, cerca de 4.000 integrantes de las fuerzas británicas resultaron procesados y sentenciados por lastimarse a sí mismos. Aunque el reglamento permitía la pena capital, terminaron cumpliendo condenas de prisión.

Sueño y hambre

La carencia de descanso y la fatiga actuaban simultáneamente como origen y resultado de tales trastornos psicológicos. Es ampliamente sabido que las fuerzas armadas de la Alemania nazi empleaban metanfetaminas para que los soldados continuaran avanzando, al igual que los estadounidenses utilizaban la benzedrina, sin embargo, en cada trinchera el sueño resultaba escaso y sumamente irregular. 

Durante los enfrentamientos en el frente del Pacífico, en el corazón de la selva, bastantes militares afirmaban que el miedo a que el adversario se colara y acabara con ellos mientras descansaban brevemente les privaba de dormir, aunque en Europa igualmente era frecuente que el conflicto se desatara o prosiguiera en horario nocturno, o que el ruido de la artillería evitara que pegaran ojo. El combatiente Robert Franklin, luchando frente a los nazis en Italia, relataba: “Dormíamos cuando teníamos la oportunidad, pero esa oportunidad rara vez duraba más de tres o cuatro horas”.

Aquel entorno propiciaba la ingesta de estimulantes y diversas técnicas básicas para evitar el sueño. El marine Eugene Sledge rememoraba cómo se abría los párpados manualmente para no dormirse durante su turno, aunque el Ejército realizó una gigantesca operación de suministro para garantizar que los soldados siempre tuvieran cafeína. Durante la época estival de 1944 contaba con 69 tostaderos itinerantes de café distribuidos globalmente, varios de ellos preparados para proveer un millón de tazas de café semanalmente.

Ciertamente, permanecer en vela constituía un asunto de supervivencia absoluta, no solo por la sorpresiva incursión del adversario. En tal contexto, aquel soldado estadounidense que se durmiese en su turno de vigilancia se exponía a un juicio militar y, en teoría, a ser sancionado “incluso con la pena capital”. A pesar de esto, los soldados “dormilones” sentían tanto o más pavor por las represalias y advertencias de sus propios aliados que por un procedimiento legal.

Soldados estadounidenses duermen en el Queen Mary, en uso militar durante la Segunda Guerra Mundial
Soldados estadounidenses reposan en el Queen Mary, cumpliendo funciones militares durante la Segunda Guerra Mundial.Photo by Haywood Magee/Getty Images

Si los militares, frecuentemente, descansaban de forma deficiente, no resultaba extraño que también padecieran hambre. En 1944, los combatientes alemanes se daban ánimos previo a un ataque ante la perspectiva de obligar a retirarse a los aliados y apropiarse de los víveres que estos abandonaran en sus trincheras, pero a menudo, durante todo el conflicto, la interrupción de las rutas de abastecimiento de ambas facciones ocasionó una desnutrición grave a millares de efectivos.

Al ejército imperial japonés, verbigracia, se le impuso progresar a veces sin abastecimiento alguno, con la sola directriz de ir incautando el sustento que localizara en su ruta.

Aun cuando el sustento estaba garantizado, la dieta en la línea de fuego resultaba poco estimulante. El combatiente de avanzada subsistía con raciones de emergencia, mayormente alimentos en conserva que frecuentemente no lograba calentar, por el temor a que la luz de un hornillo de campaña delatara su ubicación ante un francotirador. Las raciones estadounidenses, japonesas o británicas se producían con idénticas finalidades: aportar la energía necesaria, poseer gran durabilidad y ser sencillos de trasladar. El gusto era una cuestión secundaria.

Debido a este régimen alimenticio de conservas, gran parte de los militares anhelaba productos frescos: ciertos combatientes relataron que realizaban capturas de animales o peces de vez en cuando si la batalla lo consentía, o que tomaban provisiones de los habitantes locales, tales como huevos, frutas o hortalizas. En ocasiones, las mismas fuerzas armadas contaban con grupos específicos para dicha tarea, como los marines australianos, que destinaban ciertas escuadras de pesca a la obtención de capturas recientes. No obstante, los criticados suministros de campaña constituían la rutina cotidiana en la línea de fuego.

Los héroes, en la vida real

“Estábamos asquerosos, sin lavar, sin afeitar, durmiendo en el suelo sin mantas ni colchas. La peor parte era la suciedad, el hambre, el frío y el vivir como animales”. La síntesis de David Reagler constituye un contraste adecuado frente a la versión idealizada de los filmes de guerra y, simultáneamente, ofrece una valoración más precisa de la valentía y entrega, que no siempre fue deliberada o legítima, de los combatientes que participaron en la Segunda Guerra Mundial.

Gran parte de ellos eran casi infantes, algunos con dieciocho años recién cumplidos o incluso menos. Para los estadounidenses, que estuvieron en el conflicto menos tiempo que alemanes o ingleses, el periodo promedio de estancia en el Ejército padeciendo tales dificultades fue de 33 meses, prácticamente tres años de su existencia. Cerca de 70 millones de jóvenes vistieron el uniforme y 20 millones fallecieron en cumplimiento del deber, pero muchísimos más sufrieron lesiones y diversas secuelas permanentes.

Este fragmento integra una nota aparecida en la edición 682 de la publicación Historia y Vida. ¿Deseas añadir alguna información? Envíanos un mensaje a [email protected].

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