Robos históricos tan chapuceros como el del Louvre
Ladrones de guante blanco
Robar joyas, antigüedades y obras maestras no siempre es tan difícil como debiera. Los descuidos, la inacción o el factor sorpresa pueden llegar a pesar tanto o más que el genio criminal.

Corona dañada de la emperatriz Eugenia de Montijo tras caerse durante el robo en la Galería Apolo del Museo del Louvre el 19 de octubre de 2025
La corona de esmeraldas y diamantes de la reina Victoria Eugenia volverá a ser la que era. El museo del Louvre mostró al mundo la maltrecha joya el pasado jueves, con un mensaje tranquilizador: se podrá restaurar, no será necesario reconstruirla de cero.
No parece, sin embargo, que la buena noticia haya calmado los ánimos de la plantilla. Trescientos trabajadores votaron la semana pasada a favor de mantener, aunque sea con cierres parciales, la huelga convocada el pasado mes de diciembre.
Reclaman más personal y más inversión en mantenimiento, ya que una fuga de agua dañó cuatrocientos documentos de la biblioteca de antigüedades egipcias en noviembre y hay daños estructurales en las vigas de la sala de cerámica griega.
También protestan por la nueva política de precios, con una entrada un 40% más cara para los extranjeros extracomunitarios. Pero, sobre todo, exigen mejoras en la seguridad tras el humillante robo de octubre, cuando las joyas de la corona de Francia se esfumaron a plena luz del día, como si nada.
Robar no es tan difícil
Puede sorprender que sea tan fácil llevarse, en tan solo siete minutos, un tesoro valorado en 88 millones de euros. Tesoro que, por cierto, sigue en paradero desconocido, a excepción de la corona de Victoria Eugenia, que los ladrones dejaron caer en su precipitada huida.
Hollywood nos ha convencido de que los grandes pedruscos y las obras maestras se guardan en vitrinas prácticamente inexpugnables y de que, para hacerse con ellos, no hay más remedio que urdir enrevesadísimos planes, cronometrados a la milésima.

La realidad, sin embargo, es un poco más pedestre. Hay piezas que desaparecen en las mismas narices de los guardias sin que salten las alarmas, ni reales, ni metafóricas, hasta que ya es demasiado tarde. Y detrás no siempre se halla el genio criminal de un Profesor, ni un equipo de élite como el de Ocean’s eleven.
Bedeles, camareros, pintores de brocha gorda, conductores de autobús y rateros de poca monta han conseguido burlar la seguridad de pequeños e incluso grandes museos, aunque también ha habido, cabe reconocerlo, auténticos genios del robo de guante blanco. De todos ellos nos habla Ana Trigo, escritora y tasadora de arte y antigüedades, en su libro más reciente, Ladrones de arte.
Guardias apáticos
No es la primera vez que alguien roba las joyas de la corona francesa. De hecho, las que desaparecieron el pasado octubre eran ya, por así decirlo, reediciones. Databan del siglo XIX, de los tiempos del Imperio napoleónico y del reinado del único descendiente de Bonaparte que llegó a ocupar el trono francés, Napoleón III.
Las de los borbones, muchas de ellas adquiridas durante el reinado de Luis XIV, se dispersaron o desaparecieron con la Revolución Francesa. Algunas pudieron recuperarse, otras no. Varias se empeñaron o vendieron.
En 1791, la Asamblea Nacional confisca las joyas de la Corona a Luis XVI y las traslada, para su custodia, al Guardamuebles, edificio que alberga toda clase de objetos de valor procedentes de la Casa Real. Un año después, Paul Miette, un conocido ladrón recién liberado de la cárcel durante las llamadas masacres de septiembre, trepa la fachada junto a sus secuaces, corta un vidrio con ayuda de un diamante, abre un boquete en el muro y se lleva las gemas más impresionantes: el diamante Regente, el Sancy, el Azul de Francia (o Hope) y los Mazarinos.
Nadie se da por enterado. Inexplicablemente, a lo largo de tres noches más, distintas bandas de malhechores se cuelan por el boquete abierto por Miette para ir arramblando con lo que queda. Cuando por fin acuden los guardias, se encuentran con cuarenta ladrones dentro, como en la cueva de Alí Babá. La investigación posterior se saldó con quince condenas a muerte, pero el instigador, Paul Miette, quedó absuelto.
Irónicamente, el Guardamuebles, posteriormente conocido como Hôtel de la Marine, es hoy un prestigioso museo, que acoge, hasta el próximo 6 de abril, una exposición temporal dedicada a joyas dinásticas de toda Europa.

Patriotas de mercadillo
Tampoco el episodio de octubre fue el primer robo sonado en el Louvre. Su principal atracción, la Gioconda, que hoy provoca colas interminables a diario, debe buena parte de su fama a su desaparición en agosto de 1911. En esta ocasión fue un copista quien dio la voz de alerta. En cuanto se difundió la noticia del hurto, el museo batió récords de visitantes, que se apiñaron para contemplar el hueco dejado por la obra en la pared.
Al cabo de dos años, un anticuario florentino recibió una carta anónima en la que un tal Leonardo le ofrecía adquirir la Mona Lisa. Esto condujo a la detención de Vincenzo Peruggia, un manitas italiano que, durante un tiempo, había trabajado en el Louvre. Entre otras tareas, como pintar paredes, había instalado el cristal de seguridad de la pintura que él mismo acabaría robando.

Perruggia alegó que había actuado para devolver a Italia una obra que él consideraba expoliada por Napoleón. No era el caso: es bien sabido que el propio Da Vinci se la vendió al rey Francisco I durante su estancia en la corte francesa. Aun así, se ganó muchas simpatías entre sus compatriotas, que expusieron la Mona Lisa en Florencia, Roma y Milán antes de retornarla al Louvre.
De refilón, el robo de la Gioconda s alpicó también a Pablo Picasso y a Guillaume Apollinaire, en el punto de mira de los gendarmes por haberse apropiado, años atrás, de unas estatuillas ibéricas hurtadas al Louvre por el secretario de este último.
Denuncias tardías
También los grandes museos españoles se han visto expuestos a hurtos importantes, como el del Tesoro del Delfín, una deslumbrante colección de objetos decorativos elaborados en jade, ágata o lapislázuli, entre otros materiales de lujo, y guarnecidos con oro, plata y toda clase de piedras preciosas.
El conjunto más valioso de este ajuar de ensueño fue a parar a España como regalo de Luis XIV a su nieto Felipe V, rey de España. Era el legado del padre de Felipe, el gran delfín, primogénito del Rey Sol, que falleció sin haber tenido la oportunidad de reinar. Más adelante, Carlos III lo cedió al Museo de Historia Natural y hoy integra las colecciones del Museo del Prado.

El 20 de septiembre de 1918, el entonces subdirector del Prado, José Garnelo, denunció que varias vitrinas que albergaban el Tesoro del Delfín habían sido desvalijadas. Algunas piezas faltaban, a otras les habían arrancado las gemas. Se ocupó del caso Ramón Fernández-Luna, brillante investigador que pasaría a la historia como el Sherlock-Holmes español.
El detective no tardaría en averiguar que el robo había sido de todo menos repentino. Tres meses atrás, uno de los vigilantes había notado que faltaban piezas y había puesto al corriente al conserje, quien, sin embargo, no informó a sus superiores. Nadie movió ficha hasta que las ausencias fueron ya muy evidentes. Un vigilante, dos celadores y un anticuario acabaron en los tribunales, pero algunas de las piezas perdidas jamás se recuperaron.
Un siglo más tarde, salió a la luz un caso similar, esta vez en la Biblioteca Nacional de España. En 2014, una inspección rutinaria detectó que las páginas del Sidereus nuncios, crucial tratado de Galileo impreso en el siglo XVII, habían sido reemplazadas por una falsificación. Sin embargo, el robo no se denunció hasta cuatro años después, el 9 de octubre de 2018, a raíz de las preguntas de un experto británico, Nick Wilding.
Las investigaciones apuntan a que el robo se produjo muchísimo antes, en 2004, y a que pudo ser obra de César Ovilio Gómez Rivero, quien, haciéndose pasar por investigador, habría sustraído también dos mapas del siglo XV y un incunable, entre otros valiosos documentos. Al tratarse de un ciudadano uruguayo residente en Argentina, y habiendo prescrito sus presuntos delitos en España, no es probable que llegue a sentarse en el banquillo.
Robin Hood contra la BBC
En agosto de 1961, la National Gallery de Londres exhibía, con orgullo, su última adquisición, el Retrato del duque de Wellington firmado por Goya en 1812. El Estado había pagado por él 140.000 libras (el equivalente a casi cuatro millones de euros al cambio actual).
Al cabo de pocas semanas, el retrato se volatilizó a plena luz del día. No sonó ninguna alarma, porque la rutina era desconectarlas a primera hora del lunes para que la brigada de limpieza pudiera trabajar. Scotland Yard dedujo que la pintura se había extraído del edificio a través de un ventanuco del aseo de hombres.

Al cabo de diez días, el Daily Mirror recibió una carta: a cambio de restituir el cuadro, el ladrón pedía un rescate de 140.000 libras, que debían repartirse entre los más necesitados. La National Gallery, que bastantes problemas había tenido ya para reunir la suma inicial, no estaba por la labor, así que el secuestrador de arte insistió con cuatro misivas más: “Estoy ofreciendo un valor de res peniques de vieja leña española a cambio de 140.000 libras de felicidad humana”, argumentó. Su principal objetivo, añadió, era conseguir que la licencia de la BBC, una tasa obligatoria para cualquiera que tuviera un televisor, fuera gratuita para los ancianos y los pobres. Finalmente, al cabo de cuatro años, y en vista de que le hacían caso omiso, el anónimo Robin Hood devolvió el retrato depositándolo en una consigna de una estación londinense.
Dos meses después, sin razón aparente, el ladrón se entregó. Resultó ser Bunton Kempton, un conductor de autobuses jubilado por incapacidad. Durante todo ese tiempo, el Goya había permanecido en su casa de Newcastle, oculto tras un armario para que no lo viera su mujer. Sus únicos antecedentes policiales consistían en un arresto de trece días… por haberse negado repetidamente a pagar la tasa de la BBC.
En esta ocasión, un abogado superestrella se ofreció a representar a Kempton y logró para él una condena irrisoria, de solo tres meses. En 2012, documentos desclasificados revelaron que el delito no lo había cometido él, sino su hijo John, a quien el conductor retirado decidió encubrir y, de paso, publicitar su cruzada contra las tasas televisivas. Así lo confesó el propio hijo, presa del remordimiento, dos años después del juicio. Scotland Yard lo dejó pasar. El caso nunca se reabrió.
Caraduras con encanto
Pese a todo, el mito del ladrón de guante blanco, exquisito, caballeroso y seductor, no es completamente falso. Thomas Blood (1618 – 1680) tenía tanta labia que, pescado in fraganti mientras birlaba las joyas de la corona británica, logró el perdón del propio monarca agraviado, Carlos II, a cambio de espiar para él.
Adam Worth (1844–8 de enero de 1902), apodado “el Napoleón del crimen”, fundó una lucrativa red de malhechores en la que, sin embargo, la violencia estaba terminantemente prohibida.

Vincenzo Pippino, “el caballero ladrón”, dejaba impoluta la escena del delito, desde los muebles hasta las cortinas, y colocaba una nota de cortesía, firmada con su inicial. Desde 2010, trabaja como asesor privado de seguridad.
Desde la década de los setenta, Erik “el belga” saqueó iglesias y conventos de media España, de donde sustrajo más de 6.000 piezas, pero se granjeó cierta benevolencia de la opinión pública al devolver algunas y se justificaba asegurando que, gracias a él, muchas piezas que “se estaban pudriendo” ahora están “bien cuidadas.”
Y el francés Stéphane Breitwieser, que escondía en casa de su madre más de doscientas obras afanadas en 170 museos, algunas de maestros como Brueghel o Cranach, aseguró en sus memorias de 2006 haberlo hecho todo por amor al arte. El tiempo no le dio la razón. Al salir de la cárcel, reincidió varias veces y lo pillaron vendiendo su botín en internet.


