Catharine Titi y Katia Fach, expertas en el patrimonio cultural: “No todo lo que ves en un museo llegó allí de forma ética”
Entrevista
¿Se puede comprender y experimentar el arte en toda su complejidad si se le separa de sus raíces y origen? Las autoras de ‘Arte secuestrado’ nos proponen rastrear el recorrido de seis obras icónicas sustraídas y conservadas en los museos más renombrados del mundo

Katia Fach (izqda.) Y Catharine Titi, expertas en derecho del patrimonio cultural y autoras de ‘Arte secuestrado’
La discusión acerca de la devolución de bienes culturales ha evolucionado rápidamente de un tema secundario a protagonizar noticias, generar fricciones diplomáticas y forzar a las principales pinacotecas a replantear su discurso. Dentro de Arte secuestrado (Península), las académicas Katia Fach y Catharine Titi, especialistas en legislación de bienes culturales, examinan seis ejemplos emblemáticos –desde los mármoles del Partenón hasta los bronces de Benín– con el fin de formular una interrogante que recorre centurias: ¿quién es el verdadero dueño de las obras de arte? Dialogamos con ambas acerca del saqueo, el recuerdo histórico, los centros museísticos globales y la obligada introspección de unas entidades que ya no logran ignorar esta realidad.
¿Quién posee realmente el patrimonio cultural y artístico? ¿Lo hemos cuestionado como sociedad?
Katia Fach: Dentro de España no se ha meditado de manera metódica acerca de este asunto. Mediante la obra pretendíamos justamente fomentar dicha discusión y lograr que la temática mantenga una posición fija en el interés social, ya que acostumbra a surgir de modo fragmentado y carente de constancia.
Catharine Titi: El resultado varía según el modo en que se plantee el interrogante. Existe una diferencia entre la propiedad legal y el derecho de pertenencia basado en principios morales o éticos. No hay una sola contestación que sea correcta.
K. F.: En cada situación es preciso evaluar el motivo del traslado de la obra, la normativa imperante en aquel periodo y, asimismo, componentes ajenos a lo jurídico, como la rectitud o la imparcialidad. La propiedad legítima no siempre zanja el conflicto.

¿Qué papel juega el concepto de “derecho cultural de los pueblos”?
C. T.: No constituye una noción totalmente admitida en el marco legal, aunque se perciben progresos. En Estados Unidos, por citar un caso, hay una normativa que autoriza la devolución de despojos humanos a grupos aborígenes. Representan avances paulatinos rumbo a una validación más extensa de las prerrogativas culturales de las etnias ancestrales.
¿En qué medida han configurado los museos nuestra identidad como sociedades de Occidente?
K. F.: En gran medida. Las principales instituciones museísticas del país han elaborado una narrativa que hemos aceptado prácticamente sin reparos. Mediante esta obra proponemos reflexionar sobre si dicha visión resulta lo bastante inclusiva y si atiende a las exigencias contemporáneas de pluralidad y moralidad.
C. T.: Además, los denominados “museos universales” (British Museum, Louvre, MET) se centran en un número muy reducido de países. En otras regiones predominan museos locales con narrativas radicalmente diferentes. Los museos universales actúan como un espejo incómodo del colonialismo y del poder imperial.
¿Tiene sentido mantener el modelo de museo universal en el siglo XXI?
C. T.: Seguramente nos encaminamos hacia un modelo inédito de museo. Los procesos de restitución no despojarán a las entidades de su contenido, dado que sus depósitos están repletos. El dilema reside en el destino que buscamos para estas y la labor formativa que han de cumplir.
K. F.: Y conviene precisar qué entendemos por “museo universal”. A veces se incluyen entidades que no corresponden a esa clasificación. En todo caso, los museos que más se oponen a devolver objetos de origen cuestionable no se encuentran en España.

¿Exponen estos destacados museos una herencia del pasado que aún no hemos conseguido solventar?
K. F: Sí. Durante generaciones los hemos considerado templos del saber inapelables. Pero al descubrir que algunas piezas llegaron allí mediante expolio o abuso de poder, la visión se transforma. No se trata de generalizar, sino de aceptar que existen objetos desvinculados cuyo origen no se justifica plenamente.
En su libro se recuerda que la restitución no es un fenómeno de hoy. Ya la exigía Cicerón.
C. T.: El proceso de Cicerón frente a Verres [mandatario romano célebre por sus actos de cohecho, chantaje y expolio de piezas artísticas] resulta sumamente esclarecedor. Verres se excedió en sus funciones en Sicilia y enfrentó un juicio por tales motivos. Por el contrario, personajes como lord Elgin, autor del transporte de los mármoles del Partenón hacia Inglaterra, no recibieron sanción alguna. El pasado abunda en muestras de devoluciones de bienes culturales, tales como las que Francia se vio obligada a realizar después de la caída de Napoleón.
Dentro de la obra igualmente se abordan la restitución, repatriación y rematriación. ¿Cuál es la contribución de esta noción final?
K. F.: El proceso de rematriación integra la perspectiva cultural de los pueblos de procedencia. No se limita exclusivamente al feminismo, sino que implica aceptar que dichos grupos cuentan con visiones particulares sobre el significado y el fin de los bienes. Así como demandamos relatos diversos en los museos, es fundamental incorporar una pluralidad de opiniones en las gestiones de restitución.

Diversos elementos aparecen aislados de su historia en las vitrinas de los recintos culturales más célebres del planeta. ¿Qué repercusiones conlleva esta situación?
K. F.: Para nosotros, una máscara africana puede percibirse meramente como un componente visual. Para el colectivo que la confeccionó, esta simboliza la fuerza de una divinidad o de un mandatario. Si los centros de arte no exponen ese trasfondo, se extravía la esencia verdadera y el artículo termina siendo una pieza descontextualizada.
¿Qué países están haciendo bien los deberes en materia de restitución?
K. F.: Los Países Bajos son un ejemplo notable por su política innovadora. Francia y Alemania también progresan en la devolución de piezas africanas. Pero no todo depende de los Estados: hay familias y coleccionistas privados que, al enterarse del origen violento de ciertas piezas, optan por devolverlas de forma voluntaria.
C. T.: La mayoría de los países están dispuestos a devolver el patrimonio cultural. Incluso Estados Unidos, con museos muy poderosos, está llevando a cabo numerosas restituciones. Lo fundamental es reconocer que hubo una injusticia: ese es el primer paso.
¿Cómo se entrelazan la explotación cultural y la económica?
K. F.: El valor económico suele tener más peso para el país que conserva la pieza que para el que la demanda. Egipto no reclama la piedra de Rosetta por motivos económicos, pero el museo que la muestra sí obtiene ganancias por su atractivo. En numerosos casos, los objetos más icónicos son también los que más ingresos producen.
¿Qué une los seis casos que se analizan en el libro?
K. F.: El abuso de poder.
C. T.: Y que constituyen piezas ausentes de su sitio de procedencia. Se hallan aquí, pero han provocado una carencia evidente allá.

La historia del príncipe etíope Alemayehu, apartado de su tierra natal luego del expolio británico de las riquezas imperiales de Magdala en 1868, resulta sumamente conmovedora. ¿Fue considerado asimismo una pieza inusual destinada a la exhibición en museos?
K. F.: Según los registros de aquel tiempo, es cierto. Los medios y la gente británica deseaban narraciones inusuales y escabrosas, y el infante terminó asumiendo ese rol, lo que es particularmente desgarrador.
¿Qué nos revelan todos estos ejemplos sobre la forma en que Europa ha forjado su identidad cultural?
K. F.: Gran porcentaje de esa identidad se ha forjado mediante la dominación del prójimo. Seleccionamos ejemplos bastante impactantes para la obra, aunque no intentamos afirmar que la totalidad de los objetos en las principales galerías posean una procedencia dudosa. Deseamos que estos ejemplos funcionen para meditar acerca de la manera en que preferimos que las instituciones museísticas nos narren la historia.
España es a la vez país reclamante y reclamado, ¿cómo se conjuga esto?
K. F.: No es algo único de España: muchos países ya se encuentran en ese doble rol. En nuestras conclusiones abogamos por que el debate se libere de los extremismos políticos. A veces se vincula la restitución con la izquierda y la oposición a devolver con la derecha, pero no necesariamente debe ser así. Existen ejemplos de coherencia institucional en ambos sentidos.
C. T.: Lo esencial es mantener la coherencia. Para determinar si una pieza debe ser devuelta, es necesario analizar su procedencia con rigor jurídico y museológico. Sería conveniente aplicar los mismos criterios a situaciones análogas.
Estamos seguras de que la restitución se extenderá, aunque habrá diferencias en el ritmo según los países, las piezas y la evidencia del saqueo
¿Qué debería suceder para que la restitución se volviera algo común y no una rareza?
C. T.: Ya está sucediendo. Cada vez hay más devoluciones y la mayoría de los países están dispuestos a restituir patrimonios. Las nuevas generaciones, menos afectadas por el legado colonial, son más abiertas, incluso en naciones históricamente reacias como el Reino Unido.
K. F.: Después de investigar tanto, estamos seguras de que la restitución se extenderá. Habrá distintos ritmos según los países, los objetos y la claridad del saqueo, pero es solo cuestión de tiempo.
¿Cómo se imaginan los museos del futuro?
K. F.: Más atentos a la historia de las minorías y más dispuestos a investigar el verdadero origen de las piezas que conservan en sus sótanos. Existen profesionales profundamente concienciados, y creemos que este cambio surgirá desde adentro.
C. T.: También observaremos más colaboraciones y exposiciones temporales mediante préstamos. Es una forma de exhibir piezas sin requerir apropiación permanente. Creo que habrá mayor movilidad y más diálogo entre instituciones.



